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“Nunca va a ocurrir que la humanidad se suicide”

Entrevista al filósofo y escritor argentino Carlos Enrique Berbeglia
Rolando Revagliatti
martes, 8 de marzo de 2022, 10:23 h (CET)

Carlos Enrique Berbeglia nació el 11 de marzo de 1944 en la ciudad de Villa Mercedes, provincia de San Luis, República Argentina, y reside en la ciudad de Buenos Aires. Es Licenciado en Filosofía (1970; convalidado en 1977 por la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid, por la que se recibe de Doctor en Filosofía y Letras en 1986) y Licenciado en Ciencias Antropológicas (1974) por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1970). Ha ejercido la docencia y actuado como jurado y evaluador, además de cargos directivos en varias facultades de diversas universidades. 


Carlos Enrique Berbeglia 3 Foto Daniel Grad

Numerosas son las becas y otras distinciones que le fueran otorgadas por instituciones nacionales y extranjeras, así como sus participaciones en Congresos, Jornadas y eventos catedráticos y literarios. De sus libros de carácter filosófico-antropológico citamos “Vida, interpretación y sufrimiento” (1981), de los de carácter socio-filosófico, “La avenida más ancha del mundo” (2009), y de los que ha sido coordinador y autor elegimos “Nosotros, los otros” (2000), “Comprensión y tolerancia. Propuestas para una antropología argentina” (2007).

Libro Berbeglia 20   Alternativas de la emancipaciónPublicó los volúmenes de cuento “Decálogo tercero”, “Margen obligado”, “Anclaje en los sueños”, “Reflejos sucesivos”, “Alternativas de la emancipación”; uno de fábulas: “Moralinas inhóspitas”; tres de dramaturgia: “Muñecos de pelusa y azafrán” (siete obras “teatrotiriteras”), “Nacido a destiempo”, “Imperátor”; también las novelas “Ventanas de acceso” y “La villanía heroica”. Sus poemarios socializados entre 1983 y 2015 se titulan “Ráfagas de luna”, “Tardes en el paisaje y hombre”, “Fuego sin dioses”, “Tarde crepuscular posible”“Correspondencia abierta”, “Continuidad en los modos”, “Las horas del himno”, “Revelaciones del tiempo”, “Los terracota y polen”, “Pantomima y desierto”, “Proximidades lejanas”, “Penumbra sin voz y luminosa voz de vos”, “Amaneceres vedados al tiempo” y “Veladuras y pliegues”.



¿Cómo nos presentarías una cierta reseña berbegliana?          

¿Por qué motivo interesan las biografías? Pareciera como si la lectura de cualquier pieza literaria, una novela, un conjunto de cuentos o poemas, una obra de teatro estuviera incompleta en nuestro conocimiento si no la acompañáramos con datos del autor, aunque escasos, que detallaran algunos aspectos de su vida sentimental, si fuera posible, e, igualmente, los hitos más importantes de su trayectoria literaria (o musical, o plástica). Por supuesto que también abundan otro tipo de biografías, como las deportivas o las políticas, pero importan, a sus lectores, de otra manera, porque también son distintos los intereses con los que las leen.

          

Las respuestas son variadas, pero, en mi opinión hablan de la curiosidad que, usualmente, se siente por quienquiera haya trascendido, aunque mínimamente, los duros cercos impuestos por el anonimato cotidiano, y ofrezca la posibilidad de interiorizarnos de algunos de sus pasos, bien para interpretar con mayor grado de certeza aspectos de su obra o por un simple afán que no va más allá del puesto cuando escuchamos a un amigo contarnos sus desavenencias familiares o de otra índole.

          

Un capítulo, no aparte, sino paralelo, son las autobiografías; la diferencia fundamental con las primeras radica en su dependencia de la voluntad del autor por darse a conocer. Por ende, los datos que allí vuelque, deben ser cribados con más detenimiento que en el caso anterior previos a su aceptación, porque la carga de subjetividad, e intencionalidad, los empaña necesariamente, forma parte de uno de los tantos aspectos de la tantas veces aludida “condición humana”: la tendencia a exagerar aristas consideradas positivas por el protagonista, hasta desfigurarlas, y menospreciar y aun negar las restantes, por la dispar nubosidad que reflejarían sobre el aura de su auto homenaje. 

