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Raúl Galache
Raúl Galache
Monólogo de Juan Diego Botto que él mismo interpreta y que Sergio Peris-Mencheta dirige

Una noche sin luna

Dirección: Sergio Peris-Mencheta.

Texto e interpretación: Juan Diego Botto.

Una coproducción de La Rota Producciones, Barco Pirata Producciones y Concha Busto Producción y Distribución.

Teatro Español. Sala principal.


Una noche sin luna

Escribo este intento de crítica porque no puedo dormir. No dejo de darle vueltas a Una noche sin luna, el monólogo de Juan Diego Botto que él mismo interpreta y que Sergio Peris-Mencheta dirige. Tras el oscuro final, tras los aplausos rendidos —una de las ovaciones más emocionadas que recuerdo—, tras la cena por el barrio de Chueca en compañía de mi hija adolescente, la obra me sigue interpelando, me pregunta, me señala, me acusa. Ian Gibson confesó en cierta ocasión que aún lloraba cuando recordaba la muerte de Federico García Lorca. Lo entiendo. Pero la pregunta sigue pendiendo sobre mí como la espada sobre Damocles, como el péndulo sobre el preso, como las estrellas sobre el barranco de Víznar.


En Una noche sin luna, Juan Diego Botto es Federico García Lorca, pero, a un tiempo, y en determinados momentos, Federico es Juan, lo que le permite al autor moverse de una época a otra con ingeniosa facilidad. El texto se vale de la excusa de la tendencia a la dispersión del personaje para engarzar anécdotas, reflexiones, discursos y confesiones en una pieza que, hecha a retales, da un resultado monolítico, indisoluble, redondo como piedra de molino, porque quien está ahí es alguien tan real, tan palpable como quien lo escucha. Lorca se mete al público en el bolsillo y habla con él, con este nosotros de ahora. Nos mira con dulzura, nos habla con cariño, con el mismo cariño y la misma dulzura con que nos da bofetadas con la mano abierta. Se propone explicarnos por qué lo mataron. Y ahí aparece la pregunta que ahora, a las cuatro y media de la madrugada de una noche de comienzos de verano, me tiene sin poder dormir.


Corresponde al crítico el análisis de los elementos que dan personalidad al montaje, pero lo cierto es que Una noche sin luna huye de la disección. A pesar de que Juan Diego Botto ha escrito e interpreta el texto, el mérito del resultado que vemos es compartido a partes iguales por el autor-actor y el director. Sobre el escenario, un gran tablado inclinado que Federico va desmontando y transformando conforme avanza la obra. Ante nuestros ojos, la plaza de un pueblo, un pedestal, un barco griego… y la fosa de Víznar, reclamando su excavación arqueológica.  


Cada movimiento del actor, cada haz de luz, cada tabla rota o movida, cada detalle está medido con precisión para que el todo brille sin que las partes sobresalgan. Hay en este monólogo tanta artesanía, tanto teatro que da pereza ponerse a citar la luna que se deshace sobre los títeres, la imagen de Federico bamboleándose en el barco, la arena que cae fina y lenta como el tiempo que nos lleva despeñados a la muerte. Porque, finalmente, nada de eso importa. Solo la emoción, la emoción lanzada por una puesta en escena tan acertada que desaparece sin dejar rastro de su artificio. Esta obra late desde el principio hasta el final como si la carne del actor-personaje se abriera y llenara la sala con la luna de su pecho. Pero no por ello se cae en la exaltación trágica; ni mucho menos, la ternura y el humor bailan a lo largo de los cien minutos que dura este monólogo que el espectador no percibe como tal y que fluye con agilidad, soltura y lirismo.


Emoción, sobre todo emoción, pero también interpelación, también la duda que me ha desvelado. Sobre las tablas, el último argumento de por qué mataron al poeta en agosto de 1936 lo da un personaje que habla desde 2021. Es un hombre que viste chaqueta color crema. Interrumpe al poeta porque no soporta su charla apasionada. Protesta airado por el sesgo ideológico de la función (“¡vosotros, los del izquierdas, que os creéis en posesión de la verdad y la moral!”, etc.). 


