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Ana Rodríguez
Película ganadora ex-aequo del festival L’Alternativa de Barcelona, junto a Esquirlas (Natalia Garayalde), y disponible en Filmin a partir del 3 de Diciembre

Un viaje en tren del Sur al Norte de Vietnam. Un cineasta que decide subirse a bordo, confuso y desasosegado tras la visita a un amigo encarcelado por cometer un asesinato. Una niña de ocho años, la hija del cineasta, y una cámara, que también embarcan. El propósito de hacer una película con un viaje de otra índole por acometer, el viaje interior hacia la oscuridad propia y ajena.


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Dark Light Voyage, de Tin Dirdamal, es un tránsito hipnótico que nos sumerge en un cruce muy personal entre documental en primera persona e historia de crímenes, como si reformulara desde la realidad los códigos de un Orient Express para trabajar con las cenizas del género y volver a prender el fuego íntimo del misterio. No desde el juego de un rompecabezas por resolver (aunque la narrativa de qué sucedió en ese asesinato se hace de forma muy inteligente), sino desde una duda profunda sobre cuánto hay en nosotros de eso que denostamos en el otro, cuánto mal, terror o violencia se oculta bajo cada uno de nosotros, reflejados en el rostro de esos pasajeros vietnamitas anónimos, que circulan abstraídos en el tren, con su intimidad momentáneamente expuesta, como cuenta el director que su amigo describió a los viajantes. Cuánto de todo eso se oculta también bajo nuestra mirada impune de espectadores.


Precisamente el ejercicio de filmar en un tren, sacar la cámara, lidiar con la violencia de la proximidad entre cuerpos e intimidades, de retratar a desconocidos, genera un juego de espejos entre el cineasta y su amigo preso, que culmina con un acto externo a la película, aunque se cuenta en un manifiesto previo que se incluye en los créditos de inicio: antes de hacer la película, Tin Dirdamal decide que la película tendrá dos años de vida desde el día de su estreno (en Marzo de 2021) y después de esos dos años, el cineasta matará a su película, la hará desaparecer, acabará con su vida, cerrará el ciclo convirtiéndose en el asesino de su creación.


Ganadora ex-aequo del festival L’Alternativa de Barcelona, junto a Esquirlas (Natalia Garayalde), y disponible en Filmin a partir del 3 de Diciembre, Dark Light Voyage forma parte de ese cine contemporáneo que explora desde el documental territorios de la violencia tradicionalmente legados a la ficción y fuertemente codificados en ella. 


En Lost Boys (reseñada en este periódico), Joonas Neuvonen viajaba a los bajos fondos de un Bangkok empapado en heroína tras los pasos de su amigo yonki asesinado en extrañas circunstancias, construyendo una elegía devastadora. This film is about me (Alexis Delgado), se atrevía a exponer una mirada llena de aristas sobre Renata Felicitas Soskey, mujer de altísima sensibilidad artística y asesina de su vecino, problematizando la relación entre el que mira y el que es mirado.


En Dark Light Voyage se da una estrategia narrativa para aproximarse al conflicto poco habitual pero muy efectiva y es que la película está narrada por la hija de Tin Dirdamal, que además aparece como codirectora en los créditos. La voz de la niña, que ella interpreta con tremenda decisión y énfasis, supone un contrapunto a la historia del crimen del amigo y a las reflexiones del propio padre que puestas en su boca adquieren connotaciones muy distintas. 


Se establece una distancia de la narradora respecto a lo narrado que se agradece para alejarse del tremendismo aunque, al mismo tiempo, se produce una cercanía con el público tanto por el hecho de que sea una niña quien nos habla como porque ella está en la misma circunstancia que nosotros como espectadores: no tiene toda la información y quiere saber más. Su voz en off parece flotar por el tren y sus paradas, no ilustra lo que vemos, establece con la imagen una relación de superposición, de duda, de lenta infiltración, de ocasional sincronía, de relámpago. 


Esa es la grandeza del cine, tomar dos elementos que, en apariencia, no tienen relación (la narración de la historia de la amistad entre dos hombres, uno de los cuales ha cometido un crimen, y las imágenes de un viaje en tren por Vietnam), y lograr que la experiencia de unir ambos elementos haga emerger algo nuevo, un verdadero viaje cinematográfico en donde exterior e interior, luz y sombra, el yo y la máscara, tan bien delimitados antes de partir, terminan por confundirse, por formar parte de una misma pregunta, por necesitarse mutuamente para definirse y para resultar transformadores, como la propia película. 

Artículos del autor

Lost boys empieza sin rodeos, directa al grano, o a la vena: una aguja entra en un brazo, la sangre sale, la droga entra. A lo largo del metraje lo veremos decenas de veces, los brazos de Jani y Antti son los paisajes de piel blanca y tatuajes que nos guiarán por esta historia de placer y muerte, que empieza y acaba en el cuerpo como portal entre realidades.

En el corazón del cine de Vinterberg, desde Festen hasta La caza, pasando por Otra ronda —recién galardonada con el Óscar a mejor película extranjera—, late el dilema de la Europa crepuscular contemporánea que encuentra en la sociedad danesa el apogeo de sus perversiones: la autocomplacencia del bienestar y la corrección política friccionan con el deseo (consciente o no) de sus habitantes de sentirse vivos, ancestrales y hasta violentos.

Si en Upstream color era el jugo de un gusano el agente capaz de propagar la locura —que podía ser utilizada por terceros para dominar al sujeto emponzoñado—, en She dies tomorrow es, en cierta manera, el relato de la angustia el que desencadena su propagación. La protagonista (Kate Lyn Sheil), convencida de que morirá mañana, lo cuenta a una amiga, quien, poco después, está segura de que mañana también será su último día.

La inestable frontera entre lo humano y lo inhumano, entre lo familiar y lo unheimlich —o siniestro—, permite transitar de una película que arranca con el drama familiar en el centro hacia otra que culmina con el terror de casa encantada fermentado en las podredumbres generacionales de un lugar cuyos habitantes y paredes parecen vibrar bajo el influjo de la misma piedra de locura.

Ese mismo refinamiento encuentra su eco en las imágenes de Cronemberg, elegantes y sobrias, atravesadas por algo salvaje que manifiesta explosiones transitorias a través del gore y brutales sacudidas en la dimensión moral de las acciones de los personajes.

Este año, los enmascarillados no están tanto en las películas como en las salas de cine o en las colas previas a la entrada, y el enemigo invisible carece de efectos especiales para ser sugerido</b>, basta con inspirar a fondo cerca de cualquier rostro ajeno u oír estornudar a alguien para experimentar nuevos matices del terror cotidiano.

El Afganistán de finales de los años 90, dominado por el régimen absolutista talibán, forma parte del imaginario visual occidental en forma de imágenes de telediario con fundamentalistas armados, sangre y burkas azules.

 
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