          

Efectuadas estas salvedades epistemológicas procedo a pasar revista, desde ya parcial, de mi convivencia con la creación literaria y, entre ellas, con la poesía. Si bien leí, y mucho, desde pequeño (mis padres eran inmigrantes italianos, y, en particular mi padre, ferroviario y socialista, y sabido es la devoción por la cultura que traían desde el Viejo Continente los adeptos a esta ideología, lo cual me permitió el acceso a una biblioteca que contaba con algunos de los textos esenciales de la literatura universal y una formación bilingüe invalorable), sin embargo no ocurrió lo mismo con la escritura, no fui un niño prodigio (ni un adolescente, ni un joven, ni un adulto, nunca alcancé ese rango), tanto es así que, mi primer poemario, “Ráfagas de luna”, lo publiqué a los 39 años. Fue precedido por algunos otros poemas (que no incluí en libro, aparecieron en un suplemento literario de la bonaerense ciudad de Azul, e, incluso, posteriormente). El resto, mis primeros intentos poéticos y en prosa, datan de una adolescencia y primera juventud vulgar y silvestre y eran abominables, por suerte los destruí.

          

Tengo formación filosófica y antropológica y una visión muy particular de la primera, antiacadémica, y crítica de la segunda. No consiento en dividir los campos, el conocimiento es uno, el mundo es uno y, sumados los dos, nos acercamos a los dos de distintas maneras, como nos resulta posible, eso es todo. Con lo cual quiero significar lo siguiente: el problema, la incógnita, la emoción o lo que fuere están allí, enfrente y dentro mío, dependerá de la manera como lo enfoque o lo exprese mi recurrencia a la prosa ensayística, la narrativa, el teatro o el poema para manifestarlos.

          

Del hecho que pueda expresarme indistintamente en cualquiera de los géneros aludidos no implica que me considere un ser “privilegiado”, sí, en cambio afortunado; de no haber tenido la cuna paterna mentada no se hubieran despertado en mí las inquietudes que me acompañaran desde entonces, e, igualmente, habría carecido de la voluntad por desarrollarlas, aunque malamente, e ir mejorando su impronta literaria con el tiempo.

          

Detesto el incienso propio y soy absolutamente incapaz de mover un incensario para otros (hecho muy distinto a elogiarlo si su obra lo merece, así se trate de una simple operación de maestranza, como la de barrer un piso, o profesional, como escribir un libro o dictar una conferencia). De allí que una de las temáticas primordiales que siempre afloran en mi obra sea la de la injusticia, la desigualdad socio–económica, debida a los hombres, o las intelectivas y físicas congénitas debidas a los dioses o la naturaleza me enfrentan a la peor de las alternativas, no comprender en absoluto nada o, en otros momentos, comprenderlo todo, de cuanto me rodea y darme cuenta que, en ambas acepciones, sucede lo mismo, la continuidad profunda de esa incomprensión atroz y desgarrante como horizonte final de cuanta empresa iniciemos, en conjunto, los humanos, para superarla.

          

La otra temática que siempre aflora en mi creativa filosófico–poética es la de la verdad, siempre aludida y manoseada, y, además, temible cuando, supuestamente, se halla en mano de los detentadores del poder (religioso, político, económico, cultural), admito su búsqueda pero reniego de quienes sostienen haberla encontrado, se desliza de las manos lo mismo que una anguila, salvo que la apresemos con guantes provistos de tachas y, entonces, se arroje sobre la tabla del negocio donde se la vende un cuerpo sanguinolento y desgarrado. Valga la metáfora en una autobiografía poética y una confesión existencial: me aterroriza quienquiera blasone poseerla y nadie me quitará el convencimiento de que miente. Sumo, así, a la metáfora, una paradoja.       

