De buenas a primeras, me he encontrado hace unos días la silueta andante del Fiscal General, Álvaro García Ortiz; no le conocía de nada, incluso no sabía que existía. En la tele he observado sus andares prepotentes y dominadores del terreno que pisaba. Lo que más he visto ha sido siempre su cara cachonda de comediante, forzada con mirada brillando en lo esperpéntico y la ridiculez, en el hazmerreír que envolvía su rostro.
Yo creía que los señores jueces eran serios, prudentes y discretos. Mira por donde estaba equivocado. Desde entonces, le he ido viendo su altanería con una insolencia y descaro. Solo le ha faltado decir a este mismo fiscal, cuando va altanero y arrogante por la calle: "Aquí estoy yo con mi circunstancia y particular estilo". Un poco zafio y grandilocuente para un juez.
En cierta ocasión, tuve la desgracia de verme ante un juez. No por ser yo el infractor. Solamente con la mirada me faltó poco para expeler los excesos de mi cuerpo, pensando que probablemente podría pensar que yo era el delincuente. Es gracioso ver la parafernalia que hay dentro de una habitación donde juzgan a los delincuentes. De miedo.
No seré yo quien califique sus andares, sus risitas y la petulancia, créanme. Pero sus risitas cachondas, yo creía que hasta muertos estarán los jueces serios. Yo creía que ser juez es una profesión muy seria. Pero viendo al juez en el juicio en que me vi involucrado, serio y con gana de pocos amigos, veo ahora que estaba muy equivocado.
Me llevé una sorpresa muy grande cuando la tele dijo quién era este juez, nada más y nada menos que el Fiscal General del estado del gobierno comunista social de España. Ni más, ni menos. Sí, antes se vendaba los ojos, ahora se tapa la cara de vergüenza la diosa ley.
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