Y es cierto que recorre la obra un mensaje de denuncia política dirigido a nuestro tiempo; al de García Lorca también, obviamente, pero, sobre todo, al nuestro. ¿Era necesario? ¿Es un mensaje que brota del personaje o es un capricho del autor? ¿No le resta hondura al drama? Mirando desde mi ventana el cielo velado por la luz de las farolas, algo me ha hecho levantarme a escribir, algo que me comentó una amiga al acabar la obra y que finalmente ha desenlazado mi desasosiego: ¿palabras como las del personaje de la chaqueta color crema mataron a Lorca?, sí; ¿las palabras del personaje de la chaqueta color crema son de hoy, son reconocibles, repetidas, oídas mil veces? También, incluso ahora más que hace pocos años. Ya está. Gracias. Lo dice Lorca al principio de esta pieza teatral: el teatro no solo debe hablar de la vida, debe aspirar a ser la vida. Tanto es así que, en ese momento de la función, el pasado y el presente, 1936 y 2021, personaje y actor, están tan enlazados que sus dos planos son uno; no se sabe cómo, pero este prodigio sucede ante nosotros hasta tal punto que el espectador es también parte de ello; mejor dicho: cada espectador es parte de ello. Claro que era necesario, Federico; claro que sí, Juan Diego Botto.


Por el barrio de Chueca muchas parejas caminaban anoche de la mano. Pensé que Lorca, seguramente, nunca pudo hacer eso, nunca pudo coger su amor y tenderlo al aire como camisa blanca recién lavada. Pero eso sí, anoche, gracias a Juan Diego Botto y a Sergio Perís-Mencheta, uno de sus anhelos se cumplió: el teatro se llenó de estrellas. En Madrid, la luna llena brillaba grande y redonda con su polisón de nardos.

Artículos del autor

Entonces el espejo sufre porque es inútil, una puerta tapiada, un aullido enjaulado, un vivo enterrado, esperando la mano de quien puede desenterrarlo.En la canción, Nico acaba repitiendo una y otra vez “seré tu espejo, seré tu espejo”, hasta que su voz se diluye en el silencio.

Miró alrededor. Estaba sentado en un sofá que no veía. Frente a él, ninguna pared visible separaba su salón del de la casa contigua; su vecina planchaba moviendo las caderas al ritmo de un rock antiguo. A su espalda, la fachada dejaba paso a la avenida arbolada con su hilera de coches en el semáforo.

Desde el Renacimiento, una de las aspiraciones del hombre es la inmortalidad, no la que vendrá con la muerte, si es que así, sino la pervivencia en la tierra gracias a la vida excepcional que uno ha llevado, a las hazañas que ha logrado o las obras que ha creado.

Por eso, lo que hacemos es el resultado de nuestros propios pilares morales. Entre dar la mano o negarla, entre dar las gracias o volver la vista, entre respetar el paso de cebra o acelerar, hay diferencia. Hay actos que son buenos y otros que son malos. Nuestras palabras, nuestros hechos, configuran la arquitectura moral de nuestra identidad.

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado.

Desapareció y nunca se volvió a saber de él», cuenta Alejandro Gilberdi. La policía lo buscó insistentemente. Preguntaba a cualquiera que pudiera saber supiera algo y, así, fue calando una imagen diferente de RaX. «Cayó del pedestal en que el superhéroe tiene que estar», resume Gilberdi. «Simplemente, dejó de serlo. Ya no tenía sentido que siguiera existiendo». Finalmente, no detuvieron a nadie. No dieron con él.

Imagino que cuando un arquitecto es recibido en una casa desconocida, su mirada profesional no puede esconderse tras la cortesía que obliga al visitante. De un vistazo, evaluará la distribución de las estancias, la amplitud de los espacios o la robustez de los muros. Lo mismo le ocurre al lector experto.

Esta semana ha tenido lugar el lanzamiento de Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López amplía el sendero que iniciara con Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (Manuscritos, 2019). Ambos volúmenes son principalmente fruto del fervor que siempre ha sentido Vadillo hacia el autor de Mortal y rosa.


 
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