          

Entre el sí y el no opto por la negación, las ofertas del mundo, lo confieso, me asustan, no me, tienden tientan, por lo general a conducirme a cualquiera de sus engalanadas trampas. Soy lo que soy a pesar de haberlas rechazado y no me fue tan mal. El aprendizaje y la práctica por el no deja un vacío creador; la del credo por el sí un lleno que intoxica y empalaga, empacha, al decir de las viejas comadronas. La marcha liberadora de la historia fue, siempre, la que expresara no, a las costumbres sociales, a las imposiciones escolares, a los mandatos ideológicos, a la credulidad religiosa, a las terapias mentales, a cuanta compañía se ofrezca como paliativo a una soledad desamparada pero autónoma.

          

Y con esto concluyo mi reseña autobiográfica; más no se me ocurre decir de mí ni creo que interese para la intelección de mi poesía, una poesía de búsqueda y des-comprometida de cuanto lugar común asfixie la belleza que debe, necesariamente, acompañarla, en su logro mi ansiedad.


Villamercedino y puntano (o sanluiseño). Te propongo que nos sitúes en tu provincia, en tu ciudad, en tu acontecer por aquellos paisajes, no sólo en tus primeros años, también incluir cuánto, cómo seguís vinculado.

Me sitúo ambiguamente porque soy de dos paisajes, el ciudadano porteño y el serrano. Y hablo de paisajes, no de tradiciones o costumbres en particular; San Luis no tiene la presencia identificativa del Norte o el Litoral, y tampoco sus problemas; es una provincia mediterránea influenciada por sus aledañas Córdoba y Mendoza, aunque de una autonomía psicológica y cultural notable.

Vine desde pequeño a Buenos Aires y la nostalgia, aunque se trate de un tópico entre los poetas, no es mi fuerte. Sin embargo, confluyen en mi vida esos dos paisajes por algo en común que me hace amarlos, el ser abiertos; no soporto las selvas tropicales ni los bosques porque me asfixian.

Pero sigo vinculado porque en el Norte de San Luis, en Merlo, un lugar paradisíaco, se encuentra una quinta familiar a la que voy cuantas veces me resulta posible; allá escribí parte considerable de mis obras. 


Desde 2012 sos vicepresidente en la sede Buenos Aires de la “Red Iberoamericana de Trabajo con Familias”.

Es una ONG. Allí mi trabajo, por supuesto que honorario, consiste en llevar adelante la parte intelectual. Aclaro, se hacen numerosos Congresos, nacionales e internacionales, sobre temáticas afines a la violencia de género, vincularidad padres e hijos, conflictos de la adolescencia, controversias interculturales y similares, en donde se vuelve una y otra vez sobre lo mismo, y se aporta poco y nada nuevo a nivel teórico o práctico. He participado en unos cuantos, incluso con otro tipo de desempeños en Colombia, México, España, Chile y aquí. Mi insistencia en estos eventos siempre giró sobre la necesidad de enfrentar los desafíos de frente y no con medias tintas: el narcotráfico, la trata de personas, la venta de órganos, el trabajo esclavo, la prostitución y la corruptela política que da pie a estos cánceres sociales…; y puedo asegurar que no solí ser precisamente aplaudido. 


“Argentina, tal vez” es el sugestivo título de un ensayo tuyo que obtuviera una mención en 1969, en un concurso organizado por la Editorial Siglo XXI. ¿Qué Argentina, tal vez, la de los sesentas?...

Fue uno de los pocos premios que obtuve a lo largo de mi carrera literaria y no se editó, pero me sirvió de base para una obra que fui desarrollando, a posteriori, en sucesivas publicaciones: “Argentina, incógnita y cuestionamiento”, por el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, con dos ediciones, en 1995 y 1997, y, luego, totalmente actualizado, con el título de “La avenida más ancha del mundo”, cuyo subtítulo es “Grandilocuencia y depresión en la Argentina”, en el año 2009 bajo el sello de Biblos.

    

Se trata de un ensayo socio–político donde analizo ciertas constantes negativas del país, entre ellas la paulatina pérdida de identidad cultural debida, en lo fundamental, a la radical ignorancia histórica, literaria y filosófica de la casi totalidad de sus dirigentes políticos y del instantaneísmo de sus planes, la mentira solapada en los discursos en lo relativo a una sociedad empobrecida, y la negación de la realidad de un país con fronteras abiertas que no cuida ninguno de sus bienes, ni el territorial ni el espiritual.

