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Alberto a. Arias: “Lo que el surrealismo eligió como ‘objeto y causa’ del deseo”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti
lunes, 4 de mayo de 2020, 09:02 h (CET)

Alberto a. Arias nació el 23 de febrero de 1954 en la ciudad de 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en la ciudad de Florida, en la misma provincia. Entre 1972 y 1977 participó en grupos teatrales y literarios. Fue director de la revista “Poddema”. Integró entre 1979 y 1987 el Grupo Surrealista Signo Ascendente. Es parte del Colectivo Signos del Topo, que administra www.signosdeltopo.blogspot.com y dirige la revista homónima, además de libros, plaquetas y afiches. Desde 2007 ha difundido por las redes artículos, poemas y pronunciamientos artísticos, culturales y políticos. En la edición de las “Obras (1923-69)” se va materializando su labor de recopilación y ordenamiento de los textos del poeta Jacobo Fijman. Desde 2010 está abocado a la recopilación y difusión de la obra y la acción política de la revolucionaria socialista e internacionalista Rosa Luxemburg. Para ello ha fundado, junto con Danara Borge, el Espacio Rosa Luxemburg: www.espaciorosaluxemburg.blogspot.com. Poemas, notas y artículos de su autoría se han divulgado, entre otros, en los siguientes medios: revistas “Cultura”, “Show”, “Poddema”, “Signo Ascendente”, “Crisis” (2da. época), “Clepsidra”, “Hojas del Caminador”, “En Defensa del Marxismo” y “Signos del Topo”, así como en los diarios “La Voz”, “La Razón”, “El Tiempo” (de la ciudad de Azul), “El Tiempo” (de la provincia de Tucumán), “Río Negro” (de la provincia de Río Negro), en los periódicos “Madres de Plaza de Mayo”, “Nueva Presencia”, “Prensa Obrera”, “La Estación”, “Redes Norte”, “Cuentos y Poemas” y en los boletines “Arte y Revolución”, “Garabatos” y “Lucharte”. Además de en los cuadernillos “Contra el Imperio de la Guerra”, “Los ríos”, “Arco voltaico y Sitio de cuatro vientos”, “Equívocos frente al arte”, su quehacer se difundió en “Los sueños” (con el artista Luis Morado; edición artesanal, firmada y numerada, formato caja), en el volumen de relatos “Las muertes” y en los poemarios “Himnosis, 1” (antología), “Lo (19 poemas)”, “Actas de Hoambre”, “Primeros poemas (1974-79)”, “Poemas de Lo” y “Gretel, un día un año” (Libro 1 de “Las Soleónicas”, en 2019).

¿Empezamos a conocerte, Alberto?...


Antes de remitirme al pasado comentaré sobre el “presente”. Durante los últimos años hubo una cantidad de sucesos en mi vida que me impidieron dedicarle todos los tiempos y esfuerzos a mis pasiones: la poesía —entendida como actividad del “qué-hacer-soñar-desear”— y el arte, la cultura y la política —entendidos como ámbitos de la lucha emancipadora de las clases explotadas y oprimidas bajo el capital, en pos de la revolución proletaria, el socialismo y la libertad.

Desde este presente, desde donde me juzgo sin autocomplacencia, al revisar el conjunto de lo hecho y escrito noto que no es poco lo concretado desde mis veinte años, a pesar de algunos extensos lapsos de silencio, a veces “natural” y elegido, a veces forzado por el carácter social de nuestras vidas. También veo que, desde mi adolescencia hasta la actualidad, tanto los temas, preferencias y obsesiones como, por así decir, el “rumbo” que tomaron mis escritos y composiciones, desenvolvieron su marcha por esta trifásica banda de Moebius elegida a gusto: el amor, la poesía, la libertad (aunque con desvíos, tropiezos, enredos y a veces patéticos extravíos en el bosque sombrío que, según la temporada y sus meteoros de inclemencia, algún árbol supuestamente “maravilloso” me ocultaba).

