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Opinión
Etiquetas:   Biblia   Cristianismo   Dios  

¿Existe consuelo?

La muerte enfrenta un vacío que solamente Dios, en su Hijo Jesucristo, puede llenar
Octavi Pereña
lunes, 8 de febrero de 2021, 12:22 h (CET)

Una madre explica que al día siguiente de haber dado a luz a un hijo, el médico se sentó a su lado para decirle. “Hay algo que no anda bien”. Un niño tan hermoso por fuera tenía un defecto de nacimiento que amenazaba su vida. En el momento en que un médico dice algo parecido a una madre, el mundo se derrumba. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho mal? Dios mío, si existes, ¿por qué permites que me pasen estas cosas? Ante el dolor súbito, expresiones parecidas las hemos escuchado en más de una ocasión.

“No puede ser…a la Julieta no puede pasarle esto…Al Juan, Andrés, tampoco. ¿Sabes Julieta? A los seres humanos no nos preparan para recibir a la muerte. Ni la propia ni tampoco la de las personas que amamos. I esto cuando llega sin avisar, cuando todavía no toca. Cuando hay tantos y tantos proyectos, que hacer, tantos libros para leer y tantas aventuras. Para vivir y para conquistar, nos encuentra desarmados, sin herramientas ni mecanismos de defensa para poderla mirar con serenidad. Hacía solamente una semana que habíamos hablado tú y yo” (Marta Alós).

La muerte es un tema tabú. No se habla de ella. A pesar que por los medios nos vemos inmersos en ella, pensamos que podremos liberarnos de la muerte. No es así. Como alguien ha dicho: “Nadie sobrevive a su generación”. ¿Qué sucede cuando la muerte golpea a un amigo o familiar?, “nos encuentra desarmados, sin herramientas ni mecanismos de defensa”.

“Imaginémonos”, dice Blaise Pascal, “un grupo de personas todas ellas condenadas a muerte, a algunas de las cuales se las decapita ante las otras personas que esperan, perdida toda esperanza, que les llegue su turno. Esta es la imagen de la condición del hombre”.

Yo me imagino la muerte como encontrándonos en el corredor de la muerte esperando la ejecución de la sentencia. Las apelaciones la retrasan hasta que llega el día fatídico. Nacemos para morir. Diría más, desde el momento de la fecundación se pone en marcha el reloj de la vida. A cada tic-tac la vida se acorta un segundo. Desconocemos el tiempo que Dios le ha otorgado a cada persona. Unos se quedan en el camino antes de haber visto la luz del sol. Otros a lo largo de las distintas etapas de la vida. Unos mueren tranquilamente en la cama. Otros después de largos sufrimientos. Unos muren de accidente, sea de tránsito o laboral. Otros en medio de la criminalidad de la guerra, que da la impresión que amamos mucho. Todos tenemos un tiempo para nacer y un tiempo para morir.

¿Aceptamos esta realidad? No hacerlo no cambia el destino que nos aguarda. Hace más penoso el recorrido hacia la muerte. ¿Acusaremos a Dios de injusto? No podemos hacerlo porque avisó a Adán y Eva que si comían el fruto del árbol prohibido ciertamente morirían. Desobedecieron y el germen de la muerte se infiltró en su naturaleza inmortal. ¿Tildaremos a Dios de injusto que por culpa de Adán toda su descendencia, en el momento establecido por Dios tenga que morir? Si no se acepta esta realidad uno se encuentra en la situación que denuncia <b>Marta Alós</b> “a los seres humanos no nos preparan para recibir a la muerte”.

Al inicio de este escrito cito a la madre que le nace un niño con una disfunción que puede ocasionarle la muerte. Pues bien, cuando la visita su marido, ignorando el diagnóstico del médico, tiene conocimiento de ello, le dice a su esposa: “oremos”. Ella asintió con un movimiento de cabeza. El marido le cogió la mano y dijo: “Gracias Padre por darnos a Allen. Es tuyo, no nuestro. Lo amaste antes de que nosotros lo conociésemos. Te pertenece a ti. Estés con él cuando nosotros no podamos. Amén” . La madre que relata el hecho, dice: “En el día que mi corazón estaba roto y aplastada mi alma, Dios le dio a Hiram (su marido) la fuerza para decir las palabras que yo no podía pronunciar. Y cogiendo la mano de mi marido, en un profundo silencio y con muchas lágrimas, tuve la sensación que Dios estaba muy cerca de mí” (Jolene Philo).

En un mundo dolorido por todos lados, son muy apropiadas las palabras del apóstol Pablo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos nosotros también consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1. 3,4). Los informativos a menudo nos presentan imágenes patéticas de dolor muy impresionante que dan evidencia del desespero que llena sus almas. No saben dónde encontrar consuelo. El texto bíblico citado nos muestra el rostro misericordioso de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio de su Hijo nos consuela en nuestra aflicción, a la vez que nos convertimos, como dice el apóstol, en instrumentos de consuelo para los desconsolados. Una sociedad atemorizada por la serie de acontecimientos desagradables que se presentan a diario, es urgente que sepa que en Jesús encontrará el pecho amoroso en donde reclinar la cabeza para encontrar el socorro oportuno.

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