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El destino de los poderosos

El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (Salmo 49: 20)
Octavi Pereña
martes, 25 de octubre de 2022, 10:37 h (CET)

El funeral de estado con que se despidió a la reina Elizabeth II de Gran Bretaña ha sido un espléndido espectáculo mediático visto por televisión alrededor del mundo. La ceremonia ha sido cuidada hasta el menor detalle desde hace años. EL cortejo ha sido un espectáculo magnífico. ¿Era necesario tanto dispendio que no beneficia en nada a la reina fallecida y más en estos momentos de grave crisis económica que hace que muchas familias no puedan legar a final de mes? Cuando una persona fallece ya no se le  puede hacer nada. La muerte sella el destino eterno, sea salvación o condenación.


Cada uno según sus posibilidades desea despedir al finado con el máximo honor. Lo más probable es que no se piense el difunto. Lo que prevalece es enaltecer el ego ofreciendo un espectáculo que admire a los asistentes a la ceremonia fúnebre.


Se dice que la muerte es el acontecimiento más justo que existe porque nadie puede esquivar la guadaña justiciera. Tanto reyes y magnates como la plebe cuando les llega la hora señalada por Dios, ni la más excelente asistencia sanitaria podrá impedir que el enfermo tenga que comparecer ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus obras. Se intenta evadir hablar de la muerte pero no se erradicarla. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9: 27). La guadaña se encuentra agazapada en la esquina esperando el momento para entrar en acción. Ya que la muerte es un hecho universal que vacía la Tierra de todos los miembros de cada generación es sensato hablar de ella con la mayor claridad posible para liberarnos del mido que produce.


Los magnates pretenden vencer la muerte contratando dispendiosos servicios de conservación de sus cuerpos con la esperanza de que los avances médicos encuentren solución a la enfermedad que hasta aquel momento era incurable. “Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate, porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás, para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción” (vv. 6-9). Tienen ojos para ver pero no entienden lo que ven: “Pues verán que aun los sabios mueren, que perecen del mismo modo que el insensato y el necio” (v. 10). Con los ojos contemplan como a su alrededor desaparecen amigos y familiares. Cuentan los fallecidos por las esquelas que publican los diarios. Ver lo que ocurre a su alrededor no les da ni frío ni calor. Permanecen indiferentes. No aprenden a contar sus días.


A pesar de ello permanece un sentido no confesado de inmortalidad. “Su último pensamiento es que sus casas serán eternas, y su habitación para generación y generación, dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra, es semejante a las bestias que perecen” (vv. 11, 12). A pesar de todos los esfuerzos para conservar el nombre, lo cierto es que se pierde en la oscuridad del tiempo. Como mucho, sus nombres quedan archivados en los registros históricos al alcance de unos pocos historiadores. “Este su camino es locura, con todo sus descendientes se complacen en el dicho de ellos” (v. 13). De los poderosos queda poca cosa: un nombre en los archivos. Como pasa con todos los impíos: “como ovejas que son conducidas al sepulcro, la muerte los pastoreará” (v. 15). Es otra manera de decir que es espera la condenación eterna.


Las revistas de papel satinado nos muestran las mansiones de los poderosos, de las estrellas y astros del cine, de los ídolos del deporte y otros. Este glamour nos deslumbra y nos despierta el deseo de poseer lo que los encumbrados disfrutan. He aquí el destino de quienes tienen sus ojos puestos en los bienes materiales que hoy son y mañana desaparecen. “No temas cuando alguien se enriquece, cuando aumenta la gloria de su casa, porque cuando muera no se llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras  viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (vv. 16-20).


El fin de las personas que perecen como las bestias no tiene por qué ser el nuestro. El salmista nos muestra otro: “Pero Dios redimirá mi vida del poder del sepulcro, porque Él me tomará consigo” (v. 13). Jesús que venció a la muerte siendo rescatado de su poder por el Padre nos muestra con más claridad el pensamiento del salmista. “Yo soy la resurrección y la  vida, quien cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11: 25).

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