          

Es una obra bastante polémica y su destino fue similar al de mis intervenciones en los eventos citados en mi tercera respuesta.  


Libro Berbeglia 17   Razón, persistencia, racionalidad

Es a quien ha disertado en las “IV Jornadas de Psicología Social: Hacia dónde va el mundo” en la Universidad Argentina John F. Kennedy, en 2004, a quien le pregunto: ¿hacia dónde va el mundo?...

En una obra de tesitura filosófica publicada en 2005 también por la Editorial Biblos: “Razón, persistencia, racionalidad. Algunos componentes del saber humano”; incluyo una serie de escolios: en uno de ellos expongo mi idea al respecto, y en el siguiente: Descreo de la crisis; denomino, con una idea de mi pertenencia, racionalidad instintiva al instrumento del cual se vale la humanidad para sortear los abismos en los que cae: guerras, colapsos económicos, desastres ecológicos, genocidios y otras delicias con las que nos tiene acostumbrados y seguir adelante. La pregunta “¿hacia dónde va el mundo?” tiene, desde mi perspectiva, una sola respuesta: hacia el constante cambio tecnológico y una mejora en la calidad de vida de partes substanciales de su población, pero con la misma base moral de la prehistoria, la (o las) crisis, de las cuales descreo, son superficiales, le sirven para despertar en los seres humanos temor por los cambios que, a la larga, siempre son superficiales y le permiten tenerlos controlados.

Si hay algo que nunca va a ocurrir es que la humanidad se suicide, siempre lo evitará, así tenga que eliminar a sus mejores civilizaciones.  


En tu presentación curricular omití —justamente para que nos detengamos en ellos ahora— tus libros de creación literaria categorizados como “Interlineales” (1988 a 2006): “Interlineal cincuenta”, “Homo homini homo”, “Viaje parcial por el planeta Tierra”, “Ambigüedades y certezas. El mediodía en su sombra” y “La rebeldía agónica”.

En ellos abordo asuntos desde lo que denomino las zonas en claroscuro de la literatura: sus géneros allende la poesía, la narrativa, el ensayo o el teatro, que son los más frecuentados; esto es, las parábolas, los aforismos, la prosa poética, las fábulas, entre otros. Me sirven para darles contundencia a los escritos, evitar los largos períodos o los desarrollos rigurosos propios de la filosofía.


No te has privado de incursionar en dramaturgia para el teatro de títeres (o de manipulables “Muñecos de pelusa y azafrán”).

No, me divertí mucho con ellos, son las únicas obras escritas donde me acerqué a las predilecciones y lenguaje infantil, aunque también pueden ser apreciados como una metáfora adulta, como en la pieza “El dragón, los duendes y el destino”, donde algunos de sus actores son… ¡los piolines! que mueven a los títeres. 


Libro Berbeglia 12   Veladuras y pliegues

Es debajo de muchos poemas tuyos donde, por ejemplo, asentás “Pinamar, enero del año 2014”, “Ramos Mejía, octubre del año 2013” (“Veladuras y pliegues”) o “Colonia, R. O. U., marzo 2013”, “Vísperas navideñas del año 2011”, “Piedra Blanca, Merlo, pcia. de San Luis, octubre 2012” (“Amaneceres vedados al tiempo”). ¿Te referirías a lo que te impulsa a esta decisión?

El motivo que me lleva a colocar las fechas, a veces muy precisas, aunque, por lo general, únicamente el mes y el año, y los sitios donde fueran escritos los poemas, responde por una peculiaridad psicológica antes que, a una inspiración, o como quiera llamarse, a este extraño oficio de acceder al mensaje poético, y es ella la de documentar el curso y desarrollo de mi estilo y temática. Como ya afirmara en el apartado segundo, “la nostalgia no es mi fuerte”; si vos te fijás, la temática de los poemas así localizados, prácticamente nunca tiene que ver con alguna peculiaridad del sitio donde fueran elaborados, por el contrario, repiten una y otra vez mis obsesiones.  


