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Raúl Galache
Raúl Galache
A mi familia

No me gusta nada la expresión, tan de moda en los últimos años entre políticos y analistas de la actualidad, de “ganar el relato”. No me gusta porque me parece fea, pero reconozco que es acertada. El “relato”, la narración, el modo en que se nos cuenta un hecho configura una realidad u otra, y, claro, la herramienta es poderosa en manos de los poderosos. Cosa distinta es cuando ese relato surge de la gente, aunque luego sea recogido por periodistas o publicistas. 


Este es el caso del Atlético de Madrid. A diferencia de quienes construyen su relato a golpe de títulos, el Atleti ha configurado el suyo picando piedra, dándole al mazo de la resistencia y el empeño, codo con codo, compartiendo trinchera. De todos los modelos heroicos, el Atleti eligió el de Héctor, el príncipe troyano que ve en lo alto de la muralla la llegada de Aquiles y baja a luchar contra él, aunque sabe que el griego lo va a matar. Porque lo fácil es ser el invencible Aquiles o el omnipotente Superman. Lo difícil es ser Peter Parker, un pobre chaval que vive en un tugurio neoyorquino, que pasa penalidades de todo tipo, que no puede estar con su chica porque tiene que salvar a la gente de una ciudad que, para colmo, muchas veces lo desprecia.


La del Atleti es la épica de la dignidad, la del héroe que no lucha para ganar, sino para poder mirarse de frente al espejo. Lo dice tía May en esa joya que es Spiderman 2, de Sam Raimi: necesitamos un modelo que nos ayude a encontrar al héroe que llevamos dentro, ese que nos hace resistir un segundo más, que nos mantiene honestos, que nos da fuerzas, y que, al final, nos ayuda a morir con orgullo. Bien lo sabía Cholo en aquel discurso de Neptuno que quedó grabado en la memoria de todos: “no es solamente una liga, muchachos, es algo mucho más importante lo que estos jugadores les transmiten a ustedes: que, si se cree y se trabaja, se puede”.  Entendámonos. No es que no nos guste ganar trofeos -no somos idiotas-, es que no lo necesitamos para sentir el orgullo de ser atléticos.


Yo, en aquel barrio del sur de Madrid donde crecí, aprendí a vivir al tiempo que aprendía a ser del Atleti. Y ahora, cuando miro aquel pasado callejero y suburbial, cuando nos recuerdo a mí, a mi hermano y a mi padre cruzando el río para ir al Calderón; cuando veo aquellas hileras de cemento donde nos defendíamos del frío como podíamos para alentar a Julio Prieto, a Landáburu o a Arteche; cuando me recuerdo hecho un chaval preguntándome si algún día vería a mi equipo ganar la liga, siento un agradecimiento enorme hacia mi padre, que llevaba el escudo del Atleti en su Simca 1200, que lograba guardar algo de dinero para pagar los carnés de socio de sus tres hijos, que nos hizo seguidores de este equipo de pasión y fe. 


De eso va esto de ser del Atleti, no solo de títulos: de orgullo, de dignidad, de familia; de permanecer fieles y unidos partido a partido; de saber que, en la vida, siempre hay esperanza para los que sueñan más fuerte.

Aúpa Atleti.

Artículos del autor

A veces uno quisiera ser insignificante, como lo es para nosotros, ególatras mortales, una mosca o un ladrillo. No se trata de ser despreciable, sino de ser poca cosa. No es que uno se crea imprescindible para el mundo; claro que no. Pero lo cierto es que en ocasiones parece que el entramado de la vida le ha colocado a uno en una red en la que no sabe si es araña, presa o tela.

Sale uno de San, el libro de los milagros,como recién parido del vientre de una vaca, expulsado de las raíces de la tierra, allá donde el instinto habla con la luna, arrancado de ese mundo que, a pesar de todo, aún merodea en nuestras tripas, cuyo pálpito todavía podemos sentir en el alma del bosque, que nos olisquea entre extrañado y tal vez algo nostálgico cuando nos reclama con su olor de tierra húmeda y vísceras abiertas; expulsados en fin a este tiempo nuestro de acero y cristal.

En esta obra Juan Diego Botto es Federico García Lorca, pero, a un tiempo, y en determinados momentos, Federico es Juan, lo que le permite al autor moverse de una época a otra con ingeniosa facilidad. El texto se vale de la excusa de la tendencia a la dispersión del personaje para engarzar anécdotas, reflexiones, discursos y confesiones en una pieza que, hecha a retales, da un resultado monolítico, indisoluble, redondo como piedra de molino, porque quien está ahí es alguien tan real, tan palpable como quien lo escucha.

Entonces el espejo sufre porque es inútil, una puerta tapiada, un aullido enjaulado, un vivo enterrado, esperando la mano de quien puede desenterrarlo.En la canción, Nico acaba repitiendo una y otra vez “seré tu espejo, seré tu espejo”, hasta que su voz se diluye en el silencio.

Miró alrededor. Estaba sentado en un sofá que no veía. Frente a él, ninguna pared visible separaba su salón del de la casa contigua; su vecina planchaba moviendo las caderas al ritmo de un rock antiguo. A su espalda, la fachada dejaba paso a la avenida arbolada con su hilera de coches en el semáforo.

Desde el Renacimiento, una de las aspiraciones del hombre es la inmortalidad, no la que vendrá con la muerte, si es que así, sino la pervivencia en la tierra gracias a la vida excepcional que uno ha llevado, a las hazañas que ha logrado o las obras que ha creado.

Por eso, lo que hacemos es el resultado de nuestros propios pilares morales. Entre dar la mano o negarla, entre dar las gracias o volver la vista, entre respetar el paso de cebra o acelerar, hay diferencia. Hay actos que son buenos y otros que son malos. Nuestras palabras, nuestros hechos, configuran la arquitectura moral de nuestra identidad.

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado.

 
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