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Opinión
Etiquetas:   Religión   Pederastia   Perdón  

Perdón efectivo

Solamente Jesús el Hijo de Dios tiene poder de perdonar pecados
Octavi Pereña
martes, 2 de octubre de 2018, 08:33 h (CET)

La pederastia eclesial se parece a una riada desbordada que destruye todo lo que encuentra a su paso. Lo que hasta ahora se mantenía en un relativo secreto, ha dejado de serlo. En público se habla con toda normalidad de aquello que hasta ahora se comentaba susurrando al oído, con la puerta cerrada. Ahora es del dominio público porque se ha perdido el miedo a hablar.


Berna González Harbour en su escrito ¡Qué suerte tienen los delincuentes católicos!, relaciona a pederastia católica con la confesión auricular con un cura al escribir: “Los católicos suelen sentir la tranquilidad de pertenecer a la única religión verdadera – creen, luego para ellos así es – e históricamente han tenido la ventaja de poder pecar siempre que luego visiten el confesionario para pasar bayeta. Allí, el confesor los aguarda como un decidido Mister Proper dispuesto a trasladar el perdón divino que borra las pesadillas de su historial. No quedan antecedentes penales tras rezar varias avemarías…Tienen suerte los delincuentes católicos que pueden confesar y quedar indemnes”. Es muy triste que se tenga que tratar la banalidad de la confesión auricular relacionándola con algo tan grave como los abusos sexuales cometidos por clérigos que se supone pueden vivir libres de lascivia con la gracia que se dice reciben al ser ordenados sacerdotes. El grave problema de la Iglesia católica se encuentra en el hecho de haber suplantado a Dios y haberse auto otorgado el poder divino de perdonar pecados. El fiel católico no necesita a Dios, le basta el intermediario humano que le hace creer que puede perdonar sus pecados a cambio de la ligera penitencia de recitar un padrenuestro y tres avemarías. Si la conciencia no queda tranquila con tan suave penitencia, las aportaciones económicas acortan su estancia en un supuesto Purgatorio en donde las almas pasan una larga temporada purgando sus pecados por medio de indecibles sufrimientos, que en este caso no son eternos. Con la colaboración papal y a cambio de una suculenta aportación económica el alma ya no tiene necesidad de sufrir en el Purgatorio. Automáticamente, en el momento del deceso, le hacen creer, que va directamente al paraíso.

El perdón eclesiástico que es ineficaz para perdonar los pecados de las personas que lo reciben, no obtiene la aprobación de la Palabra de Dios. Simón, un judío convertido al cristianismo, al ver que por la imposición de las manos de los apóstoles se recibía el Espíritu Santo, ofreció dinero para conseguir este poder. El apóstol Pedro le dijo: “Arrepiéntete, pues de esta maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hechos 8: 22).

Sí, Dios perdona al pecador, pero no con la facilidad con que lo hace la Iglesia católica. Perdona, sí, gratuitamente por la fe en Jesús, pero l precio de morir en la cruz para salvar a su pueblo de sus pecados. Para el pecador el perdón le es gratuito, pero Dios tuvo que pagar el precio de la salvación entregando a su Hijo a morir ara el perdón de quienes no merecen ser amados: “Porque Dios ha amado tanto al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16).

Según la Biblia la salvación es por gracia, por fe, que es regalo de Dios. El pecador no tiene que hacer nada, solamente creer en la oferta de Dios de perdonarlo en Cristo. Este perdón que para el pecador es tan fácil, crea unas responsabilidades. Pablo escribiendo a los cristianos de Roma, les dice: “¿Qué pues diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? (Romanos 6:1). Parece ser que en Roma había cristianos que se decían: Ya que Dios nos ha perdonado por gracia, sigamos con nuestro estilo de vida que llevábamos antes de convertirnos a Cristo para que se incremente la gracia divina. ¿Cuál es la respuesta que les da el apóstol?: “En ninguna manera. Porque los que hemos murto al pecado, ¿cómo viviremos aun en él?” (v.2). Los redimidos por la sangre de Jesús entran a formar parte del pueblo santo de Dios y no pueden ensuciar la santidad recibida viviendo en pecado.

El cristiano verdadero, que es un hijo de Dios, a pesar que todos sus pecados han sido borrados por la sangre de Jesús siguen siendo pecadores que si no vigilan pueden llegar a cometer pecados infames. La Biblia que es transparente, no los encubre, los denuncia. David el rey de Israel en quien se inicia la dinastía de la que vendrá Jesús, el Rey de Israel, cometió adulterio y asesinato. Quizás David siguiendo la costumbre de su tiempo en que los reyes se atribuían el derecho de hacer lo que les placía, se atrevió a cometer estos pecados. Pero a Dios no le gustó el comportamiento del monarca que había escogido. Le envía al profeta Natán a reprenderle por haber quebrantado su Ley. David es un ejemplo de lo que dice el proverbio: “Da al sabio y será más sabio, enseña al justo, y aumentará su saber (Proverbios 9: 9). La consecuencia de haber sido amonestado por el profeta en Nombre de Dios, David escribió el salmo 51. El salmista es consciente de que los pecados cometidos, antes que al hombre los ha hecho contra Dios. En su arrepentimiento no acude al profeta Natán que había sido el portavoz de Dios, sino que va directamente al Señor a quien había ofendido con sus pecados, en estos términos: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tus misericordias, conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos, para que seas reconocido justo en tus palabras, y tenido por puro en tu juicio” (vv. 1-4). En otro salmo describe los efectos que el pecado tienen en él, con estas palabras: “No hay nada sano en mi carne, a causa de tu ira. No hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado. Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza, como carga pesada se han agravado sobre mi” (Salmo 38: 3,4). Hoy con tantas enfermedades mentales que nos deprimen debido al pecado no confesado a Dios y no perdonado, debemos aprender de David que no acude al hombre para que lo perdone. Hoy ni tan siquiera se visita el confesionario, se acude al despacho del sicólogo o siquiatra. David no confía en el hombre, se acerca directamente a Dios, se acoge a su misericordia, diciéndole: “Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (Salmo 51: 12). La confesión sentida a Jesús devuelve el gozo al pecador.
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