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Opinión
Etiquetas:   Disyuntivas   Comunicación   Reflexiones   Expresión  

Triquiñuelas expresivas

​Hay demasiados posesos encumbrados en su engolada divinidad, conviene ponerlos de manifiesto
Rafael Pérez Ortolá
jueves, 12 de agosto de 2021, 11:59 h (CET)

A la hora de comunicarnos mezclamos la naturalidad con las estratagemas artificiosas, la rutina con los intereses del momento, las ocurrencias simplonas con algo más de sabiduría. No es tan fácil decir o entender en las manifestaciones al uso. La abundancia de medios, palabras, imágenes o gestos, muestra una versión equívoca, notamos a diario sus insuficiencias. Cuando pretendemos informarnos surge enseguida el planteamiento de cuales serán las fuentes, los modos y maneras de acercarnos al asunto indagado. Con frecuencia nos quedamos dubitativos sobre el PREDOMINIO  de los pronunciamientos o del silencio para alcanzar las impresiones fidedignas.


El conjunto de mensajes es inabarcable en su totalidad, detectamos una parcela minúscula de cuanto circula. A lo sumo creemos encontrarnos con núcleos informativos de mayor calado, cuando otras percepciones nos desengañan o confunden. Como ocurrió con las cabezas de la Hidra mitológica, topamos con numerosos POLOS de información. Centrados en uno, enseguida descubrimos nuevas cabezas aportando datos. De nada sirve el silenciamiento de uno de esos focos, al eliminar uno, desde sus contenidos surgen muchos más con insospechadas energías. Esa multiplicación discurre pareja con el confusionismo de los ansiosos buscadores asomados a la dispersión.


El raciocinio no se desprende de sus rasgos goyescos, es uno de los principales generadores de monstruosidades. Sus argumentaciones combatían las supersticiones primitivas, incluso a las divinidades de mayor arraigo social. El poderío tecnológico facilitó las actitudes de postergación en torno a las ideas de divinidad. No obstante, lejos de situarnos ante unos comportamientos absolutamente laicos, de manera paulatina nos adentramos en un verdadero AQUELARRE donde se siguen los designios de diosecillos momentáneos de nuevo cuño. No eran del todo imprevistos, porque sus impulsos eran notorios; su necedad patente en el breve espacio de tiempo de sus acciones.


Entre los diferentes modos de aclararnos de los eventos o ideas que nos interesen, recurrimos a los habituales montajes audiovisuales, escritos o manifestaciones públicas; al menos para ir pescando retazos consistentes. En estos intentos emerge un obstáculo importante cuando en realidad no circulan las razones de la gente involucrada; estas permanecen ocultas detrás de la ADSCRIPCIÓN partidista. En realidad, acaba tratándose únicamente de las consignas precisas de cada partido. Como si no existieran otras posibilidades interpretativas. Se trata de una reducción indefendible, porque nadie dispone de conocimiento ni de las cualidades precisos para dominar el panorama.


Desde los primeros pálpitos nos adentramos en la bulliciosa controversia de los límites, porque se aúpan a la vez las posibilidades y las dificultades para los empeños concretos. Las torpezas empeoran los resultados, embrollando las situaciones. Las enormes dimensiones de la complejidad alcanzada impiden la calibración pormenorizada de cada detalle; se funciona a base de aproximaciones. Sobre ese carrusel indeterminado, nadie quiere reconocer sus propias deficiencias, asistimos a la exagerada actitud blanqueadora, la DERIVACIÓN de las responsabilidades, las culpas siempre son ajenas. Actitud exculpatoria facilitada por el ambiente vacilón. El análisis concienzudo no es una práctica común.


La pluralidad de formas nos tornó incapaces para diferenciar la calidad de las estructuras. Los disimulos se ven facilitados por la vorágine instaurada. Las variaciones abundan en una actualidad preñada de cambios incesantes. El reposo conveniente no encuentra su lugar para la mínima comprobación de la autenticidad de las expresiones con respecto al rumbo de sus protagonistas. Desde el punto de vista de las actitudes particulares, el predominio de la INDIFERENCIA responde a la superficialidad de sus actuantes, su indeterminación cierra el círculo, contribuye a la imposibilidad de mejores hallazgos, mantiene el regodeo insulso en torno a la polvareda turbulenta.


Esta serie de posiciones rayanas en el pasotismo, la frivolidad o la insignificancia, extienden un espléndido campo de cultivo para la implantación de enérgicas iniciativas con mayor prestancia, aunque en el fondo vayan a tener peores contenidos cargados de pérfidas intenciones. Lo percibimos con claridad cuando los nuevos y airosos ocupantes de aquellos lugares liberados se sienten los dueños del cotarro; sean políticos, empresarios o gestores diversos. Su ambición aumenta ante la insignificancia ambiental; desatándose sus artes, abocan a una DESMESURA sin avizorar los topes, ellos no conocen eso de la frenada. El riesgo deriva en un peligro inusitado, avasallan a los pusilánimes.


Resulta imperiosa la tarea de revelar las artimañas implícitas en los dispositivos con los cuales operamos para comunicarnos; junto a ciertos aspectos ventajosos, facilitan un sin fin de maniobras tendenciosas. El deslinde es complicado, la polución comunicativa adquiere dimensiones tóxicas. Las imágenes por inestables, las palabras por significados devaluados y no digamos las intenciones o los gestos. Transforman a la realidad y las verdades en peligrosas fantasías, cuando no delirios. Imbuidos de esa VELEIDAD virtual, ni con la lámpara mágica conseguimos encontrar a personas cabales. De ese deterioro derivan efectos de rebaño, ausencia de responsabilidades sobre el trasfondo de gente frustrada e indolente.


Mantener la compostura acaba siendo una aventura riesgosa, no sólo por los avatares provocados desde fuera. Por los adentros compiten las facultades humanas, la razón con las pasiones, los intereses con la inteligencia. Pero a su vez, cada una de esas situaciones oscila en cuanto a sus significados, favorables o perjudiciales; en un equilibrio inestable entre distintas polaridades. Con frecuencia nos vemos desbordados por las EMOCIONES, emerge su fuerza impulsora con una determinación difícil de regular. A la hora de los intercambios dialécticos, la motivación llevada de su ímpetu acaba en destructiva. El filo regulador es estrecho, la estupidez desaforada asoma cuando faltan los cuidados.


Las estrategias de los POSESOS están muy generalizadas, no poseídos por el demonio, eso no; sino por su egolatría, la de sentirse dueños de verdades que los demás son incapaces de percibir. Negacionistas de las evidencias, políticos fatuos, ateos porque el dios son ellos, artistas dogmáticos; es decir, gentes encumbradas en su engolada divinidad.


Expuestos desde lo celeste a la tierra cercana, descubrimos nuestra fluidez desconcertada, ocupados en las más curiosas percepciones cuya consistencia flaquea. Es perentorio el recurso de elevar la mirada por encima de la razón enflaquecida y las cuitas diarias. La clave recóndita del arte de vivir obedece a una ORIENTACIÓN interior bien patente, si no la sofoca la planicie circundante.

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