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Raúl Galache
Raúl Galache
“Nuestras palabras son actos y nuestros actos hacen transparente nuestra piel”

Nuestras palabras no son inocentes. Inciden en ese magma enmarañado que es la existencia. Suponen una modificación, apenas insignificante o absolutamente irrevocable, de la realidad. Este es el principio del que parte la teoría de los actos de habla, enunciada por John Langshaw Austin en su libro póstumo Cómo hacer cosas con palabras, obra fundacional la pragmática, disciplina de la lingüística que se ocupa del estudio de la lengua en su uso. Hablar es hacer; es decir, cuando emitimos un mensaje, realizamos un acto. De hecho, Austin habla de enunciados performativos, que son aquellos que modifican de manera definitiva la realidad. Cuando el cura dice “yo os declaro marido y mujer”, está cambiando el mundo, al igual que hace el juez al decir “le condeno a dos años de cárcel”.


Nuestras palabras son actos y nuestros actos hacen transparente nuestra piel. Dejan ver quiénes somos, airean nuestra alma, la tienden al sol, como decía Claudio Rodríguez, para que muestre su inmaculada ingenuidad o sus manchas indelebles.


Por eso, lo que hacemos es el resultado de nuestros propios pilares morales. Entre dar la mano o negarla, entre dar las gracias o volver la vista, entre respetar el paso de cebra o acelerar, hay diferencia. Hay actos que son buenos y otros que son malos. Nuestras palabras, nuestros hechos, configuran la arquitectura moral de nuestra identidad.


Conviene saberlo. Puestos a ser egoístas, maleducados, groseros y gritones, es mejor hacerlo a conciencia. Y que se vea que uno sabe lo que hace. 

Artículos del autor

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado.

Desapareció y nunca se volvió a saber de él», cuenta Alejandro Gilberdi. La policía lo buscó insistentemente. Preguntaba a cualquiera que pudiera saber supiera algo y, así, fue calando una imagen diferente de RaX. «Cayó del pedestal en que el superhéroe tiene que estar», resume Gilberdi. «Simplemente, dejó de serlo. Ya no tenía sentido que siguiera existiendo». Finalmente, no detuvieron a nadie. No dieron con él.

Imagino que cuando un arquitecto es recibido en una casa desconocida, su mirada profesional no puede esconderse tras la cortesía que obliga al visitante. De un vistazo, evaluará la distribución de las estancias, la amplitud de los espacios o la robustez de los muros. Lo mismo le ocurre al lector experto.

Esta semana ha tenido lugar el lanzamiento de Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López amplía el sendero que iniciara con Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (Manuscritos, 2019). Ambos volúmenes son principalmente fruto del fervor que siempre ha sentido Vadillo hacia el autor de Mortal y rosa.


Ella había llegado al barrio tan solo un par de semanas antes. Los separaban quince metros de vacío, el que distaba de un balcón a otro en las calles estrechas del barrio viejo. Fue en los días del confinamiento contra el virus cuando se vieron por primera vez.

A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña.

Mi niño es superdotado. No veas lo listo que es. Siempre hemos sabido que tiene un cerebro privilegiado. Antes sacaba todo sobresalientes. Con lo que oía a los profesores le valía para sacar notazas. Ahora, en el instituto… no te lo vas a creer… suspende.

 
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