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El Cuerpo Místico de Cristo

Jaime Fomperosa Aparicio, Santander
Lectores
miércoles, 6 de noviembre de 2024, 11:32 h (CET)

La Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo, el cual es formado por todos los bautizados. Y este Cuerpo Místico no es obra humana, es divina, no se trata de una obra sociológica ni filantrópica, cuyo fin es la mayor gloria de Dios y salvación de las almas. En este Cuerpo Místico cada miembro tiene una misión, pero solamente el sacerdote, según disposición de Cristo, puede perdonar los pecados y ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa. Y la vida de ese Cuerpo Místico es la presencia de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Divina Eucaristía en la cual está Cristo vivo y presente. De la Divina Eucaristía sale todo, pues es la presencia de Dios y sin Él no hay nada. El primer deber del sacerdote es velar y proteger la Divina Eucaristía, lo sagrado. Por eso en la Iglesia se consideraba un sacrilegio que el fiel tocase una cosa sagrada. Cambió la Iglesia y se pretendió hacer una nueva; el resultado de la nueva Iglesia en la cual han sido formados muchos sacerdotes y obispos ha sido un fracaso rotundo. Yo no culpo a nadie porque seguro que actúan de buena fe siguiendo la formación que les han dado, pero yo soy anciano, y he vivido en una Iglesia y una sociedad irreconocibles. 50 años de mi vida los he pasado en la Adoración Nocturna y en el apostolado en la Legión de María y tengo que seguir aunque lo haga mal, defendiendo la Divina Eucaristía. España está pasando por un suceso trágico. Muchos ciudadanos están sufriendo un calvario; yo solo puedo ofrecerles mis oraciones; donde pueden recibir consuelo y esperanza, es junto al sagrario, donde Cristo está vivo y presente.

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Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa –hace 17 años que nuestros sueldos no se actualizan con el IPC, las ratios siguen siendo elevadas, se prioriza la inversión en la enseñanza concertada frente a la pública…– y porque, a pesar de que no soy muy optimista, necesito convencerme de que las cosas pueden mejorar.

El objeto de esta columna es expresar una reflexión sobre la Iglesia católica, ya que a menudo es actualidad y motivo de fuerte polémica. Mucho de lo que leo sobre la Iglesia católica podríamos afirmar, a mí modo de ver y desde siempre, que es «signo de contradicción».

Nos hemos globalizado y, eso, está muy bien; ahora nos falta sustentarnos en el verdadero amor, conocedores de que el espíritu fraterno, es lo que nos obliga a desvivirnos por vivir la acción colectiva, como fuerza orientadora para lograr la concordia, desde el abecedario del respeto mutuo y el lenguaje de la tolerancia.

 
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