Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
15º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Firmas y Blogs
Francisco Castro Guerra
Francisco Castro Guerra
Un poema de Francisco Castro

Cuando las tardes vuelvan a ser cortas,

cuando el otoño regrese a mi vida,

cuando el otoño sea yo mismo

y mi piel sea el pergamino en el que escribas.


Cuando sean mis paseos alargados como cipreses

y quede el sendero tras de mí, vacío de compañeros.


Déjame decirte cuando ese momento llegue

a nosotros, a un mundo que habremos construido,

déjame soltar al aire palabras cargadas de tanto.


Déjame decirte entonces que el tiempo habrá sido así,

que el tiempo habrá merecido pasarlo así.


Habrá sido un tiempo de penumbras desapareciendo,

habrá sido un enero seguido de un febrero,

como el primero, el primero,

como aquel que llegó para quedarse,

así, para siempre, siempre,

así, siempre.


Digo así, así digo, cuando quiero decir,

contigo.

Artículos del autor

En la democracia ateniense todo aquél considerado ciudadano tenia derecho a expresarse en libertad, teniéndose en cuenta sólo sus argumentos y el mensaje trasmitido, independientemente de la forma en que lo expusiera.
​Por un instante ha callado todo y la tarde se ha vuelto de oro. En los tejados, el reflejo de las ramas moviéndose rompe la fotografía de una tarde de tránsito. Es la cadencia de un viento que quiere ser calma, de un viento al que el otoño obliga a ser rudo, un viento suave, de paso entre tormentas.

Ha oscurecido antes de lo previsto. La tarde se ha cerrado en torno a la tormenta, que nos ha pillado de improviso, obligándonos a refugiarnos en este lugar en el que nos miramos en silencio.


​Una tenue patina de humedad cubre la barandilla del balcón. Es una capa acuosa, apenas perceptible. Si no fuera por el residuo pegajoso que deja en los dedos al apoyar las manos, no hubiese reparado en ella.
La plaza estaba prácticamente desierta. A esa hora, con los niños entrando en el colegio y los adultos agolpados en la puerta de éste y rumoreando sobre los ausentes, nadie estaba lo suficientemente ocioso para sentarse en alguno de los bancos de madera carcomida que necesitaban un cepillado y dos manos de barniz.
​Eran dos perfectos desconocidos. Estaban solos, en aquella estación de tren perdida en mitad de la llanura rural. Sin equipaje, ninguno de los dos llevaba nada más que lo puesto. No hablaban, como ya hemos dicho no se conocían en absoluto, nunca antes se habían visto.
La mañana parecía haber vestido al cielo de Jueves Santo. Al menos a la parte de cielo que se dejaba ver sobre los tejados pardos.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris