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El marengo

La buena noticia de hoy me la transmite mi amigo Juan C., un viejo marino que podría haber inspirado a Hemingway
Manuel Montes Cleries
lunes, 22 de julio de 2024, 09:47 h (CET)

He tenido la suerte de contar con la amistad de Juan C., un hombre muy mayor que esconde en su interior un viejo marengo.


Creo que la definición que nos da la  RAE de la palabra marengo es bastante acertada. Dice que se trata de un “pescador u hombre de mar”. En el caso que nos atañe, la definición se cada corta. Este marengo en concreto, lleva salitre por sus venas y respire aromas de agua salada allá donde se encuentre.

       

Me lo topé una mañana muy temprano, durante mi caminata playera, mirando fijamente al horizonte. Me supuse que estaba rememorando su infancia, en el barrio de pescadores rinconero, esperando la llegada de los sardinales o echando una mano en los copos de alba.

     

Como todo marengo que se precia, hizo la mili en la marina y sigue guardando su “lepanto” como “oro en paño”. Inmediatamente que fue licenciado se enroló en diversas traíñas, barcos de pesca que van a las costas de Dakar o al levante español, y se jubiló cuando no tenía más remedio.

     

Personalmente yo también me siento muy ufano de haber pertenecido a una leva de marengos rinconera. Durante el verano me enrolaba en la tripulación de “Juanillo el Ufemia” como tirador de la tralla de la banda izquierda. Orgulloso llevaba cada mañana el rancho que me correspondía por mi labor. Chanquetes y boquerones para toda la familia.

     

Desgraciadamente se han perdido los copos y los boliches. Ya no hay barcas en la playa bajo las que dormir la siesta. No se escucha el pateo en el borde de los botes llamando a los compradores. A Juanito C. y a mí solo nos queda rememorar aquellos lances en los que se basaba la vida de la gente de la playa y aquellos desayunos a base de tortas de algarrobo y aguardiente revuelto.

    

Gentes sencillas, limpias, poco habladoras y poco pendientes de la política, que saben con quien y de que tienen que hablar, mientras compartimos una botellita de agua hablando de aquella pesca “de prima” en que se rompían las redes de tantos jureles.

    

La buena noticia de hoy me la transmite mi amigo Juan C., un viejo marino que podría haber inspirado a Hemingway.

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