Amor, poesía, libertad, es decir: lo que el surrealismo eligió como “objeto y causa” del deseo; ese norte que a todos sin excepción nos excede (a los individuos, al surrealismo y a la revolución proletaria socialista incluidos), en el sentido en que debe entenderse, como bien lo dice André Breton refiriéndose a la libertad, más como una “fuerza” que como un “estado” —y, agrego, más como un multiverso en expansión que como una burbuja cerrada y “autosuficiente”.

¿Y el pasado?...


El “pasado”... Veamos, Rolando, algunos números y ciertas determinaciones. Nací en la ciudad de 9 de Julio, en la provincia de Buenos Aires, el 23 de febrero de 1954. Pero no tengo patria, soy internacionalista. Mi matria/patria deseada, que debería concretarse en este siglo 21, es la Internacional proletaria y socialista, que debería ser fundada, expandida e instalada en el mundo entero si queremos que sea auténtica y triunfante; es decir, si deseamos que la humanidad (a la fecha, más de 7 mil millones de habitantes) tenga alguna esperanza de salir de su “prehistoria”.

Mientras no exista, me sentiré inevitablemente ‘apátrida’ y ‘amátrida’. Vale aclarar: esta Internacional jamás debiera ser un “aparato” sino la asociación más masiva, ágil, igualitarista y efectiva posible, en función de la humanidad deseable.

Soy el tercer hijo de una pareja que tuvo cinco; los tres primeros, varones, luego, dos mujeres. Mi padre tuvo otros dos hijos varones con su segunda esposa, Isabel. El mayor de mis hermanos, Alejandro, se suicidó a los veinte años (cuando yo tenía quince). Una de mis hermanas, Laura, falleció en junio de 2019. Con mi hermana y hermanos sigo en contacto —la relación con ellos es a veces asidua e intensa, a veces esporádica. Ellos son Aníbal, Felicitas, Pedro y Nicolás.

El amor fundamental brindado por mi madre, Dora, es lo que me ha permitido llegar a la sexta década de vida; su fragilidad y situaciones personales fueron compensadas por virtudes que dejaron huella en mí: a su sensibilidad sumaba su interés por la lengua y la buena literatura; de hecho, fue ella uno de mis primeros lectores y se mostraba interesada en lo que hacía poéticamente. De mi padre, Hipólito, conservo el recuerdo de numerosos viajes felices y experiencias campestres y sociales (en relación con su ocupación como ingeniero agrónomo), así como políticas, positivas y optimistas. Otras personas de mi familia (especialmente una tía y un tío paternos) también han jugado un rol decisivo en mi desarrollo, aunque no pude agradecérselos a tiempo.

En mi infancia, pubertad y adolescencia hay muchos momentos memorables: temporadas en el campo y en los aires libres; los juegos y los deportes y sus peripecias; las novias y los abrazos y los aromas de la eternidad; los “amigos-para-siempre” que luego hemos de perder; las pequeñas travesuras vividas como enormes aventuras; los cielos absorbentes donde nacen las nubes; los mares y los campos infinitos donde el ser se agiganta; los primeros versos leídos; mis primeros escritos; luego el teatro y el arte... y ¡tanto más!

Pero en este periodo temprano (sobre todo en la niñez) ha sido quizá demasiado importante la presencia del pesado conflicto intrafamiliar y mi deseo y modo y esfuerzos por salir de allí, cosa que queda patente en mi poema “La fortaleza” (“–Fue entonces que construí acá mi primera fortaleza”). También lo maravilloso, los variopintos conflictos, el descalabro, la fantasía y la intensidad amorosa de mis primeros años aparecen patentes, a veces de soslayo, en muchos de mis poemas y narraciones. Pero sobre todo aparecen casi concentrados en “Gretel, un día un año” —aunque el propósito consciente de esta obra no haya sido en absoluto autobiográfico.

¡Ay, la adolescencia! Es en este periodo donde todo hace eclosión “rimbaudiana”. Mis primeras e intensas lecturas poéticas tempranas que me dejaron su huella fueron: Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, León Felipe y Walt Whitman en la pubertad y primera adolescencia; luego, César Vallejo, Oliverio Girondo, Dylan Thomas, Jacobo Fijman, William Blake, Novalis, Friedrich Hölderlin, Gérard de Nerval, Antonin Artaud, Conde de Lautréamont, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Guillaume Apollinaire: Con semejante dosis en poco tiempo, ¿cómo no sentirse impulsado a bailar al borde del abismo como un galápago enamorado de las ánades que prometen llevarte por los cielos con la condición imposible de cumplir: no abrir la boca? (me refiero a la fábula de las ánades y el galápago, del libro “Calila y Dimna”).