En más de una ocasión se ocupó de tu obra la crítica literaria Graciela E. Krapacher. Analizando uno de tus poemas, cuyo título es “Poética”, afirma: “…persiste siempre un secreto que nos convierte en esclavos del conocimiento.” Así, aislado lo que destaco, ¿qué te promueve?...

Una crítica que supieron hacerme, entre otros, un querido amigo dedicado al pensamiento medieval, fallecido en enero de este año y a quien reitero, en estas líneas, mi homenaje, Valentín Cricco, fue que a mi poesía le costaba desprenderse de la filosofía, que siempre la cultivara paralela. Allí radica, creo, la clave de la frase de Graciela Krapacher que vos destacás certeramente, el conocimiento, la desesperación por el logro de alguna certeza que me permita ubicarme en la vida y no las emociones o los sentimientos, son la fuente de mi pensar y hacer poético. No se encuentra en mí afirmar si redunda en un beneficio estético…


¿Para qué sirve el Arte? ¿Cómo surge?

Esta pregunta tiene dos respuestas básicas posibles: una, erudita, donde para contestarla deberíamos efectuar una selección de autores y de orientaciones, recurrir, por ejemplo, a los diálogos platónicos como el Hippias Mayor y el Fedro o la poética de Aristóteles, entre los clásicos, y, por ese camino, arribar a la estética de Hegel y las posteriores visiones socializantes del arte propias del siglo XIX, o, caso contrario, por qué no simultáneo, acercarnos a obras actuales y decisivas como la “Obra abierta” de Umberto Eco y, bajo su guía, analizar las proclamas surrealistas o las consignas y prescripciones del período barroco, tal vez uno de los más racionales de la historia del arte. Francamente me excede, los baches que dejaría serían innumerables.

          

Queda recurrir a la preceptiva propia: desde ella respondería comenzando por la segunda parte de tu interrogación (que, con total seguridad, vos también, como poeta, te la habrás hecho infinidad de veces): surge de un momento anímico y de la posibilidad, técnica, de volcarlo, en el lienzo, la partitura musical, el mármol o la palabra; sin dominio del medio expresivo las ideas restan confusas y se pierden, el “di tu palabra y rómpete”, de Nietzsche, se cumple bajo esta sola condición. En cuanto a la utilidad del arte es muy variada; la más bastarda y despreciable es cuando se lo mediatiza con fines ideológicos o económicos, cuando, por ejemplo, un cuadro impresionista se cotiza en el mismo escaparate donde luce una pulsera de diamantes.

          

En el arte, para mí, ocurre el encuentro de dos almas que se trascienden, uno en la obra, otro en la contemplación; es un diálogo superador que fortalece el yo del individuo, y, a través del goce, nos aleja de una realidad asfixiante o nos hunde en ella para que termine de asfixiarnos.   


¿Suelen interesarte de algún modo peculiar las novelas en las que el tema histórico es esencialmente protagonista?: por ejemplo, las primeras cinco por orden cronológico: “Los novios” (1823) de Alessandro Manzoni (1785-1873); “La letra escarlata” (1850) de Nathaniel Hawthorne (1804-1864); “Historia de dos ciudades” (1859) de Charles Dickens (1812-1870); “Los miserables” (1862) de Victor Hugo (1802-1885); “Guerra y paz” (1865) de León Tolstoi (1828-1910).

Leí esas cinco novelas, pero las alterno con otras donde la imaginación desempeña un rol mayor y los protagonistas enfrentan otros tipos de problemas; evoco, al azar de la memoria y siguiendo aproximadamente las fechas, los Libros de Alicia, de Lewis Carroll o “Los demonios” de Dostoievski. Sucede que, en la época donde asientan las novelas que vos citás, predomina esta temática, propia del romanticismo, que ya entronca con el realismo que va a culminar en obras al estilo de “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert; se mueve paralela a la novela gótica (previas a H. P. Lovecraft) y anticipa la terrible literatura del absurdo de Kafka. Quienes amamos la literatura no podemos prescindir de ninguno de estos estilos.     


