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Medina Sidonia

Carlos Ortiz de Zárate
lunes, 13 de junio de 2016, 08:18 h (CET)
23 de abril de 2016
Tenía que venir. Lo sabía desde que descubrí a la Duquesa Roja, en “aquellos maravillosos años 60s”. No ignoraba que la residencia de los duques está en Sanlúcar de Barrameda, pero veía a Medina Sidonia en los escritos de la poderosa que se enfrentó a Franco.

Reconozco que primero vi la rebelde y después a la escritora. Me ocurrió lo mismo con Georges Sand y en ambos casos descubrí que la escritura de estas mujeres me impactaba mucho más que el paso de las mismas por el escenario de sus respectivas actualidades. Si hubiéramos prestado más atención a la “palabra” que ambas nos han dejado, no estaríamos donde estamos. La II República francesa no habría degenerado en el II Imperio y la alternativa al franquismo tampoco habría derivado en lo que tenemos.

Sí, habría que leer a estas mujeres. Si lo hiciéramos no estaríamos como estamos. Medina Sidonia palpita en la obra de la rebelde duquesa. Hace tiempo que quería conocer esta tierra y esta gente.

He esperado un montón de años para hacerlo. No trato de disculparme, pero la ocasión no se me había presentado. Digamos que no estaba en mi agenda, para ser más trasparente. Añado que soy de los que pensamos que las cosas pasan cuando tienen que pasar.

La idea de visitar la ciudad, me vino el otoño pasado. Estaba escribiendo mi sexta novela y ésta tenía dos capítulos en Cádiz, respectivamente a principios del XVIII y en la actualidad. Quería plasmar la Ilustración gaditana y colaborar en la emergencia de una cultura que debe surgir del cambio que se ha producido en las últimas elecciones municipales. Estaba muy ilusionado con el proyecto y desde luego, visitaría Medina Sidonia.

Todo se torció por problemas de salud y tuve que regresar a mi tierra de acogida, Villaviciosa de Asturias. Cuando el urólogo me anunció que de ésta no iba a morir, decidí visitar Medina Sidonia. Soy de los convencidos de que las cosas pasan cuando tienen que pasar. No soy deísta u oportunista. No sé muy bien lo que soy o lo que sé, pero mi viaje a Medina Sidonia, que quería hacer desde la veintena se ha realizado en la setentena y se da la circunstancia de que las ilusiones perdidas en Cádiz, parecían enraizar más en Medina Sidonia.

El incidente de Cádiz me había dejado huérfano de proyecto. La vivencia de la medicina nuclear activa inquietudes. Para volver a empezar, he escogido Medina Sidonia.

Esto es lo que quiero compartir contigo, mi vivencia. No pretendo nada más.

Soltando lastre
He viajado en tren y era obligada una visita a mi hermana, que vive en Madrid. Me alegro de haber tomado la decisión, pero se me quedó clavada la certeza con que ésta afirma que los que hemos pasado la setentena no debemos asumir responsabilidades.

-¿Y Carmona y Tierno?

Ella desactiva mi pregunta. Dice que siempre hay excepciones. Me consuelo pensando que la excepción anula la regla y que yo me veo más lúcido que cuando estaba en la veintena.

Te he contado que estaba esperanzado y trabado, pero desde mi llegada a Jerez me sentí relajado. Eran las tres de la tarde y tenía que tomar un taxi para que me llevara a La Villoría, donde se me esperaba para el almuerzo. En el trayecto, el taxista disipó mis reparos y mis cuitas.

A mi llegada eché una mirada rápida a Medina Sidonia, allá en la cima de la colina, toda blanca. Entre nosotros había reses que pastaban en libertad. No me entretuve mucho. Gina me esperaba en recepción y el cocinero estaba esperando a servir mi almuerzo para cerrar la cocina. No había muestras de prisas o gestos de reproche, pero yo dejé mi contemplación. Después del almuerzo con el que se me había mimado, se procedió a mi registro en el hotel y en cuanto dejé mi equipaje en la habitación me dispuse a subir a Medina Sidonia. ¿Para qué tantos nervios? Parecían preguntarme las miradas de mis receptores y esas miradas me decían lo que he comprendido después: en Medina Sidonia, si sabes buscar, encuentras. Así ha sido.