A continuación: William Shakespeare, Alfred Jarry, Bertolt Brecht, Marcel Schowb, Pierre Reverdy, Georg Büchner... Luego: André Breton y los surrealistas, Karl Marx y los marxistas, Sigmund Freud y algunos freudianos, sin olvidarme de unos prematuros Charles Fourier y Georg Ch. Lichtenberg... Pero todo ello leído a menudo abarrotadamente y no siempre en profundidad, sin darme mucho tiempo para la mejor asimilación de tantas cuestiones teóricas y prácticas de las que de algún modo me sentía partícipe pleno y que me proponía encarar y quizá —aunque sea para mí mismo— en buena medida resolver.

Hay también algunos narradores leídos en esa época que me dejaron “qué desear”: Ray Bradbury, Horacio Quiroga, José Revueltas, y algunos “clásicos”, entre muchos otros.

En fin: un multiverso al que se ingresa “iniciáticamente” para tratar de pisar, volar y nadar a placer por este mundo que nos toca y nos golpea y nos subleva y nos hace morir de vida “supervivida” –Ah, sí, el exceso de sensaciones que buscan su centro, el cúmulo de interrogantes que buscan sus respuestas y verdades, el acopio de experiencias que quieren construir realidades nada fáciles de conciliar y concertar con este mundo “donde reinan Eros y Tánatos y sus ejércitos de Bienmalos y Malbuenos metiéndosenos hasta en los tuétanos —que nos tornan seres casi incomprensibles e intolerables—, que nos atraviesan hasta bienmatarnos mientras nos malviven en su ‘otredad’…” (palabras de un poema inconcluso).

Solamente años después pude ya desear y concertar lecturas más variadas y de autores no “inevitables” sino más a tono con nuevas búsquedas y una saludable apertura en abanico: los poetas Miguel Hernández, Juan L. Ortiz, Agustín García Calvo, Ángel Crespo, Mario Satz, Julio Huasi, por nombrar solamente algunos poetas disímiles y en castellano a quienes aún leo con placer (élan singulares, confluencias pasionales, afinidades electivas). Estoy hablando exclusivamente de preferencias y atracciones, entre múltiples y variadas lecturas. Buenos poetas y buenos poemas, de hoy y de ayer, abundan.

Definiendo entonces ese periodo tan complejo cuan pletórico que es la primera juventud, digo: aquí hay como una ruptura y a la vez continuidad con algo que apareció en mi adolescencia: la vocación poética. Sin entrar a discernir de qué se trata ese algo, afirmo que desde ese momento quise y supe que mi vida estaría atravesada por la poesía —al menos como la empezaba a entender: inseparable del amor y la libertad. “Idealizaciones” incluidas y jamás renegadas, más bien “materializadas” de facto, esa ha sido mi “guía práctica”.

Empecé un periplo de búsquedas grupales en torno del teatro y la poesía. Y fue entonces que me dirigí un poco ciego a

la búsqueda de algún “remedio” para lo que entonces creía que me aquejaba: una insatisfacción profunda ante el mundo personal, familiar y social; es decir: el mundo entero. La cruel sociedad de privilegios, posesiones y explotación en la que vivimos nos da razones de sobra para colocar afuera toda la ira que algunos cargamos desde la edad en que “no se sabe que no se sabe”.

Así que el teatro y la poesía.


Sí, yo diría la etapa pre-surrealista. Hacia 1972, mi primigenia búsqueda poético-teatral, pseudo artaudiana, me había conectado con Alberto Muñoz, con quien establecimos, durante un par de años —que parecieron décadas, como suele suceder a esa edad—, una fuerte amistad creativa.

