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Francisco Castro Guerra
Francisco Castro Guerra
​Sobre el silencio que se ha marchado

Martes, junio, calor, verano y pájaros;

una combinación de luz y vértigo.

Vértigo de saber que todo sigue,

que las plantas no saben de nosotros,

porque ellas viajan a su propio ritmo.

Vértigo por el clamor de los árboles

que suplican el sitio que ocuparon.

Vértigo al saberme de nuevo solo,

sin esa imagen que todo un trimestre

me ha estado devolviendo el espejo.

Arriba suenan golpes otra vez,

la nueva normalidad es la vieja

conocida de siempre, el vecindario.

La calle hace un mes era paz, silencio,

y el horizonte parecía verde,

del tono que imaginan la esperanza

los que todavía creen en ella.

Hoy la calle es ruido con fondo gris,

el antónimo del fugaz silencio

que van a arrebatarnos nuevamente.

Artículos del autor

Durante las primeras semanas de confinamiento, cuando las madrugadas eran tormentosas y una espectral cortina de agua plateada caía desde el alero del tejado, una lechuza ululaba cada noche desde los cercanos árboles. En alguna ocasión incluso pude ver cómo intentaba cazar, con infructuoso resultado casi siempre, lanzándose en picado hacia los contenedores de basura cuando detectaba movimientos.


La muchacha tiene los ojos semicerrados y recorre sin parar la plaza en un zigzag errático, sin rumbo aparente, como queriendo dibujar en el pavimento esas extrañas formas solo visibles desde el aire. Lleva la mascarilla quirúrgica en el cuello, y en su boca descubierta encadena un cigarrillo tras otro. No parece esperar a nadie ni da la sensación de que haya nadie esperándola en ningún hogar.

El camión de la basura se ha adelantado hoy y me ha pillado con el paso cambiando. No he podido salir a tiempo al balcón. No a aplaudir, que eso ya no es tendencia desde que abrieron la veda a los paseos, sino a ver la escrupulosa coordinación de sus operarios.

La tarde se desvanece entre susurros,

las golondrinas nunca están en casa

y los insectos no saben hallar alimento

entre muslos de adolescencia eterna.

Cuando las tardes vuelvan a ser cortas,cuando el otoño regrese a mi vida,cuando el otoño sea yo mismoy mi piel sea el pergamino en el que escribas.Cuando sean mis paseos alargados como cipresesy quede el sendero tras de mí, vacío de compañeros.Déjame decirte cuando ese momento lleguea nosotros, a un mundo que habremos construido,déjame soltar al aire palabras cargadas de tanto.Déjame decirte entonces que el tiempo habrá sido así,que el tiempo habrá merecido pasarlo así.Habrá sido un tiempo de penumbras desapareciendo,habrá sido un enero seguido de un febrero,como el primero, el primero,como aquel que llegó para quedarse,así, para siempre, siempre,así, siempre.Digo así, así digo, cuando quiero decir,contigo.

En la democracia ateniense todo aquél considerado ciudadano tenia derecho a expresarse en libertad, teniéndose en cuenta sólo sus argumentos y el mensaje trasmitido, independientemente de la forma en que lo expusiera.
​Por un instante ha callado todo y la tarde se ha vuelto de oro. En los tejados, el reflejo de las ramas moviéndose rompe la fotografía de una tarde de tránsito. Es la cadencia de un viento que quiere ser calma, de un viento al que el otoño obliga a ser rudo, un viento suave, de paso entre tormentas.
 
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