El primer obstáculo fue llegar a la cima, donde se encuentra el cementerio. Se me había presentado como un agradable paseo que toma unos 20 minutos. Lo que encontré fue un escarpado camino por el que a veces circulan coches y cuando nos encontrábamos tenía que buscar dónde meterme, puesto que no había sitio para todos. Tardé una hora y pico en llegar y hacía calor. Estaba cansado y sabía que si quería ver algo no podía regresar antes de que oscureciera; temía perderme.

Hay taxis en Medina Sidonia, pero el trayecto sale por 6 euros. No podía quedarme en la Villoría, otra cosa hubiera sido si hubiera tenido vehículo. A la mañana siguiente, cuando tomábamos el desayuno, Julen y yo, en la agradable terraza, el cocinero me dijo:

-Voy a Medina Sidonia, si quieres te llevo.

Claro que fuimos. Nos dejó en el Ayuntamiento. Yo no había pensado ir tan pronto, pero él me dijo que fuera a ver a Ché, la gestora cultural. Me resistía a creer que fuera tan fácil y que nadie pusiera reparos a la presencia de mi compañero Julen por las prohibiciones que pesan sobre los animales de compañía.

La conversación con Ché fue muy fructífera; pese a las agendas que pesan sobre el gobierno municipal en ésta época, prometió hacer lo posible para que el alcalde, que asume las competencias de cultura, me recibiera en unos días, de forma que pudiéramos organizar la presentación de mi última novela publicada Esto es un infierno. Además me indicó que los miércoles puedo consultar el registro histórico de Medina Sidonia, de forma que pudiera trasladar a esta ciudad los capítulos de mi novela a los que he aludido.

Interesante, inesperada y esperanzadora visita que me decidió a encontrar alojamiento en Medina Sidonia. Pero Ché hizo algo más. Me llevó a la Ermita de los Santos Mártires.

Carlos García Paredes Núñez de Prado
La ermita está muy cerca de la Villoría, en la falda de la colina; hizo falta que Ché me llevara para que la descubriera y para encontrar argumentos para confrontar la certeza de mi hermana que los que superamos la setentena no valemos para nada.

Carlos es un octogenario que sabe gestionar su papel de anfitrión y de responsable de una ermita que conserva rasgos de cuando fue villa romana, ermita visigótica, mezquita y ermita de nuevo.

La acogida relajó mis trabas. Nos invitó a instalarnos en una terraza pobre pero honrada. Ché y su hermana, la del Bar Central, donde se reúnen, los viernes los “girigaditanos”, ayudaron a Carlos en la limpieza de las sillas. Hacía sol pero había caído una tromba. Julen y yo intentamos ayudar, pero el equipo que se había formado espontáneamente era mucho más eficaz que nosotros. Eso no impidió que todos nos encontráramos a gusto. Era mi impresión; de lo que estoy seguro es que yo lo estaba.

Nuestro anfitrión está de mudanza. Ha decidido dejar la ermita que ha sido su domicilio desde principios del 2000. No se va por viejo; es temerario para cualquiera ser el único guardián, en un descampado, de piezas que pueden atraer la codicia.

No había nervios, solamente sosiego. Llegó una familia encantadora que quería visitar la ermita y fui invitado a unirme al grupo. Sin ceremonial alguno, Carlos nos introdujo en el templo. Antes me invitó a soltar a Julen.

Sin ayuda de notas, nos contó la historia de cada fragmento. Carlos sabe gestionar e imprime su respeto por cada rasgo que nos enseñaba y explicaba.

Admirable y sobre todo, emocionante. Era como si todos compartiéramos el respeto y el rigor de un oficiante que estaba entre nosotros, como uno más, y eso es lo que daba solemnidad; el viaje por la historia que hacíamos juntos, como si hubiéramos vivido las diferentes épocas que han dejado su huella en la ermita.

Allí no había viejos o jóvenes; había magara, esa energía universal que nos une, a pesar de espacios y tiempos. Allí estábamos todos los que hemos pasado por allí desde la Antigüedad. Puesto que eran épocas de Primeras Comuniones pensé en los ritos, pero mi vivencia no cabe en éstos.

El octogenario no solamente es un buen gestor, es mucho más. Una pena que deje la ermita por razones de seguridad. No hay una buena gestión cuando no se protege a ermitaño y ermita, eso es todo.

No se trata de un decrépito, no. Está tan lúcido como cuando escribió su libro La ermita de los Santos Mártires. Lo pudimos disfrutar y espero que tú también lo hayas hecho.

