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Francisco J. Caparrós
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Cuando el hombre es dueño de su propio final.

De hallarnos en idéntica tesitura, no todos dispondríamos de la determinación que demostró poseer Robin Williams para poder poner fin a nuestra existencia. Me aterra pensar, no ya en los momentos de desesperación por los que se vio obligado experimentar tras recibir el mazazo por la desagradable noticia de la enfermedad neurodegenerativa que padecía, sino en los terribles instantes finales del actor con una soga alrededor de su cuello que le impedía respirar.

Para casos extremos como bien podría haber sido en otras circunstancias el de Williams, o sin ir más lejos el de nuestro compatriota Ramón Sampedro que sí lo fue, el gallego que con apenas veinticinco años tuvo la desgracia añadida de toparse con la fatalidad sin previo aviso, se aprobó finalmente en el Congreso de los Diputados la tan ansiada por unos como denostada por otros Ley de la Eutanasia. Con ella, España se convierte en el sexto país del mundo que cuenta con reglamentación al respecto. No lo digo con orgullo, sí tal vez con satisfacción, pero sobre todo con alivio por contar con legislación dirigida a satisfacer una necesidad perentoria que, quiero dejar muy claro, no deseo ni para mí ni para nadie.

Quienes ignoren o simplemente no recuerden de quién estoy hablando, que visionen la película de Alejandro Amenábar en la que se narra la terrible experiencia vivida por Sampedro, una historia de la que se sirvió el cineasta para filmar uno de los grandes éxitos del cine español. En ella se refleja crudamente la angustia del protagonista, pero sobre todo una realidad velada: que de haber sido consciente de antemano del dramático desenlace que el destino le tenía reservado, nada menos que 30 largos y desdichados años postrado en el lecho viendo la vida pasar sin gozar de la mínima oportunidad de poder aprehenderla, muy probablemente el propio Ramón habría acabado con su vida mucho antes, evitando de esa forma implicar a terceros para poder poner punto final a un drama que le estaba consumiendo. Aunque entonces, claro está, ya no estaríamos hablando de eutanasia sino de suicidio puro y duro, harina al parecer de otro costal. Sus Cartas desde el Infierno, texto que recoge sus escritos más personales y conmovedores, una lectura que por supuesto aprovecho para recomendar a quienes todavía no tienen formada una opinión clara al respecto, dejan vislumbrar desde el primero hasta el último párrafo del libro sus anhelos más subrepticios.

Y es que tanto la desesperación como la piedad, eso lo sabrán quienes se hayan visto alguna vez discurriendo en sus lindes, son lo suficientemente poderosas como para inducirnos a hacer cosas de las que jamás nos habríamos imaginado capaces. Pensar que somos inmunes a su influencia por el simple hecho de desearlo sólo demuestra lo poco que conocemos de nosotros mismos o, lo que es peor, nos obstinarnos en obviarlo. 

Artículos del autor

La victoria del aspirante a ocupar por primera vez ese cargo, el pensilvano Joe Biden, sobre su adversario no ha sido todo lo ajustada que, desde el principio, ha querido apreciar Donald Trump. Cerca de 5 millones de votos de diferencia, en un censo electoral que ha hecho uso de su derecho al sufragio en un 75 por ciento, no es moco de pavo precisamente, pero en eso se ha estado aferrando el neoyorquino para emprender una campaña de desprestigio contra el procedimiento utilizado en el computo de los sufragios de uno y otro aspirante.

Las avenidas y bulevares de mi ciudad, así como también las del resto de España, parcialmente desiertas desde la proclamación del estado de alerta a causa del coronavirus, me recuerdan a los decorados urbanos de esos filmes de serie b que recrean, sin esmerarse demasiado en los detalles, un paisaje postapocalíptico poco verosímil.

Se suele aseverar que cuanto más alta es la cuna más grave es la ofensa, pero eso no siempre parece ser así…

Fraudes llevados a cabo por malhechores de tres al cuarto los ha habido siempre.

Ya está bien de reuniones, foros o simposios en los que ninguna de las decisiones que se toman para intentar solucionar el deterioro galopante del medio ambiente terrestre, acaba siendo mínimamente vinculante.

Lo que ya no es tan normal es que transcurridos unos días desde el incidente el político se desdiga para, a continuación, reclamar el cargo institucional al que por decoro días atrás había renunciado.Por otra parte, el que ha sido hasta hace tan solo unos días su partido, no tardó en suspenderle de militancia tras hacerse pública la noticia, y la Cámara Alta a la que pertenecía tras su nombramiento en 2019 ha hecho lo propio, pero en esta ocasión a instancia del propio Ros, que presentó su renuncia de “manera apresurada”, siempre según sus palabras.A pesar de su aparatosidad, comprensible al estar en juego la reputación de todo un senador, y la del propio senado en sí, naturalmente, la noticia no tiene más recorrido que el que la propia investigación, así como los resultados de la misma, se encarguen de determinar; pero a mí me sigue asaltando una duda: conocer si ha existido algún tipo de discrepancia en la sede de Vox con la denominación genérica de los cargos que se le imputan presuntamente a su ya exafiliado, o que hayan sido presentados en el juzgado de Violencia contra la Mujer número 1 de Málaga y no en uno ordinario.

A buenas horas se le ocurrió a Pedro Sánchez dirimir con las bases de la formación, que a duras penas comanda, el acuerdo de gobernabilidad rubricado junto a Unidas Podemos. El dineral que nos ha terminado costando a los españoles que el presidente en funciones postergase una decisión que había que tomar sí o sí y lo antes posible, parece que las arcas del Estado no lo recuperarán en años.

Porque, hasta hace apenas unos pocos días, he tenido sobre mi escritorio una bandera de España; un humilde pedazo de rafia sintética, en realidad, que apenas alcanza pulgada y media en diagonal, relegada a ocupar un extremo de la mesa donde tramito expedientes administrativos de lunes a viernes i, de cuando en cuando, aprovecho para confeccionar algún que otro artículo como el que nos ocupa, amable lector, ahora a ambos.

No debería sorprendernos que muchos piensen que Pedro Sánchez se ha estado riendo de los españoles, durante estos últimos meses de makiavélica incertidumbre. Observado con una cierta perspectiva, todo parece indicar que sus movimientos -dudas y reticencias hacia Pablo Iglesias y Unidas Podemos incluidas- respondían a un plan elaborado con alevosía y premeditación.

 
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