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Opinión
Etiquetas:   Momento de reflexión   Delitos sexuales   Agresión sexual   Pecado   Reflexiones  

Diagnóstico: sociedad enferma

​Los placeres carnales desaparecen como espejismos dejando un sabor amargo
Octavi Pereña
lunes, 14 de marzo de 2022, 09:44 h (CET)

Según los datos dados a conocer por la Junta de Seguridad de Barcelona a primeros de febrero de 2022, los delitos sexuales han crecido un 36%. El balance que hace el Ministerio de Interior que afecta a toda España es el incremento espectacular de agresiones sexuales. “La policía se sorprende no solo del aumento de casos sino también del nivel de brutalidad de muchas de las agresiones y del elevado número de menores que actúan como violadores. Se ven casos jamás vistos como el del joven de 31 años que fue detenido esta semana después de violar a una anciana de 95 años en su domicilio de Figueres. No son casos aislados. Se da mucho enfermo libre. La proliferación de las tristemente populares manadas, formadas por grupos de hombres que violan salvajemente a una mujer es otra prueba del clima de delirio que se ha apoderado de nuestras calles” (Jordi Juan, periodista).


No debería sorprendernos lo que está ocurriendo. Debido a que la presencia de Dios se ha evaporado de nuestras calles, Dios nos “entrega a pasiones vergonzosas, pues aun sus mujeres  cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en sus lascivias unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres y recibieron en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1: 26-28). Buscar la felicidad fuera de Dios lleva a los cálculos que hace la policía: “Cada hora se producen dos agresiones  o abusos sexuales en alguna parte de la geografía española”. Horripilante, ¿verdad?


No se es culpable de los deseos sexuales pero se es culpable de la manera como se canalizan. El sicólogo Miguel Ángel Soria, escribe: “¿Puede un hombre poderoso que lo tiene todo, con una vida familiar normal esconder un agresor sexual? Algunos grupos de agresores sexuales pueden ser personas desubicadas socialmente, pero muchas otras tienen una vida social tremendamente estable”. Todas las personas llevamos dentro el virus del pecado que si no se le controla  nos puede llevar a cometer los delitos sexuales que comentamos.


El salmista escribe: “Me mostrarás la senda de la vida, en tu presencia hay profundidad de gozo, delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16: 11). El salmista nos muestra que la fe en Dios lleva a conocer “la senda de la vida”…”profundidad de gozo”…”delicias para siempre”. ¡Qué contraste más acusado existe entre la felicidad permanente que esboza el rey David autor del texto transcrito con la que experimentan los que la buscan en los placeres carnales sin Dios! Los delicias que proporciona el mundo son fugaces, transitorias. Duran tan poco como la neblina matinal en un día soleado.


Quienes buscan la felicidad en las cloacas del mundo acaban insatisfechos, hambrientos, decepcionados. Los placeres que da el mundo son espejismos que ilusionan pero no dan lo que se espera de ellos. No son pecados los deseos sexuales. Sin ellos no habría matrimonios. Sin matrimonios no se podría cumplir la voluntad de Dios que los hombres tendrían que llenar la Tierra y dominarla. Sin el deseo sexual no podría hacerse realidad “alegrarse con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña? (Proverbios 5: 18-20).


Es posible que el proverbio que voy a transcribir lo haya escrito el conocido rey Salomón, sexualmente muy activo. Dice el texto que además de amar a la hija del faraón que fue su primera esposa amó a muchas mujeres hasta tener setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas. “Y sus mujeres desviaron su corazón” (1 Reyes 11: 1-6). Si no yerro en atribuir la autoría del proverbio a Salomón, en algún momento de su vejez le fueron abiertos los ojos y comprender la necedad de su juventud. Escribió a su hijo para que no cometiera sus mismos errores para tener que lamentarlo en la ancianidad: “¿Qué hijo mío? ¿Y qué hijo de mi vientre? ¿Y qué hijo de mis deseos? No des a las mujeres tu fuerza, ni tus caminos a lo que destruye los reyes” (Proverbios 31: 2, 3).

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