Seguirá siendo ermitaño y conservará esa mirada a lo que ha sido su casa durante más de tres lustros. Un embrión muy significativo de la interculturalidad de Medina Sidonia, a las faldas de la colina donde se asienta la ciudad.

Carlos me ha dejado recuerdos, su libro, que aún conservo como oro en paño, y una caja de botellas de tinto “Hacienda la Parrilla Alta”, que he saboreado durante mi estancia en Medina Sidonia.

Siempre nos quedará “Paris”
Necesitábamos un alojamiento que no me obligara a gastar en taxis. Lo hay y no tuve que buscar mucho. Lo encontré en El Duque. Julen y yo fuimos adoptados desde que entramos.

Así conocimos a Jerónimo Estudillo Calderón. Coincidíamos en la barra a la hora del desayuno. Él toma carne de cerdo conservada en manteca de caza. Siempre da un pedazo a Julen, aunque consigo que sea pequeño y que quite la manteca.

No es tan viejo como Carlos el ermitaño o yo mismo. Le falta un año para la jubilación, se le ha acabado el paro y no tiene derecho a percepción de ayuda alguna; su mujer goza de un salario ínfimo que no llega para pagar las facturas. No importa, Nomo, como se conoce a Jerónimo, sabe buscar y encuentra.

-En esta tierra hay de todo, pero también complicidades y sobre todo la de los supervivientes.

Así me sorprendió en el primer desayuno.

Siempre he estado convencido de que estamos vivos gracias a esas complicidades a las que alude nuestro compañero de desayuno, aunque yo añado la “casualidad”. ¿Por qué llamó mi atención?

En primer lugar porque evocó el escenario de la terraza en la que nos recibió Carlos. Sentía mucha dignidad y sanas raíces. Las últimas se extienden en diferentes terrenos, eso sí: Carlos es diácono y Nomo es marxista leninista.

Después comprendí que se me ofrecía la oportunidad de otra mirada de Medina Sidonia. En realidad lo había comprendido desde el principio, pero hizo falta que Nomo lo escenificara, el seis de mayo. Nos esperaba cuando hemos llegado a la barra para desayunar. No noté nada especial, pero cuando Iván le pidió que le hiciera unos recados, la rabia delató que tenía un plan.

-¡Luego!, después de que hable con este hombre…

-No te tomará mucho tiempo y…

Iván me miró. No pronunció palabra, pero comprendí.

-¡Te espero, no te preocupes!

Yo creo que se dio bien mi mediación. ¡Claro que estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario! Era mi oportunidad y no estaba dispuesto a dejarla pasar.

Al regreso de Jerónimo, Iván nos compensó la interrupción, instalándonos en la mesa preferida por el Duque. Nomo necesitaba espacio para colocar todo lo que se había traído. En primer lugar un regalo: Los anarquistas de Casas Viejas, de Jerome R Mitz, después, viejas fotos, recortes de artículos y, se emocionó al retirarla de su pecho, donde la tenía oculta, la bandera republicana.

-La hizo mi madre. Unió con ilusión y esfuerzo, los trozos de tela que llegaron a sus manos, en aquellos tiempos en que nos faltaba de todo y nos sobraba miedo – la extiende sobre la mesa con orgullo y añade, con decisión- ¡siempre la llevaré puesta!

Me costó ocultar mi emoción. El no se retuvo; me recitó, sin la menor nota: “La nana de la cebolla” y la “Elegía a Ramón Sitje”, mis poemas preferidos de Hernández, que no me sé de memoria y que me hubiera gustado recitar.

Este hombre me ha dado el título de las mini memorias que te ofrezco. Cuando terminó de recitar, sin transición o resignación pronunció la frase que ha popularizado la película “Casablanca”. Su forma de expresar la esperanza de “Siempre nos quedará Paris” me hizo esperar que me cantara “As times goes By”. ¡Ah, aquellos maravillosos años…!

Nomo no conoce París o comprende el inglés. Vive la película en su mundo.

-No me moriré hasta que podamos votar libremente si queremos Monarquía o República. Es una asignatura pendiente que tenemos con la historia. Mientras no ocurra eso, seguiremos víctimas del golpe de Estado del 36

Jerónimo tiene más esperanza que yo y las ideas más claras.

Me explica que el peso del latifundismo se ha agudizado, porque le han dado oxígeno las políticas de los gobiernos españoles y de la UE. Cuando él era niño había pequeños propietarios cuyas cosechas tenían prestigio y alimentaban tejido industrial. Su familia era pobre, pero no le faltaba trabajo. Ahora mucho de ese tejido ha desaparecido y mientras los poderosos se divierten en los latifundios no hay trabajo para tantas manos o pan para tantas bocas.