Como pequeñas grandes aventuras previas a mi periodo (o pasaje) pleno en el surrealismo debo mencionar también —corría 1974— mi ingreso a una experiencia colectiva teatral que se llamó Centro Cultural Alternativo, heredero de la Comuna Baires. Tenía yo veinte años. Publicábamos la revista “Cultura”, que salíamos a vender cada noche en la puerta de los teatros y cines. Prácticas dramático-teatrales y buenas lecturas (Jerzy Grotowski y otros) son lo rescatable de esa experiencia. Además, compartimos momentos inolvidables con Graciela Masetti y Luis Morado, amigos con quienes aún hoy, habiendo sorteado todas las difíciles peripecias de estas décadas, seguimos encontrándonos y, en lo posible, interviniendo creativamente en los ámbitos en que coincidimos. Salvando esto tan importante, una atmósfera recalcitrante de secta autocomplaciente y psicológicamente desequilibrada casi nos asfixia a todos los que pasamos por esta distorsionada “comuna”.

En ese momento concertamos un “matrimonio” legal con mi pareja de entonces (juntos integrábamos la susodicha “comuna”), con la sola intención de ayudarme a escapar a la obligación de hacer el servicio militar, de donde sin duda (de eso estaba seguro) no saldría con vida, dada la situación política del momento (transcurría 1974) y mi incapacidad para tolerar órdenes de ese estilo. (Dicho sea: ¡no hay palabras suficientes, ahora lo sé, para agradecerle a mi compañera de entonces, Claudia, ese gesto que también “me salvó la vida”!)

Tanta crisis sin resolver, más una situación familiar muy dolorosa, hicieron que me escapara al campo. Ya separado de mi pareja, en 1975 me fui a Pergamino. Allí viví con mi padre, su esposa y mis dos hermanos menores, e hice trabajos en una quinta productiva que ellos sostenían. Comencé a trabajar en la imprenta de la ciudad y a participar en el Grupo Literario Pergamino, para el que redacté un Manifiesto, que fue publicado en la principal revista de la ciudad. Conocí a militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (“morenista” —por Nahuel Moreno) y me interesé por primera vez en el marxismo, en el trotskismo y en la “revolución permanente” (aunque las primeras lecturas surrealistas y vallejianas ya me habían aproximado sumariamente a un básico socialismo revolucionario).

Y después del ’75, al año siguiente, ya sabemos, el golpe cívico-militar genocida.


Fue a pocos días del golpe (a mediados de abril, creo) que viajé a Buenos Aires, abandonando Pergamino. El partido me había dado como tarea traer al local central (con mis veintidós años, recién incorporado, militante nada preparado, y a solo días, como dije, del golpe criminal), en el barrio de Once, una buena cantidad de materiales políticos. Ahí tenemos una muestra de la frágil concepción política y de la errónea caracterización del golpe del general genocida Jorge Rafael Videla por parte de dicha corriente política. Llegado a las puertas del local, esperando que abriesen (había blindaje y hombres armados custodiando desde adentro el local) se acerca un coche con cuatro tipos adentro; me llaman, y con total inconsciencia me estaba acercando a ellos. Al tiempo que estos sátrapas me preguntaban “¿Se hace la Escuela de Cuadros, no?”, desde el local dieron un grito que me salvó la vida, ordenándome que volviera inmediatamente. Hoy probablemente estaría en la lista de las decenas de miles de secuestrados-desaparecidos.

Fue entonces que conocí a Marcelo Gelman, con quien comencé una tan intensa como frustrada amistad, truncada salvajemente por la dictadura cívico-militar genocida, que lo secuestró, torturó y asesinó, junto con su compañera Claudia (María Claudia García Iruretagoyena), de 19 años y embarazada de seis meses.

Como verás, estos hechos que vienen insistentemente a mi memoria y nos “marcan”, funcionan como determinantes que nos hacen hacer una cosa u otra, elegir esto o aquello. Se trata, sí, de estados de “excepción” medularmente vividos que al fin constituyen la “norma” y la “savia” misma (sean las circunstancias tristes y terribles, o sean esperanzantes y propiciadoras de grandes luchas) de los días que vendrán.

