En el populismo, un líder o un partido, da igual que sea de izquierdas o de derechas, se presenta como el único intérprete de la voluntad del pueblo, lo estamos viviendo en el caso Maduro-Venezuela. El populismo ahoga la pluralidad y, tras una victoria electoral, tiende a ocupar todos los espacios de poder. En un país libre el pueblo no habla con una sola voz: la voluntad general es el resultado del trabajo conjunto para llegar a un acuerdo.
El populismo crece cuando se pierde el sentido del límite del poder. Y aunque no se presente con fórmulas autoritarias contundentes, provoca la pérdida de espacios de libertad. No es casual que el populismo sea intolerante con el constitucionalismo, porque las constituciones, y los tribunales constitucionales que son sus guardianes, sirven para poner límites al poder de la mayoría utilizando los valores compartidos.
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