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Francisco Castro Guerra
Francisco Castro Guerra
Un poema de Francisco Castro

La tarde se desvanece entre susurros,

las golondrinas nunca están en casa

y los insectos no saben hallar alimento

entre muslos de adolescencia eterna.

Un tren sin paradas intermedias

hace crujir los vidrios del hogar vacío,

el viaducto llora sin la visita de suicidas;

los jóvenes ya no leen a los simbolistas

ni beben absenta en mesas pegajosas.

Dejando fluir la sangre de la arteria abierta

los poetas ensucian pantallas de cristal templado,

las libretas de lomo en espiral mueren calladas,

en el camino de Swann ya no hay muchachas en flor

ni rastro de su sombra en la biblioteca cubierta de moho.

Artículos del autor

Cuando las tardes vuelvan a ser cortas,cuando el otoño regrese a mi vida,cuando el otoño sea yo mismoy mi piel sea el pergamino en el que escribas.Cuando sean mis paseos alargados como cipresesy quede el sendero tras de mí, vacío de compañeros.Déjame decirte cuando ese momento lleguea nosotros, a un mundo que habremos construido,déjame soltar al aire palabras cargadas de tanto.Déjame decirte entonces que el tiempo habrá sido así,que el tiempo habrá merecido pasarlo así.Habrá sido un tiempo de penumbras desapareciendo,habrá sido un enero seguido de un febrero,como el primero, el primero,como aquel que llegó para quedarse,así, para siempre, siempre,así, siempre.Digo así, así digo, cuando quiero decir,contigo.

En la democracia ateniense todo aquél considerado ciudadano tenia derecho a expresarse en libertad, teniéndose en cuenta sólo sus argumentos y el mensaje trasmitido, independientemente de la forma en que lo expusiera.
​Por un instante ha callado todo y la tarde se ha vuelto de oro. En los tejados, el reflejo de las ramas moviéndose rompe la fotografía de una tarde de tránsito. Es la cadencia de un viento que quiere ser calma, de un viento al que el otoño obliga a ser rudo, un viento suave, de paso entre tormentas.

Ha oscurecido antes de lo previsto. La tarde se ha cerrado en torno a la tormenta, que nos ha pillado de improviso, obligándonos a refugiarnos en este lugar en el que nos miramos en silencio.


​Una tenue patina de humedad cubre la barandilla del balcón. Es una capa acuosa, apenas perceptible. Si no fuera por el residuo pegajoso que deja en los dedos al apoyar las manos, no hubiese reparado en ella.
La plaza estaba prácticamente desierta. A esa hora, con los niños entrando en el colegio y los adultos agolpados en la puerta de éste y rumoreando sobre los ausentes, nadie estaba lo suficientemente ocioso para sentarse en alguno de los bancos de madera carcomida que necesitaban un cepillado y dos manos de barniz.
​Eran dos perfectos desconocidos. Estaban solos, en aquella estación de tren perdida en mitad de la llanura rural. Sin equipaje, ninguno de los dos llevaba nada más que lo puesto. No hablaban, como ya hemos dicho no se conocían en absoluto, nunca antes se habían visto.
 
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