Así que tuviste tu etapa surrealista…


Surrealista: califico así este periodo, a sabiendas de que mi vínculo militante con el surrealismo como movimiento abarcó, estrictamente hablando, “apenas” unos ocho años de mi vida y de mi actividad poética, cultural y política. ¡Y qué años tan intensos!: de 1979 a 1987. Cabe esta aclaración: “vínculo militante” significa que establezco una distinción, que me parece corresponde, entre la actividad práctico-teórica, es decir: la praxis del surrealismo en la forma de una militancia concreta en el movimiento internacional surrealista (en este caso en la forma de un grupo activo en la Argentina) y mi interés profundo, que aún perdura, por el surrealismo y todo aquello que éste representa ante mi deseo (a propósito no digo “ante todos nosotros”): la lucha irrenunciable por la libertad, el amor, la poesía, la revolución emancipadora, la superación de la prehistoria humana y de la “civilización bárbara”.

Por lo tanto, y para no extenderme, puedo concentrar algunos datos, sirviéndome de testimonios valiosos sobre este periodo vivido por los jóvenes artistas que constituimos entonces el grupo surrealista Signo Ascendente y que levantamos sin dudar, y bien altas (así en “las habitaciones poéticas, en los grandes espacios abiertos del amor, la desesperación, el placer, la esperanza, el olvido, la acción y el sueño” {de «En la noche ciclotrónica», en la edición final de “Primeros poemas (1974-79)”}… como en las calles, plazas y barricadas) las banderas del surrealismo y la revolución, el lema “amor poesía libertad” y la esplendente consigna “transformar el mundo, cambiar la vida”.

En 1979 tomé la iniciativa de editar “Poddema – Publicación periódica para la actividad poética independiente”. Apareció con fecha julio-agosto de ese año terrible. La “función surrealista de Poddema” (si cabe decirlo así) en ese momento histórico es muy bien descrita por Silvia Guiard en un magnífico y sucinto testimonio (“Buenos Aires: El surrealismo en la lucha contra la dictadura”, 2006), con estas palabras:

“Es en 1979 cuando un núcleo —ya muy reducido con respecto al grupo original— cruza la línea que separa el hecho de estudiar el surrealismo de la decisión de asumirlo como aventura propia. Dos hechos jalonan esa transformación. En agosto, la aparición de “Poddema” 1: editada por iniciativa de Alberto Valdivia, esta primera revista —cuyo nombre proviene de un libro de Henri Michaux— cuenta con la colaboración de otros miembros y amigos del grupo (Silvia Grénier y Luis Yara) y es adoptada por todos. En septiembre, la primera intervención pública colectiva: la lectura de textos propios, precedidos por palabras de André Breton, en un festival de la Comisión por la Reconstrucción del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras (Crecefyl) en el Club Villa Malcolm, del barrio de Villa Crespo”.

Cabe aclarar que, dada la época que atravesábamos, Silvia Grénier y Luis Yara eran los necesarios seudónimos de la poeta Silvia Guiard y del artista Luis Morado; yo firmaba Alberto Valdivia.

Así que es justo referirse a “Poddema” (donde incluso en 1979 reivindicaba públicamente el manifiesto Por un Arte Revolucionario Independiente, al que citaba como “de Breton-Rivera”, eludiendo el nombre de Trotsky por razones de seguridad), como una publicación poética-artística señera y de vanguardia, aparecida en pleno periodo dictatorial, capaz de canalizar un valioso esfuerzo por quebrar la losa del silencio… Inmediatamente, este esfuerzo se manifiesta concretamente en la formación de Signo Ascendente, un grupo surrealista militante que surgió influido “en vivo y directo” por dos vertientes revolucionarias: la del surrealismo propiamente dicho, y la del marxismo (algunos éramos simpatizantes y otros militantes del Partido Obrero).

El valioso testimonio recién citado es una fuente privilegiada para conocer este periodo y las luchas emprendidas por el grupo que conformamos.

