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El sanitario que despide a los enfermos de covid asiéndoles con calor la mano

El objetivo del presente artículo es meramente el transmitir el mensaje que contiene un texto del cantante de la banda de rock duro Lujuria, Óscar Sancho
Ángel Padilla
viernes, 5 de marzo de 2021, 11:01 h (CET)

Foto para siglo xxi (1)

El objetivo del presente artículo es meramente el transmitir el mensaje que contiene un texto del cantante de la banda de rock duro Lujuria, Óscar Sancho. Dicho texto lo publicó Óscar en sus redes sociales y considero debe obtener la expansión que merece, pues es tremendamente ejemplarizante, emotivo y profundamente poético, humano.


Habla de esta crisis, de esta pandemia. Sobre todo aborda esa parte tan incómoda de nombrar del virus, en que los pacientes terminales por la enfermedad viral fallecen sin tener a su lado a familiar alguno, ni amigos. Solos. No sé si en la historia moderna de la humanidad, o en la antigua, se ha dado este fenómeno tan triste y desolador. Mas ofrezco abajo de esta entradilla el texto íntegro de Óscar, que no es más que el parafraseo de la experiencia de un sanitario (al que le gusta el heavy metal y por eso le contó al líder de Lujuria su experiencia), un enfermero que desea quedar en el anonimato. Estamos, así, en una cadena de una historia trasladada de unos a otros sólo por corazón y para el corazón, sin rostros pero con mucho universo:

NOS CUENTA ÓSCAR SANCHO (LUJURIA):

"UNOS GUANTES DE GOMA RELLENOS DE AGUA CALIENTE

Él, como muchos otros chicos de su edad, como muchas otras chicas de su edad, se había enamorado de una música, el heavy metal, y de la forma de entender la vida que esta música le transmitía. Dejó crecer su pelo, se vistió con camisetas negras con el nombre de sus grupos favoritos y fue creciendo en un mundo donde la solidaridad, muchas veces, brilla por su ausencia.

Él, sintió en su corazón que quería ayudar a los demás. Se hizo, con esfuerzo y con mucha ilusión, auxiliar de enfermería. ¡Se sentía tan feliz! Cada día llegaba a casa sintiéndose pleno, recordando la sonrisa de esa chica a la que había animado mientras iba al quirófano, la mirada de agradecimiento de ese anciano al que había agarrado la mano cuando le entró miedo por su enfermedad, la felicidad de esa familia que iba a recoger a uno de ellos al que daban el alta e incluso la entereza que mantuvo cuando alguien tuvo que partir, a su lado, sin ser nada suyo, pero siendo todo suyo, su paciente. Cada paciente lo es todo para él, son sus pacientes. Su vocación le ayuda a enfrentarse a diario con el drama de la vida y la muerte. Su vocación y su música, un gran apoyo para él.

Para lo que no se había preparado es para una pandemia mundial. Ni él ni ninguna de sus compañeras, ni ninguno de sus compañeros. Ni nadie en el mundo. La arrogancia del ser humano nos hace creernos los seres superiores de la creación hasta que uno de los más diminutos, uno microscópico, ínfimo, sin cerebro siquiera, nos demuestra lo poco que somos.

Como a todas sus compañeras de profesión (no voy a utilizar más el plural masculino, cuando oigo hablar a chicos que son auxiliares de enfermería utilizan en plural femenino en una profesión donde la mujer es símbolo, santo y seña y mayoría) la pandemia les pilló por sorpresa. Como al mundo entero. Pero ellas tenían una vocación, estaban ahí porque su corazón los había llevado a sacrificarse por el resto. Doblaron turnos, se cubrieron, literalmente, con bolsas de basura, sacaron fuerza de donde no había, mientras los ecos de unos aplausos se iban apagando en la sociedad que les apoyó un tiempo y les olvidó demasiado pronto…

Y ahí estaba él, en esa vorágine. Durante su vida profesional había enfrentado la muerte cara a cara varias veces. Había visto partir a sus queridos pacientes. Rodeados de sus familiares, sintiendo una mano cálida en el momento de la partida. Los sedaba para evitar sufrimientos y los dejaba en compañía de sus familiares que le agarraban la mano y los veía partir en paz. Ahora, los pacientes que tenían covid no podían recibir visitas. Y sus pacientes, sus queridos pacientes, no podían sentir esa mano cálida en el momento de la partida. Él no podía con eso. Los sedaba, trataba de que aquello fuese un viaje tranquilo, pero esa noche no pudo conciliar el sueño. Le acompañó la música de sus grupos favoritos y, cuando despuntaba el alba, con el primer rayo de luz que entraba en su habitación, le vino la idea a la cabeza.

Desde aquel día, él, ha vuelto a ver la muerte cara a cara que viene a llevarse a alguno de sus queridos pacientes. Y cuando llega ese momento, él, con mimo, coge uno de los miles de guantes de goma de los que disponen y los rellena de agua caliente, tantea con mucho mimo la cantidad, la temperatura y no se da por satisfecho hasta que no siente que se parece mucho a una mano cálida de una persona. Entonces se acerca a su paciente al que despide desde el fondo de su corazón, seda con tranquilidad y sitúa el guante de goma relleno de agua caliente junto a su mano. Su paciente no se va a ir solo, él no lo va a consentir. Cada uno de sus pacientes que ha tenido que partir desde ese día, lo ha hecho sintiendo una mano cálida y un corazón, el de su auxiliar de enfermería, porque cada uno de aquellos guantes con agua caliente, latían con el mismo corazón.

Él, se sigue aferrando a su música, el heavy metal, la que le enseñó el valor de la solidaridad y a su vocación, la de ayudar a los demás a cambio de nada. Duerme tranquilo cada noche, en sus recuerdos se juntan las sonrisas tenues de cada uno de sus pacientes que sintieron una mano cálida, amiga, familiar y no se fueron solos.

Él me contó esta historia, cosa que le agradecí porque me parece bellísima y yo supe que tenía que contarla. Sé que en cada uno de esos guantes que él rellena con mimo, además de agua caliente, va un trocito de su corazón. También sé que ese corazón es enorme, pero deseo con toda mi alma que pase esto ya, para que no tenga que arrancar más trocitos a su corazón.

Él, como muchos otros chicos de su edad, como muchas otras chicas de su edad, se había enamorado de una música, el heavy metal.

Él, como otras chicas de su edad, como otros chicos de su edad, había elegido la profesión más bonita del mundo.

Dedicado a todas las profesionales de la sanidad. ¡Gracias!"

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