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‘Los crímenes del monograma’ de Sophie Hannah

Poirot nos convoca desde el año 1929. Interesante recuperación del personaje
Herme Cerezo
jueves, 16 de octubre de 2014, 08:02 h (CET)
Año 1929, Londres, Hércules Poirot se encuentra en el café Pleasant. Una mujer se le acerca en el local para decirle que está a punto de ser asesinada. Al mismo tiempo le pide que no haga nada por evitarlo, porque con su muerte se habrá hecho justicia. Horas después, los cadáveres de tres personas son hallados en el Bloxham, un elegante hotel londinense. Edward Catchpool, agente de Scotland Yard, conocido de Poirot con quien comparte pensión, es el encargado de llevar el caso. Aunque el detective belga, según el mismo confiesa, se encuentra en año sabático para regenerar sus células cerebrales, la materia gris, decidirá involucrarse de lleno en la investigación. De este modo tan atractivo arranca la novela ‘Los crímenes del monograma’, editada por Espasa, un nuevo caso de Poirot, una secuela escrita en esta ocasión por la escritora británica Sophie Hannah (Manchester, 1971), tras obtener el placet de los descendientes de Agatha Christie, madre literaria del hombrecillo de los bigotes puntiagudamente simétricos.

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La primera sensación que uno percibe al sostener entre sus manos un ejemplar de ‘Los crímenes del monograma’ no es literaria, es estética. La editorial ha cuidado al máximo, o eso parece, todos los detalles de la edición, revistiéndola de un aire clásico y elegante a través de sus tapas negras, con esquinas redondeadas, que traen a la memoria el formato de una agenda Moleskine, la más clásica de cuantas existen (ya saben, la usaba Picasso). Prosiguiendo por esta senda, si abrimos el ejemplar por su mitad, como si lo colocáramos en un atril, en seguida observamos que también nos recuerda una Biblia al estilo de la edición de Casiodoro de Reina, el texto sagrado adoptado como oficial por los fieles evangélicos, a la que solo faltaría, disculpen la redundancia, el llamado “papel biblia”. Con este preámbulo sólo quiero señalar que ‘Los crímenes del monograma’ pretende ser clásico hasta en su diseño, que es lo que merece la continuación de la obra de la escritora más vendida del mundo.

‘Los crímenes del monograma’ de Sophie Hannah se inscribe en esa tendencia actual de la República de las Letras de recuperar obras o personajes que gozaron de gran éxito y predicamento en su época y que perdieron ese halo, porque los autores fallecieron o porque por su voluntad se truncó su carrera como seres de ficción. Ejemplos recientes tenemos varios como Philip Marlowe, recuperado por Benjamin Black, o James Bond, cuyas nuevas aventuras prosigue el escritor William Boyd.

El Poirot de Sophie Hannah se presenta tan agudo y perspicaz como el de Agatha Christie, pero un tanto subido de tono, como un punto más engreído, excesivo a mi entender. En ese sentido y aunque en algunos pasajes se comporte de modo autocrítico, resulta más pedante de lo habitual, vanidoso, y adicto al buen café - por eso frecuenta el Pleasant donde lo preparan de gran calidad -, aunque él solía ser un asiduo de las tisanas y del chocolate caliente. Probablemente esta acentuación de los rasgos de Poirot sea también común a otros personajes de esta historia, como el gerente del hotel, demasiado extremado en su caracterización. Abundando en ello, Catchpool más parece un aprendiz que un investigador y quizá por ello sufre las invectivas del detective belga. No obstante, al final del texto, Poirot tratará de resarcirlo, ponderando y elevando el valor de las deducciones y aportaciones del inglés. Precisamente en el final es donde, tal vez, chirríen un poco estos crímenes de Sophie Hannah, cuyo desenlace construye y destruye demasiadas veces.

Aunque la acción mayoritariamente se desarrolla en Londres, no falta una interesante, indispensable para el desarrollo argumental, pincelada del mundo rural. La visita que Catchpool efectúa el pueblo de Great Holling, además de cimentar la acción, le sirve a Sophie Hannah para efectuar el retrato de la galería de personajes secundarios más relevantes de la población: el médico, el pastor y su esposa, el tabernero, la asistenta, los beodos… Sobre todos ellos se cierne la maldición de lo que ocurrió en esa misma localidad en 1913, es decir, 16 años antes de que se produzcan los crímenes del monograma. Una vez más, en las novelas policiacas de Agatha Christie, aunque en este caso haya sido escrita por otras manos, el pasado resulta indispensable y, sobre todo, regresa con fuerza imparable.

Un par de diferencias formales más se aprecian en ‘Los crímenes del monograma’ con respecto a las novelas de Agatha Christie. En primer lugar, la ausencia de ese acostumbrado Dramatis personae, antiguamente llamado Guía del Lector, que incluía la Editorial Molino en las ediciones que publicó en nuestro país a partir de la década de los setenta, cuando parecía que consumir novela policiaca estaba mal mirado porque era lectura intrascendente. La segunda diferencia radica en la extensión de la novela. Tradicionalmente las obras de Christie se han movido entre las doscientas veinte-doscientas ochenta páginas, mientras que la novela de Sophie Hannah se acerca a las cuatrocientas, en buena parte debido a las repetidas soluciones del caso ya aludidas, algo que por otra parte no resulta novedoso, ya que la escritora inglesa ya utilizó en algunas ocasiones este mismo recurso, aunque con menor intensidad. Por cierto, el final se desarrolla de la manera más ortodoxa, incluyendo la escena final del sabio belga, rodeado por los presuntos autores con los que conjuntamente despeja la maraña del problema.

De modo global, tras leer ‘Los crímenes del monograma’ pienso que esta “resurrección de Poirot” resulta positiva y que nos puede proporcionar el disfrute de nuevos enigmas policiales, protagonizados por el sabihondo Hércules y su bigote engominado
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