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​Derecho a matar

Juan García, Cáceres
Lectores
sábado, 9 de noviembre de 2024, 12:29 h (CET)

El ministerio de Sanidad anunció hace aproximadamente un mes un protocolo para elaborar listados de médicos objetores de conciencia del aborto y garantizar que ninguna comunidad autónoma pueda ampararse en “ese vacío legal”. Su titular justificó la iniciativa en la consideración del aborto “libre y seguro” como un derecho fundamental, así como en la necesidad de que esta práctica se consagre en la sanidad pública. Durante su intervención, aseveró también que “muchas voces quieren retraer a España a tiempos pretéritos”.


Arremeter contra el aborto puede parecer inútil porque ya se han ofrecido muchas veces argumentos biológicos, jurídicos y éticos y, aun así, difícilmente va a tener marcha atrás, como ocurre con otros supuestos derechos de nueva creación. Ahora bien, apremia recordar al Gobierno que un amplio sector social no va a comulgar con su naturalización ahora ni nunca. Toca volver, por tanto, a este tema; claro que sí. No hay que ceder ni un milímetro.


Para ello, hay una premisa de cajón: un grupo de seres humanos no puede decidir eliminar a otro grupo de seres humanos. Amparar esa decisión como un derecho, además, es un delirio. Es cierto que sus defensores suelen alegar que no está claro que los fetos lo sean. ¿Y por qué no?, cabría preguntar, ¿por un reloj? ¿Se puede resolver la naturaleza humana en función de que la manecilla haga ‘tic’ y el embrión haya alcanzado equis semanas y un segundo? No tiene peso. La organización del tiempo la hemos hecho los hombres. Sin embargo, se es persona por haber sido concebido dentro de nuestra especie. Punto final.

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Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa –hace 17 años que nuestros sueldos no se actualizan con el IPC, las ratios siguen siendo elevadas, se prioriza la inversión en la enseñanza concertada frente a la pública…– y porque, a pesar de que no soy muy optimista, necesito convencerme de que las cosas pueden mejorar.

El objeto de esta columna es expresar una reflexión sobre la Iglesia católica, ya que a menudo es actualidad y motivo de fuerte polémica. Mucho de lo que leo sobre la Iglesia católica podríamos afirmar, a mí modo de ver y desde siempre, que es «signo de contradicción».

Nos hemos globalizado y, eso, está muy bien; ahora nos falta sustentarnos en el verdadero amor, conocedores de que el espíritu fraterno, es lo que nos obliga a desvivirnos por vivir la acción colectiva, como fuerza orientadora para lograr la concordia, desde el abecedario del respeto mutuo y el lenguaje de la tolerancia.

 
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