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​Cuatro minicuentos

De hinojos hizo la última reverencia, ¡El entierro de los espermatozoides!, Soliloquio con armonía y Con ese puñal
Bayardo Quinto Núñez
lunes, 25 de octubre de 2021, 10:40 h (CET)

De hinojos hizo la última reverencia


-¿Cree usted? detener mis lágrimas, mi fallecimiento, salud-expresó Samantha a Narciso-.

-Quizás-agregó pensativo Narciso-, y prosiguió escuchando con atención sus gesticulaciones...!

-Ven de soslayo, para que no te asustes de semejante punto-exteriorizó Samantha-, y de paso se acomodó. Entonces, Narciso, fue como un neurasténico desconfiado a martirizar.

Con la agonía de la noche, el amanecer, era tan refulgente la felicidad de Samantha que: de hinojos ante Narciso hizo la última reverencia del día y a raudales, fue, y fue...!


¡El entierro de los espermatozoides!


El uno, le dijo al otro: ¿-espermatozoides-?, con mesura, pero apúrate, que la parranda finalizó.


Soliloquio con armonía


El músico, después de una larga jornada de conciertos, en la ante sala de su casa, se quedó dormido en el sofá, y cuando despertó creyò que, en ese instante, se había quedado dormido, era todo lo contrario, un tiempo ido, se había quedado dormido.

Le entusiasmó la idea, de ser consciente que soñaba y, sintió como si fuese un personaje de ficción de carne y hueso. En ese instante oyó, el leve, tic tac del reloj de pared y el de su mano. Le Pareció haber abierto los ojos en un sábado de festejos, pero se concentró para convertirlo en domingo.

Y. Antes, de preparar su café, fue a la esquina de su casa, para comprar el periódico. Después de la adquisición, el músico en un solo soliloquio se enteró: "Todas las noticias hablaban de un mundo en el que él no deseaba vivir. Y, que estaba despierto y tenía que seguir viviendo en este mundo protervo-ni modo-. También es probable qué, desde un primer momento, dudé sobre la fiabilidad de las noticias, pero el dudar es suficiente, para que, respire dentro de las heridas que han propinado a la historia, durante un rato, lo suficiente, para sembrarle un quizá, y no quizás".


Con ese puñal


Don Pedro el fotógrafo preparó su cámara, iluminó el local y se prestó para registrar el “crimen”. Se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos. La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvistieron con atenciones conmovedoras, le quitaron a la dama la enagua, y otras cosas íntimas, dejando al joven también en paños menores. Entonces, habló el señor fotógrafo, y dijo: jóvenes, ni mis amigos ni yo deseamos a ustedes ningún mal. Pero le obligo, bajo “pena de muerte”, que asesine, con ese puñal a esta bella y hermosa dama. Ante todo, usted tratará que vuelva de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen, y como está desarmada, no cabe la menor duda que usted logrará su propósito fehacientemente.

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