¿Podrías determinar cómo surgió la necesidad de escribir cada una de tus dos novelas?

La primera, “Ventanas de acceso”, es una novela para adolescentes que tuvo varias redacciones hasta la definitiva, en 1991; en ella el protagonista es un antihéroe en la realidad, que entra en contacto con un mundo fantástico donde encuentra un lugar a su medida; es una crítica, nada vedada, por cierto, al momento histórico que atravesaba por aquel entonces, y me valí de ella para llevarlo a cabo. En “La villanía heroica” fue la necesidad, si así querés llamarla, de enaltecer a un trío de delincuentes a los que une algo nada común en estos individuos, y es el menosprecio por cuantos no consideren la libertad como el máximo bien posible. Sin embargo, si bien roban y secuestran, para conseguir un nivel de vida que les permita gozarla al máximo, nunca vulneran la dignidad de sus víctimas, un principio moral irreductible.


En el prólogo de Juan José Saer a “José Pedroni – Obra Poética”, leo: “…toqué el timbre, esperé tembloroso un momento, y cuando me abrieron y me invitaron a pasar, al trasponer el umbral, entré a la vez, con el mismo paso inseguro, en la casa de José Pedroni y en la literatura.” Y en otro párrafo: “Si Pedroni no fue el primer poeta que leí, fue sin la menor duda el primero que conocí y que admiré personalmente. La increíble emoción de tenerlo sentado frente a mí, atildado, atento y cordial, escuchando la lectura de mis poemas…” ¿Qué se asemejaría en tu derrotero, Carlos, a lo que Saer trasmite?

Primero debo hacer una mínima referencia a Pedroni y Saer, los dos litoraleños, tal vez, de allí, aunque externamente, su cercanía. Pedroni fue un referente de la poesía social de la década del cuarenta y Saer, uno de los más grandes narradores argentinos, cuando lo conoce, pertenece a otra generación. Yo, como te afirmara anteriormente, me introduje tarde en el mundo de la literatura y no tuve la suerte de conocer, personalmente, a ningún “grande” o que alguien escuchara con similar atención mis poemas, no tengo puntos de contacto con ese derrotero, si te lo contestara sería puro invento.


Carlos Enrique Berbeglia 21

¿Qué opinión te merecen las poéticas del francés Paul Verlaine (1844-1896), del italiano Dino Campana (1885-1932) y del austríaco Georg Trakl (1887-1914)?

Son tres momentos distintos de la expresión poética, aunque, tengamos en cuenta que Verlaine, además de poeta, también fue crítico, tal vez el primero que habló de los “poetas malditos” en un libro publicado en 1884, donde pasa revista de quienes nunca triunfan en su propia época por incomprendidos y únicamente les aguarda una gloria pos mortem. Desde su visión, solamente en las vanguardias se traduce el verdadero arte; por ese motivo se encuentran obligadossus cultores a ser ignorados y hasta despreciados por sus contemporáneos. La obra incluye su auto-inclusión entre los que así denomina, el tiempo le dio la razón, dado el sitial de honor que ocupa actualmente su poesía.

          

Dino Campana (hay una reciente edición antológica bilingüe a cargo de Rodolfo Alonso de sus “Cantos órficos”) representa, junto con Gabriele D’Annunzio, el momento de transición de la literatura italiana del romanticismo a la gran poesía del siglo pasado de Ungaretti, Quasimodo, Eugenio Montale, entre otros. En su poesía conjuga lo épico y lo iniciático, su técnica remite a la prosa poética y a los versos de arte mayor. Residió un tiempo en nuestro país y lo refleja en su escrito “Pampa”, donde la describe con el mismo misticismo que alienta el resto de su obra.

