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Francisco J. Caparrós
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Francisco J. Caparrós
Demonizar a determinados colectivos no ayuda a solucionar un problema que es de todos

Se ha cumplido ya más de un año de la aparición en España del primer caso reconocido de coronavirus, pero todavía seguimos dándonos de bruces con individuos que parecen no ser conscientes del riesgo que corren y nos hace correr a todos nosotros cuando se obstinan en prescindir de la mascarilla de marras en público, no respetar la distancia social que proclaman las autoridades sanitarias, o ambas dos cosas juntas. Son minoría, sin duda, esos insolidarios que trasgreden las normas básicas de protección en tiempos de coronavirus, pero la trascendencia de sus acciones es tan perniciosa para el conjunto de la población que cualquier avance que podamos lograr para acabar de una vez por todas con la pandemia termina diluyéndose como un azucarillo en el agua.

Las autoridades, pues qué otra cosa cabía hacer si no ante la fuerte presión social, han optado por relajar nuevamente las draconianas restricciones impuestas a propietarios de bares y restaurantes, quienes desde el principio y no sin motivo se han quejado de que se les señale como responsables de la regresión a los preocupantes niveles de contagio de las olas más críticas. Suele suceder con frecuencia, todos lo hemos podido constatar alguna vez, que paguen justos por pecadores, pues no en todos esos espacios se suceden, como bien podría extrapolarse erróneamente tras una lectura interesada del texto de los sucesivos decretos aparecidos en el Boletín Oficial de las Islas Baleares con el coronavirus como protagonista, comportamientos irresponsables que puedan comprometer a posteriori la salud de la comunidad en general.

Urge proceder en este y en otros casos similares con mucha cautela. Demonizar a determinados colectivos no ayuda a solucionar un problema que es de todos, y del que todos debemos responsabilizarnos para poder así actuar en consecuencia. Eso mismo ocurre con los jóvenes, a quienes desde prácticamente desde el principio de la pandemia se ha señalado como insolidarios por el mero hecho de querer seguir con sus vidas. Pero qué sucede con los insensatos que se lucran organizando fiestas clandestinas para cientos de individuos. Las sanciones económicas con las que los castigan, y que pueden alcanzar hasta los 600.000 euros de multa, no parece que sirvan de mucho como disuasores, pues los saraos ilegales se han ido sucediendo hasta el día de hoy. Los tabloides sólo recogen las más significativas, pero pueden contarse por cientos, si no por miles, las intervenciones policiales que han tenido lugar a lo largo de los últimos meses; sin embargo, por lo que parece, éstas no acaban de ser suficientes.

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De hallarnos en idéntica tesitura, no todos dispondríamos de la determinación que demostró poseer Robin Williams para poder poner fin a nuestra existencia. Me aterra pensar, no ya en los momentos de desesperación por los que se vio obligado experimentar tras recibir el mazazo por la desagradable noticia de la enfermedad neurodegenerativa que padecía, sino en los terribles instantes finales del actor con una soga alrededor de su cuello que le impedía respirar.

La victoria del aspirante a ocupar por primera vez ese cargo, el pensilvano Joe Biden, sobre su adversario no ha sido todo lo ajustada que, desde el principio, ha querido apreciar Donald Trump. Cerca de 5 millones de votos de diferencia, en un censo electoral que ha hecho uso de su derecho al sufragio en un 75 por ciento, no es moco de pavo precisamente, pero en eso se ha estado aferrando el neoyorquino para emprender una campaña de desprestigio contra el procedimiento utilizado en el computo de los sufragios de uno y otro aspirante.

Las avenidas y bulevares de mi ciudad, así como también las del resto de España, parcialmente desiertas desde la proclamación del estado de alerta a causa del coronavirus, me recuerdan a los decorados urbanos de esos filmes de serie b que recrean, sin esmerarse demasiado en los detalles, un paisaje postapocalíptico poco verosímil.

Se suele aseverar que cuanto más alta es la cuna más grave es la ofensa, pero eso no siempre parece ser así…

Fraudes llevados a cabo por malhechores de tres al cuarto los ha habido siempre.

Ya está bien de reuniones, foros o simposios en los que ninguna de las decisiones que se toman para intentar solucionar el deterioro galopante del medio ambiente terrestre, acaba siendo mínimamente vinculante.

Lo que ya no es tan normal es que transcurridos unos días desde el incidente el político se desdiga para, a continuación, reclamar el cargo institucional al que por decoro días atrás había renunciado.Por otra parte, el que ha sido hasta hace tan solo unos días su partido, no tardó en suspenderle de militancia tras hacerse pública la noticia, y la Cámara Alta a la que pertenecía tras su nombramiento en 2019 ha hecho lo propio, pero en esta ocasión a instancia del propio Ros, que presentó su renuncia de “manera apresurada”, siempre según sus palabras.A pesar de su aparatosidad, comprensible al estar en juego la reputación de todo un senador, y la del propio senado en sí, naturalmente, la noticia no tiene más recorrido que el que la propia investigación, así como los resultados de la misma, se encarguen de determinar; pero a mí me sigue asaltando una duda: conocer si ha existido algún tipo de discrepancia en la sede de Vox con la denominación genérica de los cargos que se le imputan presuntamente a su ya exafiliado, o que hayan sido presentados en el juzgado de Violencia contra la Mujer número 1 de Málaga y no en uno ordinario.

A buenas horas se le ocurrió a Pedro Sánchez dirimir con las bases de la formación, que a duras penas comanda, el acuerdo de gobernabilidad rubricado junto a Unidas Podemos. El dineral que nos ha terminado costando a los españoles que el presidente en funciones postergase una decisión que había que tomar sí o sí y lo antes posible, parece que las arcas del Estado no lo recuperarán en años.

Porque, hasta hace apenas unos pocos días, he tenido sobre mi escritorio una bandera de España; un humilde pedazo de rafia sintética, en realidad, que apenas alcanza pulgada y media en diagonal, relegada a ocupar un extremo de la mesa donde tramito expedientes administrativos de lunes a viernes i, de cuando en cuando, aprovecho para confeccionar algún que otro artículo como el que nos ocupa, amable lector, ahora a ambos.

 
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