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Opinión
Etiquetas:   Religión   Coronavirus   Dios  

Arrepentimiento

El arrepentimiento a Dios proporciona la paz que sobrepasa la comprensión humana
Octavi Pereña
lunes, 27 de abril de 2020, 09:48 h (CET)

Una de las viñetas de EL ROTO muestra a un ángel cubriendo su rostro con una mascarilla mirando hacia la Tierra. El texto dice: ”¡Os traigo un mensaje!”. Desde la Tierra el mensajero recibe la respuesta. “Vale, pero mejor déjalo a la puerta”.

Ignoro si el mensaje que transmite la viñeta se debe a que su autor posee conocimientos bíblicos o es fruto de sus razonamientos. Lo que sí es cierto es que el trastorno que produce la explosión del coronavirus no mueve a los hombres a levantar sus ojos hacia el cielo para preguntarle a Dios si la pandemia tiene algo que ver con ellos.

Los estamentos eclesiásticos dan respuesta al mensaje que llega desde los cielos con el humanismo cristiano tan propio de la doctrina católica, respuesta que no da tranquilidad a quienes sufren las consecuencias de la pandemia.

Desconozco si el lector ha visto el video del Papa que difunde diariamente TV13. Da pena y más cuando en la primera quincena de abril de 2020 se celebró la llamada Semana Santa, que en principio tendría que servir para recordar que el niño nacido en Belén, al que se le puso por Nombre Jesús “porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1: 21) y que llegado el cumplimiento del tiempo, como sustituto de los pecadores murió en la cruz para perdón de los pecados y fue resucitado al tercer día como garantía de que quienes creen Él también serán resucitados con cuerpos semejantes al del Resucitado.

En este tiempo de tanta confusión religiosa sería aconsejable que prestásemos atención a las palabras que el apóstol Pedro dirigió a las autoridades religiosas que le pedían explicaciones de cómo había curado a un mendigo cojo: “Sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los murtos, por Él este hombre está en vuestra presencia sao. Este Jesús es la Piedra repudiada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 10-12).

Volvamos al video del Papa y a su plegaria intercesora a favor de los afectados por el veneno del coronavirus: “Bajo tu protección nos acogemos, santa María Madre de Dios, no rechaces las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, mas bien líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa, bendita”. En esta plegaria papal brilla por su ausencia el Nombre Jesús que según el profeta “se llamará Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz” (Isaías 9: 6). Muchos de los que hoy se consideran cristianos, persuadidos por los “edificadores” rechazan “la Piedra reprobada”. Ello tiene sus consecuencias para los que abandonando al Todopoderoso creador del cielo y de la Tierra adoran a ídolos mudos que tienen ojos que no ven, oídos que no oyen, piernas que no andan y que tienen que ser transportados.

En el Antiguo Testamento contiene muchas referencias a las terribles consecuencias que se tienen que soportar los que dan la espalda a Dios y adoran a los que no son dioses. Citaré una. “Y vino palabra del Señor a Jehú (profeta) contra Baasa (rey de Israel), diciendo: Por cuanto yo te levanté del polvo y te puse por príncipe sobre mi pueblo Israel y has andado en el camino de Jeroboam” (con Reboam, hijo de Salomón, Israel se dividió en dos: Judá e Israel. Jeroboam fue el primer rey del nuevo Israel. Para evitar que el pueblo acudiese a Jerusalén para adorar a Dios en el templo construido por Salomón, esculpió dos becerros de oro que instaló en los dos extremos del país), “y has hecho pecar a mi pueblo Israel, provocándome a ira con tus pecados, he aquí yo borro la posteridad de Baasa, y la posteridad de su casa”. (1 Reyes 16: 1-3). Convertir la gloria del Dios eterno a semejanza de ídolos, sean d la clase que sean, siempre despierta la ira de Dios.

El apóstol Pedro dirigiéndose a la multitud que “alababa a Dios” al contemplar el milagro realizado dijo: “Así que arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3: 19). En los mensajes que transmiten por los medios de comunicación quienes tienen la posibilidad de hacerlo no aparece ni por casualidad la palabra “arrepentimiento”. Es como si no existiese en el diccionario. El contenido de dichos mensajes está centrado en el esfuerzo humano: “Unidos venceremos”. Nos consideramos dioses y no necesitamos para nada la ayuda de Dios. Carecemos de humildad para reconocer nuestras limitaciones. Tropezamos dos veces con la misma piedra, dice el refrán. Necesitamos un mensaje que nos llegue del cielo. No le digamos al que lo envía: “Vale, pero mejor déjalo en la puerta”. “Pon oh Señor”, dice el salmista “temor en ellos, conozcan las naciones que no son sino hombres” (Salmo 9: 20). En nuestro engreimiento creemos que podemos con todo. Lo cierto es que vamos de fracaso en fracaso.

“Feliz aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios, Él hizo los cielos y la Tierra, el mar y todo lo que en él hay, que guarda verdad para siempre, que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos, el Señor libra a los cautivos…” (Salmo 146: 5-9).

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Casas Viejas 27/abr/20    12:26 h.
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