          

De Georg Trakl, uno de los más grandes poetas expresionistas alemanes, de quien contamos con dos versiones al castellano en nuestro país, una debida a Aldo Pellegrini y la otra a Rodolfo Modern, me resulta tan difícil opinar como de Verlaine y Campana, tal vez porque llegan al corazón de la poesía, y la prosa que los retrate, resulta, fatalmente prosaica. Empero, me atrevo a decir que es alucinante, su obsesiva danza discursiva con la muerte, que termina en su probable suicidio, a los veintisiete años, el vínculo con la Gran Guerra, que acabó con lo mejor de su generación en las trincheras, el extraño amor, casi incestuoso, por su hermana, se reflejan en sus poesías donde la noche, el crepúsculo, la melancolía, entre los temas más abusivos, la pueblan y ennoblecen hasta llegar a nuestro espíritu y permitirle esa catarsis que solamente posibilita el contacto con lo grandioso. 


“Penumbra sin voz y luminosa voz de vos” ofrece al lector lo que has denominado “Post Ludio: ‘El itinerario y la poesía’”: ¿intentarías resumir el contenido de ese texto?

Allí afirmo que “descreo de la inspiración” y que algunos seres, entre los cuales me ilusiono encontrarme, tienen la facultad de expresarse poéticamente. La poesía, desde esta perspectiva, es un trabajo con la palabra, un trabajo especial, como el de la narrativa, el ensayo o el teatro, donde lo importante radica en la co–relación entre quien escribe, lo que dice y cómo lo dice. Somos hijos de las palabras, hasta nuestro rostro termina de configurarse gracias al movimiento que le imprimimos a los músculos que lo constituyen, y, nos desenvolvemos en el tiempo, pero hay un lugar donde ese “tiempo” transcurre y es la Tierra, la siempre Tierra nuestra de cada ser humano, que tanto nos duele su ausencia en el destierro.

          

Hay dos poemas, en ese libro, dedicados al “desencuentro”, un tópico existencial tan caro a nuestra expresión popular por excelencia que es el tango; aquí no resumo sino, más bien, añado: ese desencuentro duele más cuando se da en el paisaje (antes que físico, anímico y cognitivo) donde transcurre nuestro ser.

          

Más no puedo decir, además de mi descreencia en la inspiración, me resulta difícil auto–referirme; de allí, también, la falta de lirismo en la mayor parte de mis poemas.


¿Ruth Benedict (1887-1942), Bronislaw Malinowski (1884-1942), Mary Douglas (1921-2007), Claude Lévi-Strauss (1908-2009) o Ruth Cardoso (1930-2008)?...

Esos nombres remiten a mi quehacer profesional como antropólogo, los conozco y he trabajado sus teorías en mis clases universitarias, pero no me basé en ninguno de ellos ni en mis trabajos de investigación, por ejemplo, los realizados en la zona del Altiplano argentino–boliviano, que concluyeron en mi tesis de doctorado sobre la concepción y práctica del espacio de los grupos aymara, ni en los diversos artículos de índole socio antropológica publicados en diversos medios. Le debo a la poesía y a la creación poética el desprenderme de las influencias en el momento de pensar o escribir.


¿Me equivoco si se me da por sospechar que te identificarías de inmediato con Luis María Panero cuando declara: “...a pesar de lo mucho que me empeño en hacer de la escritura, hasta la más mínima, una dedicatoria, por ejemplo, una práctica rigurosa y sin concesiones, un ejercicio inhumano”?

Parcialmente: lo del “ejercicio inhumano” me trae a la memoria otra “práctica”, esta vez anterior a cualquier quehacer de los intelectuales, la de creerse seres elegidos por los dioses, habitantes del Parnaso o pertenecientes a una especie distinta a la del común de los mortales. Una anécdota, nada divertida, por cierto, abona esta afirmación, que una poeta, hace bastantes años, me rechazara, airada, un prólogo a su poemario, porque allí trataba a los poetas (y a ella, por supuesto) de trabajadores de la palabra. Desapruebo este tipo de posturas, no por falsa humildad sino por sinceramiento con lo que somos; sí acepto y postulo la rebeldía contra todo tipo de normas en el momento de escribir (o, incluso, de vivir), porque me permiten el vuelo hacia la compañía de la libertad, siempre en peligro de ser cercenada, muy a menudo, desgraciadamente, debido a nuestras falsas iluminaciones.

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*Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Carlos Enrique Berbeglia y Rolando Revagliatti.

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