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Raúl Galache
Raúl Galache
​Creo que al bueno de Manolo se le hizo un regalo con su sueño

Mi buen amigo Manolo me cuenta este sueño. Acaba de morir y, desde otro plano de existencia indefinido, ve cómo un tren AVE llega a la estación de Atocha. Observa a los pasajeros que salen de las puertas y algo lo sorprende. Todos los rostros le son conocidos. De la parte delantera del tren, la de asientos preferentes, bajan amigos con lo que ha compartido buena parte de su vida. Sabe, por supuesto, sus nombres y los avatares de su existencia. Reconoce en ellos el calor reconfortante de la amistad. De otros vagones salen viajeros de rostros menos definidos, pero también sabe a quién pertenecen con mayor o menor certeza. Pronto se da cuenta de que conoce a todos los pasajeros: aquel compañero de la facultad con quien desayunaba los martes; el chaval del instituto con el que jugaba al futbolín; el tipo de los chistes con quien coincidió en la playa; el taxista que lo llevó tantas veces a su casa y que le regaló una calabaza gigante. Manolo los ve a todos desde su nuevo plano de realidad e intenta comprender qué ocurre, por qué están ahí, por qué comparten el mismo tren. Con la certeza irreductible de los sueños, un pensamiento, rápido y lúcido como el fogonazo del relámpago, aparece en su mente. Los viajeros del AVE son todas y cada una de las personas con quien se ha tomado al menos una caña en su vida. Sonríe.

Desde el Renacimiento, una de las aspiraciones del hombre es la inmortalidad, no la que vendrá con la muerte, si es que así, sino la pervivencia en la tierra gracias a la vida excepcional que uno ha llevado, a las hazañas que ha logrado o las obras que ha creado. Está bien. Pero se nos olvida que, en realidad, independientemente de la fama, todos dejamos algo de nosotros en quienes nos han conocido. Una parte de nuestra simpatía, de nuestro egoísmo, de nuestra generosidad, de nuestro inquebrantable yo se queda en los otros y forma parte de ellos. Conviene ser consciente de esto, aunque solo sea para evitar dejar en los demás piedras encadenadas a los tobillos.

Creo que al bueno de Manolo se le hizo un regalo con su sueño. De algún modo, pudo ver parte de su legado. Aún le quedan muchos años por aquí a este tipo que encarna la palabra afable, este adorable Sancho Panza que nunca ha regateado una sonrisa o una caña. Cuando muera, llorará mucha gente, pero, “pasada la nube de dolor”, serán muchos más los que sonreirán al pronunciar su nombre. Y ese será su legado. Y tendrá sentido. Y será hermoso. 

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Por eso, lo que hacemos es el resultado de nuestros propios pilares morales. Entre dar la mano o negarla, entre dar las gracias o volver la vista, entre respetar el paso de cebra o acelerar, hay diferencia. Hay actos que son buenos y otros que son malos. Nuestras palabras, nuestros hechos, configuran la arquitectura moral de nuestra identidad.

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado.

Desapareció y nunca se volvió a saber de él», cuenta Alejandro Gilberdi. La policía lo buscó insistentemente. Preguntaba a cualquiera que pudiera saber supiera algo y, así, fue calando una imagen diferente de RaX. «Cayó del pedestal en que el superhéroe tiene que estar», resume Gilberdi. «Simplemente, dejó de serlo. Ya no tenía sentido que siguiera existiendo». Finalmente, no detuvieron a nadie. No dieron con él.

Imagino que cuando un arquitecto es recibido en una casa desconocida, su mirada profesional no puede esconderse tras la cortesía que obliga al visitante. De un vistazo, evaluará la distribución de las estancias, la amplitud de los espacios o la robustez de los muros. Lo mismo le ocurre al lector experto.

Esta semana ha tenido lugar el lanzamiento de Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López amplía el sendero que iniciara con Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (Manuscritos, 2019). Ambos volúmenes son principalmente fruto del fervor que siempre ha sentido Vadillo hacia el autor de Mortal y rosa.


Ella había llegado al barrio tan solo un par de semanas antes. Los separaban quince metros de vacío, el que distaba de un balcón a otro en las calles estrechas del barrio viejo. Fue en los días del confinamiento contra el virus cuando se vieron por primera vez.

A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña.

 
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