Otro testimonio elocuente del valor de nuestro compromiso surrealista lo encontramos en estos fragmentos de sendas cartas enviadas desde París en 1981 y 1985 al grupo surrealista Signo Ascendente aquí en Buenos Aires (cartas que quizá algún día se las pueda dar a conocer; ahora no corresponde –es una cuestión de respeto– que revele quiénes las firman porque, hasta donde conozco, nunca tomaron estado público; se trata de dos miembros del grupo surrealista de París):

“París, 29 de mayo de 1981 (…):

A la hora en que el surrealismo debe, a través del mundo, enfrentarse con numerosas dificultades, es reconfortante ver reanimarse su llama en un rincón del mundo donde ninguno de nosotros podía razonablemente esperar verla rebrotar. El tenor y el tono de su carta nos llevan solamente a deplorar que nuestras relaciones no hayan podido entablarse más temprano… (…) No hay, fuera de Praga y París, actividad colectiva propiamente surrealista. (…) En el momento de cerrar esta carta recibo ‘Signo ascendente’… (…) Espero que nada grave interrumpa la publicación de los números siguientes…”

“París, 13/12/85 (…):

Compartimos enteramente vuestra convicción de que el surrealismo no podrá nunca ser reducido a una pieza de museo en una vitrina, ni a un insecto multicolor en una colección entomológica, y menos aún a una momia egipcia en excelente estado de conservación. Está vivo y lo seguirá estando mientras en Buenos Aires, en París o en cualquiera otra parte existan algunos espíritus lo bastante obstinados como para rechazar el ‘principio de realidad’ y creer en la afinidad electiva entre la poesía y la revolución (…) … Ahora que han reorganizado el grupo ¿piensan retomar Signo Ascendente? Pese a sus límites, era la única publicación surrealista del mundo entero…”.

Palabras tan contundentes provenientes de dos miembros notorios del movimiento surrealista en París, testimonian la importancia que tuvo, en plena época de la dictadura y la transición “democrática”, el grupo que iniciamos al calor de las necesidades surrealistas en la Argentina, es decir: necesidades antidictatoriales y anticapitalistas, poéticas y liberadoras.

No sólo asistíamos e interveníamos en forma grupal en las marchas, protestas y reuniones políticas, también colaborábamos con los organismos de lucha por los derechos humanos y la aparición con vida, especialmente con los Familiares de detenidos-desaparecidos. En esos años, y durante bastante tiempo, en algunas paredes del centro de Buenos Aires se pudo leer la incitante consigna: “¡Fuera la dictadura! Movimiento surrealista”.

Además del grupo original que conformamos durante varios años con Alejandro Mael, Silvia Guiard, Julio del Mar y, luego, con Josefina Quesada y Carmen Bruna, quiero mencionar a algunos de los compañeros que compartieron, de un modo u otro y en diferentes periodos (no necesariamente considerándose surrealistas), tantas horas de lucha y actividad creativa: Luis Mihovilcevic (quien en aquellos años se asociaba a nuestras acciones y discusiones con su publicación expresionista “El grito”), Cecilia Heredia, Juan Andralis, Sonia Rodríguez, Carlos Marcaida, Gloria Villa, Juan Perelman, entre otros.

Te propongo, digamos, un paréntesis “familiar”.


En 1976 conocí a Cecilia Heredia y un año después ya estábamos conviviendo. Ella modificaría mi vida para siempre; es sin duda la persona más decisiva. Atravesamos juntos estas décadas, y faltan palabras para contar las peripecias e intensidad de lo vivido. Quiero resumirlo con las de un poema escrito hace mucho: “… mujer, nave amorosa que guía el vuelo errante de éste que soy, / de éste que fui siendo y que siéndolo seré a tu lado…”. Hoy tenemos dos hijos, Julián y Emilio, con quienes nos acompañamos permanentemente. Y ahora, también, somos orgullosos abuelos de Lautaro y Tomás.

Cecilia apoyó y compartió muchas de mis actividades artísticas, poéticas y políticas anteriores. Estos últimos años integró también el colectivo Signos del Topo. A la fecha, estamos comenzando a preparar una muestra del fruto creativo de estas décadas juntos. La denominamos “amor poesía libertad” y estará constituida por un libro y una muestra o exposición de carácter –así lo esperamos– más o menos itinerante. Ahora mismo está ocupándose en la preparación de un par de pequeños libros con cuentos para niños que escribimos y que ella ilustró. La obra plástica y el mundo de Cecilia deberían revelarse aún más ampliamente que lo que lo han hecho hasta ahora. En nuestra juvenjez, en nuestra vejentud, esperamos juntos seguir poniendo leños ardientes a la creación y la actividad poéticas, que son siempre inevitablemente crítica social y humana para la transformación del mundo.