Nono afirma que preguntó a la Duquesa Roja por qué no se auto expropiaba de sus latifundios y que ella respondió que porque eran suyos.

Una anécdota que podría ser posible porque la mencionada ha pasado por El Duque. Éste es uno de los asiduos del establecimiento y desde luego, no está dispuesto a dejar que otro perro le quite el hueso.

El Levante
Estos días está soplando con fuerza el Levante. Es un inconveniente; me arrebata el sombrero y me impide instalarme en las terrazas. Julen se resiste a salir.

No hay problema. Atrapo el sombrero como sea. Significa mucho para mí, me lo regalo Ángel, el cocinero de la Villoría, cuando mis anfitriones vieron los efectos del sol en mi cara, en mi único intento para trepar a la colina. Mi piel sanó, gracias al buen aceite de oliva que me proporcionaban, en sus respectivos turnos, Gina y Noelia.

No es que me refugie en el pasado, no. Lo evoco desde mi bienestar en el presente. Cuando entré en el Duque, Iván me dijo que el hotel era el lugar ideal para los que quieran sentirse como en casa. Así ha sido. Julen y yo nos hemos sentido adoptados y protegidos del Levante.

Nomo no ha sido mi único interlocutor en El Duque. He conocido a personas muy interesantes. Me ha sorprendido el espíritu emprendedor y la tolerancia, El Duque es una buena marca.

El Levante nos ha permitido llegar al bar Simón. No es que hayamos tenido que recorrer un gran trecho, pero hay que subir cuestas, sobre todo el tramo final de la calle San Juan de Dios y que aguantar los sopapos del viento. Bueno, no es para tanto… No tenemos cita, pero cada día almorzamos en el bar Simón y somos acogidos por Simón, Noelia y otros.

Sí, hay un ímpetu emprendedor en Medina Sidonia, el Duque y el bar Simón comparten rasgos de una marca que ya había captado en la Villoría: la acogida que hace que uno se encuentre en casa. Eso sí, cada uno en su sitio…

No es una ficción, no; hay juego limpio.

Las de aquí y las de allí.
Terraza del bar Simón, Sábado siete, 14,50

Subía la cuesta de la calle de San Juan, con la lengua fuera y flagelándome por el imperdonable retraso. Me he topado con Juan y con María, la compañera de éste, que solamente cargan con la cuesta, a pesar de que los tres habíamos quedado a las dos, con el fin de evitar que Noelia y Simón mantuvieran el local abierto, por atender a sus clientes fieles, hasta las tres de la tarde. Querían asistir a la boda de un familiar cercano, uno de esos raros momentos en que se reúne la familia.

-Me pareces un diablo cargado de penas.

Lo dice Juan, que es ciego, mientras me presenta, con parsimonia a María.

-¡Son casi las tres!

Mis palabras se las llevó un viento que había dejado de soplar. Me parecía patético que estos tres mosqueteros que se habían atribuido la causa de salvar a Noelia y a Simón alargaran su retraso con discursos.

No se trataba de discursos, no. María y Juan no entonaban meas culpas. Habían llegado al mismo tiempo que yo. No hablamos de eso, y nadie veía problema. Eso es lo que sentí y Julen y yo gozamos de nuestro salmorejo cotidiano y yo de las torrijas que había dejado preparadas Noelia antes de irse, justo a las tres, como estaba previsto. Del resto se ocupó Simón; Noelia tenía que pasar por la peluquería.

Yo venía muy mal. El retraso se debía a mi falta de control del móvil que me acababa de comprar. Me lo explicaban y me parecía comprender, pero luego me armaba un lío. Necesitaba ese nuevo teléfono: me lo había comprado para cumplir mi promesa de ofrecer fotos que acompañaran a estos textos y estaba incomunicado, siquiera era capaz de hacer o recibir llamadas. María Juan y Simón espantaron mi paranoia.

-Se espera al lunes y ya está- sentenció Juan.

Veo a María, la pareja de la que éste se siente orgulloso. Se conocieron hace tres años, en el programa “Juan y Medio”. Desde entonces viven en pareja. Para María, cordobesa, Medina Sidonia es la “tierra prometida”.

-Había otros, yo le escogí a él y no me arrepiento.

