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Opinión
Etiquetas:   Pedro Sánchez   Constitución   ETA  

2020

Alejandro Magno sostenía que “de la realización de cada uno, depende el destino de todos.”
Jorge Hernández Mollar
martes, 5 de enero de 2021, 14:08 h (CET)

Si tuviera el privilegio de poseer un alma novelística no dudaría en construir un relato imaginario de todo lo que nos ha acontecido a lo largo del año más sorprendente e insólito que acabamos de despedir.

La humanidad ha sido zarandeada violentamente por una cruel pandemia que, como un huracán desbocado, ha azotado también a España destruyendo vidas, arruinando miles de familias y desarmando los hábitos y costumbres de una sociedad que, como la nuestra, gozaba de un gran desarrollo y una envidiable estabilidad.

A todo esto hay que sumarle el padecimiento de un gobierno que lleva la “gobernanza” de los intereses públicos del Estado como una montaña rusa, subiendo y bajando pendientes que nos han producido vértigo, miedo e incluso pánico por un posible descarrilamiento de las instituciones.

“Parece como si el mundo estuviera dominado por una actividad febril, enfermiza, una agitación nerviosa que no lleva trazas de calmarse...”De esta forma, Robert Hugh Benson, describía en su profética novela el “Señor del mundo”la convulsión que afectaba a la sociedad. Es fácil comprobar la coincidencia de ese mismo estado febril, enfermizo y agitado con el mundo de hoy y muy especialmente, el que a lo largo del año de una trágica pandemia, nos ha transmitido el gobierno más perturbador de la democracia.

Sin minusvalorar la gravedad de la epidemia, lo cierto es que la machacante repetición diaria de datos, la descarada manipulación de los mismos (la más flagrante, la de los fallecidos) y el impúdico partidismo propagandístico de portavoces tan desacreditados como Fernando Simón o el propio Ministro Illa han causado más desasosiego que tranquilidad y confianza en la propia gestión del gobierno como hubiera sido su obligación.

Agazapado en las mentiras y en la distracción de la ciudadanía, Sánchez y sus obedientes correligionarios comunistas, han arremetido contra los sentimientos históricos, religiosos o patrióticos de quienes no somos adictos a su fanática ideología revisionista. Desenterrar la dictadura, patrimonializar las instituciones del Estado, confinar el Parlamento, controlar opiniones o pensamientos o desacreditar la monarquía parlamentaria han sido una de las constantes de un gobierno que como el de Pedro Sánchez ha mostrado una clara y peligrosa tendencia al totalitarismo.

Pero si algo es destacable de la personalidad del presidente Sánchez, que ha patentizado como leitmotiv de su disfrute del poder y que ha transmitido a su entorno político, es su capacidad casi misteriosa de mentir. Según el profesor Vicente Vide de la Universidad de Deusto, “la mentira es preciso vincularla con la autenticidad y coherencia de la vida de las personas, así como con su relación con la humanización o deshumanización de sus acciones. La mentira ha de centrarse en la persona, si es de confianza o no; si es coherente o no; si es fiel o no; si es trasparente o no...”

¿Ha sido auténtico y coherente Sánchez cuando mintió sobre su tesis doctoral, cuando pactó con Pablo Iglesias o cuando lo ha hecho con Bildu a pesar de haber mantenido con insistencia lo contrario, en actos públicos y medios de comunicación? ¿ha sido normal la actitud de lamentar “profundamente” en sede parlamentaria el suicidio de un terrorista de ETA, verdugos de sus compañeros de partido? ¿ha sido normal y humano, su “alejamiento”personal de los enfermos y familiares de fallecidos por la pandemia y la ausencia de trasparencia y rigor en los datos estadísticos sobre estos últimos?

“Al final el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Más tarde o más temprano era inevitable que llegaran a eso: la lógica de su situación lo exigía. Su filosofía negaba tácitamente no solo la validez de la experiencia, sino la propia existencia de la realidad externa…”(1984 George Orwell). Afortunadamente dos y dos siguen siendo cuatro y hay una buena parte de la sociedad española que desea vivir su propia realidad histórica, cultural y social labrada en siglos de luchas y éxitos individuales y colectivos por la unidad y la paz de los españoles.

Así lo han demostrado, por ejemplo, multitud de familias que han exigido el derecho a la educación de sus hijos frente a la imposición de una educación estatificada para “dominar” las mentes de las generaciones de hoy y del futuro; también la lucha contra el virus ha demostrado el aprecio y el empeño en defender la vida personal y la del prójimo con una disciplina y solidaridad colectiva ejemplar frente a quienes parecen despreciarla defendiendo leyes inmorales y antinaturales como el aborto y la eutanasia. La defensa de nuestra Constitución, garantía y símbolo de nuestra democracia, libertad y Estado de Derecho, ha sido asimismo una de nuestras conquistas más preciadas, reivindicadas e irrenunciables.

En el año que acabamos de finalizar hemos llorado y rezado por los fallecidos; nos han obligado deshabitar nuestras calles, jardines y ciudades; nos han obligado también a dejar de abrazarnos, besarnos y sonreírnos; nos han obligado a vaciar nuestros teatros, cines, terrazas, bares, restaurantes, comercios y también nuestros templos, catedrales, sinagogas y mezquitas aunque ello ha servido para fortalecer, aún más, nuestra fe y creencias en un Dios salvador de la humanidad.

Frente a esto no hay tarea colectiva más ilusionante y esperanzadora que recuperar lo perdido. Alejandro Magno sostenía que “de la realización de cada uno, depende el destino de todos.” Quizás la solución de este extraño mal que hoy nos azota, no solo esté ni en la vacuna, ni mucho menos en el gobierno o en la oposición. Sería una buena reflexión para el nuevo año que comenzamos.

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