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Francisco Castro Guerra
Francisco Castro Guerra
Una prosa poética de Francisco Castro

Por un instante ha callado todo y la tarde se ha vuelto de oro. En los tejados, el reflejo de las ramas moviéndose rompe la fotografía de una tarde de tránsito. Es la cadencia de un viento que quiere ser calma, de un viento al que el otoño obliga a ser rudo, un viento suave, de paso entre tormentas.


Ayer todo era un huracán demoliendo el mundo. Cataratas en los sótanos y ríos en las calles. Una jornada en un infierno de lluvia y truenos. Pero todo pasa y en este crepúsculo, con la humedad en el olfato y los huesos, todo está más tranquilo, casi balsámico, una terapia de silencio.


Mas, al igual que todo pasa, todo regresa. Y la tormenta acecha para volver a ser protagonista. Pero aún está lejana. Y la tarde es tan hermosa, en este justo instante, que el tiempo parece haberse detenido; parece querer ser calma siempre. Unas voces rompen el sereno mutismo de humanidad. Los pasos acompasados resuenan en este ocaso quedo, de púrpura trascendencia a un paraíso de asfalto. Solos, sin más acompañamiento que el tañido de la campana en la iglesia que los llama, los pasos se alejan.


Cuando el silencio vuelve no viene en soledad, un silbido frío entra junto a él por la ventana abierta. La noche ya ha ceñido su cinto de negrura e invita a ser parte de ella. Respirar su aliento de hielo revitaliza, trae de nuevo a la vida que dormitaba a resguardo de la lluvia. Y noche, vida y silencio se conjuran para brindarme paz; esa paz necesaria para recibir a la tormenta que atraviesa cordilleras rumbo a mi madrugada.

Artículos del autor

Ha oscurecido antes de lo previsto. La tarde se ha cerrado en torno a la tormenta, que nos ha pillado de improviso, obligándonos a refugiarnos en este lugar en el que nos miramos en silencio.


​Una tenue patina de humedad cubre la barandilla del balcón. Es una capa acuosa, apenas perceptible. Si no fuera por el residuo pegajoso que deja en los dedos al apoyar las manos, no hubiese reparado en ella.
La plaza estaba prácticamente desierta. A esa hora, con los niños entrando en el colegio y los adultos agolpados en la puerta de éste y rumoreando sobre los ausentes, nadie estaba lo suficientemente ocioso para sentarse en alguno de los bancos de madera carcomida que necesitaban un cepillado y dos manos de barniz.
​Eran dos perfectos desconocidos. Estaban solos, en aquella estación de tren perdida en mitad de la llanura rural. Sin equipaje, ninguno de los dos llevaba nada más que lo puesto. No hablaban, como ya hemos dicho no se conocían en absoluto, nunca antes se habían visto.
La mañana parecía haber vestido al cielo de Jueves Santo. Al menos a la parte de cielo que se dejaba ver sobre los tejados pardos.
La proximidad del otoño tiene el olor de la hiedra seca que asesinó el feroz estío.

Estar aislado,pendiente de las hojasdel calendario;sin otro afánque el tiempo intensifiquesu transcurrir;sin las cariciasde unas sutiles manosen la mañana;sin otros besosque el fugaz aleteode una crisálida;con el oloral último rincónde la prisión;con la inquietudde que quizá el encierrose perpetúe;con la ilusiónconstante de que al finse acerca octubre;con la esperanzade que este chaparróntraiga el otoño.Así es un díade finales de agostopara un abrigo.

La noche es dueña,fiscal, juez y sayón de la azul tarde.El negro pájarono ha regresado al nido,vuela perdido.La turbia luzdel temprano crepúsculo cegó su rumbo.Verdes criaturas que habitan las tinieblasserán su guía.

 
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