María afirma con certeza. La multitud de preguntas que pasan por mi mente encuentran respuesta en la firmeza de ella. Tiene dos hijos de un matrimonio al que la había arrastrado el embarazo de su hijo mayor, cuando apenas contaba los 16 años. Vivió un infierno, sobre todo cuando nació un niño lesionado por la precipitación; tardaron demasiado en comprender que se imponía una cesárea y al sacar el bebé dañaron su cerebro. No esperaba encontrar apoyo en un marido y en una suegra que la habían acogido con desgana. No lo tuvo. Se quedó ¿Qué iba a hacer? Dio a luz la hija que al crecer adhirió al bando de su padre y de su abuela y reforzó el lazo entre María y su primogénito lesionado. ¿Qué iban a hacer? Un día se fueron. María se pasó años gestionando la miseria, pero su hijo y ella no eran menospreciados. ¿Por qué “Juan y Medio”? María simplemente me mira. Yo no se lo he preguntado. Después añade -Con Juan todo es diferente y si en algún momento no fuera así, no podrán quitarnos lo bailao.

María insiste que en Medina Sidonia ha encontrado su “tierra prometida”: ella y su hijo no son menospreciados.

Nos dieron las cuatro de la tarde. Simón iba recogiendo, pero mientras no cerrara seguiría entrando gente.

Volverán las oscuras golondrinas…
La ventana de mi habitación me ofrecía el trajín del patio por donde pasan todos los que participan en el producto que ofrece el duque: es paso obligado para todos y todas. Yo pienso en el poema de Bécquer y en el discurso de Nomo. Sueño que golondrinas y madreselvas volverán a ocupar sus espacios.

Ana es de Arcos de la Frontera y José Luis de Jerez. No tienen ducado; forjaron la marca El Duque con el sudor de su frente y han creado escuela; sus hijos y ex empleados que han abierto sus propios establecimientos. Me lo contaron mis compañeros de la visita guiada a la Ermita de los Santos Mártires, con agradecimiento y orgullo, mientras me llevaban a la Villoría en su coche, para evitar que atravesara la carretera. Ellos forman parte de los que se formaron en El Duque y ahora han abierto su propio negocio.

Yo sigo trabado con mi nuevo teléfono, tendré que esperar a las 10 para desayunar e ir a Épsilon para que vuelvan a explicarme el funcionamiento de mi nuevo teléfono. Soy demasiado torpe. Me pasa por la mente la certeza de mi hermana sobre la inutilidad de los viejos, pero no, lo que estoy viviendo me inspira confianza en que Volverán las oscuras golondrinas…

Así lo he sentido en mi visita a Épsilon. Iba por el teléfono, pero el giro de la conversación me hizo decidir no malgastar un tiempo que podía abrir perspectivas más interesantes. Me bastó con recuperar mi anterior teléfono y con poner fin a una incomunicación que me causaba inquietud.

Épsilon, como El Duque, es una marca con perspectiva. No han conseguido asegurar el abastecimiento eléctrico de Medina Sidonia como la central que dice Nomo haber conocido, pero si lo hacen con las comunicaciones. Se lo están currando muy duro y han tomado tiempo para mi proyecto.

-Tú escribe, es tu granito de arena. Deja las imágenes y la edición virtual para nosotros. Es nuestro granito de arena…

No importa quién lo dice. Veo un cómplice y un compromiso. Pondremos la segunda piedra de un proyecto que empezaba a antojárseme inalcanzable.

La primera piedra
Fui recibido por el alcalde, hablamos del proyecto y éste me presentó en mi presentación de Esto es un infierno, la primera piedra.

Me sentí muy arropado por un gobierno municipal que estaba atrapado por la organización de una degustación de platos de Medina Sidonia y por la Feria de la ciudad que, según Nomo conoció siendo la más grande.

Lo celebramos como los galos invencibles en El Duque, mi casa y la de Julen. Fuimos felices, aunque no comimos perdices, o jabalíes. Había más; la marca El Duque, los esfuerzos de Ché y del gobierno municipal y el buen rollo de encontrarnos “en casa”.

Esta es la segunda piedra. Será colocada en breve. Hay decisión y complicidad para hacerlo, en Medina Sidonia.

Ya tengo allí mi casa, la de El Duque, mis amigos y mis cómplices para poner nuevas piedras y para conocer mejor esa tierra y esas gentes que descubrí, en los 60s en voz de la Duquesa Roja y ahora empiezo a conocer.
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