Toda una militancia.

“Transformación del mundo”, acabo de decir. Claro está: la histórica consigna surrealista “Transformar el mundo, cambiar la vida”. Siempre se ha tratado de lo mismo, diferente cada vez: estar a la altura concreta, ni idealizante ni utópica, de esta enseña.

A partir de mi salida del grupo surrealista pasé a formar parte, en 1988, del equipo de periodistas del periódico de las Madres de Plaza de Mayo. Allí viví una enriquecedora experiencia junto a compañeras y compañeros como María del Rosario Cerruti, Raquel Ángel y Alberto Guilis, entre otros. Ahora considero que ese pasaje de un año por el periódico de las Madres me sirvió también para procesar sin mayor crisis mi alejamiento de aquella intensa actividad grupal surrealista que había ocupado casi una década de mi vida.

¿Y cómo sigue todo esto? Con mi incorporación plena, en 1989, al Partido Obrero (del que era simpatizante desde 1980), a un círculo de “intelectuales y profesionales” cuyo responsable era Pablo Rieznik, un gran compañero. Lejos de ser “enviado a la célula del gas”, como cuentan los surrealistas franceses que les ocurrió en el Partido Comunista, los compañeros me invitaron a impulsar y formar parte del círculo de artistas. Por la sencilla razón de que el Partido Obrero, enemigo radical del stalinismo, tenía en ese momento, en lo fundamental, una línea opuesta al anti-intelectualismo insustancial de algunas organizaciones de izquierda y al pro-intelectualismo oportunista de otras. Allí escribimos manifiestos y notas y editamos algunos números del boletín “Arte y Revolución”, de breve vida, pero muy interesante.

Logramos cierta influencia en medios culturales, educativos y artísticos. Años después, hacia el 2000 y 2001, formé parte de la agrupación Lucharte y viví en forma intensa y militante el periodo del Argentinazo, incluidas sus asambleas populares.

Así, en vuelo rápido, podemos llegar al relato de apenas algo del presente, ya que, como no nos cansaremos de anotar, las palabras suelen constituir una gigantesca poquedad (si lo sabremos los escritores y poetas, ¿no?) a la hora de pretender describir y abarcar la totalidad de una experiencia de vida, cualquiera sea, sobre todo sus vicisitudes históricas, pasionales, intelectuales y psicológicas.

Mis últimos años están “tocados” profundamente por la actividad poética en torno a ‘Margen meridiano’ (que es el título que doy al conjunto en marcha de la que considero mi obra), al Colectivo Signos del Topo y al Espacio Rosa Luxemburg.

De Signos del Topo quiero decir que ha sido una experiencia muy rica y profunda en lo que hace a su contribución (en su justa medida) creativa y crítica en el campo de la cultura. Quienes consolidamos durante algunos años esta peculiar experiencia grupal fuimos: Osvaldo Cucagna, Luis Mihovilcevic, Pablo De Cruz, Cecilia Heredia y yo. No podría mencionar aquí a los artistas, intelectuales y militantes con quienes nos vinculamos, de un modo u otro, a partir de esta actividad (aunque entre todos ellos, que son muchos, sí quiero mencionar a nuestra compañera y amiga Liliana Dulbecco). Ahora mismo estamos debatiendo cómo continuamos nuestra acción.

En cuanto al Espacio Rosa Luxemburg, se puede decir que, a pesar de tanto hecho (recopilación, lecturas, ordenamiento, debates, etc.)… está casi todo por hacer. Su inicio se remonta a un momento (hacia 2009) en que mi vida personal se vio marcada por una serie de acontecimientos a los que tuve que dedicarle toda la atención. Es mucho y fundamental lo que se puede hacer para seguir reivindicando y situando correctamente la obra, vida y lucha de Rosa Luxemburg, esta extraordinaria socialista revolucionaria e internacionalista, en el presente. Su vigencia es poderosa y me ocupará, así lo deseo, una buena parte del resto de mi vida.

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