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Lastres inexplicables

Hay sobre lo real, una costra que las palabras no logran disolver. (Javier Foguet)
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 26 de julio de 2019, 09:32 h (CET)

A la hora de expresarnos utilizamos cualquier medio disponible sin demasiada reflexión, casi como una reacción automática. A las palabras, los gestos, los silencios, los hechos, les atribuímos significados según las situaciones del momento. Con todo ese bagaje, pese a sus aportaciones, no hemos conseguido evadir las inquietudes de ciertos ENIGMAS, aunque pretendamos presentarlos con orientaciones satisfactorias. Los afrontamos con tres posiciones diferenciadas. Quienes no se dignan contemplarlos, como si no existieran. Quienes mienten sobre su comprensión, a sabiendas del desconocimiento de su enjundia. Y quienes los utilizan como enseña de sus andanzas pese a su ignorancia radical sobre el fenómeno.

Las palabras no son lo suficiente explícitas para aportarnos todo el contenido de cuanto percibimos, queremos decir o quieran transmitirnos el resto de los humanos. Todavía tropiezan con mayores dificultades si pretenden manifestar el contenido completo del resto de las realidades mundanas, de seres animados o inanimados. La búsqueda por parte de los grandes pensadores no encuentra la explicación entre las distancias reales desde las opiniones a las creencias, de las convicciones a los conceptos, del saber a la sabiduría. Quizá tampoco sepamos referirnos a maleficios o venturas al hablar de esas INCÓGNITAS permanentes, al fin contradicen las cerrazones de las adicciones impropias.

Nos enredamos hablando de las sensaciones personales sin podernos explicar de donde nacen nuestras decisiones, ni sus alcances. A pesar de cuantos factores condicionantes fueran descubiertos, el núcleo del libre albedrío subsiste en cada individuo, esa AUTONOMÍA decisoria, en las circunstancias cruciales cuyo orígen está muy hondo. Ni los físicos de vanguardia ni los grandes pensadores atisban los pronunciamientos definitivos al respecto. A pesar de la amplitud de los horizontes despejados de cuitas artificiosas, circulamos desorientados; en ese vuelo rasante protagonizamos un desprecio notable en cuanto a la posibilidad de evolucionar hacia cotas gratificantes.

En las aventuras existenciales tratamos con otra de esas entidades cualitativas muy ligada a las actitudes adoptadas, pero a la vez inaprensible; su calibración resulta imprecisa, escapa a las deliberaciones habituales. Me refiero a la CONFIANZA, de influencias decisivas para las relaciones humanas. Constituye un ingrediente relevante de cara a la incertidumbre omnipresente en las actividades cotidianas. Suele situarse en las proximidades de la sinceridad, intenciones o la preparación de los actuantes en cada evento. Debido a su importancia, cuando no aparece provoca una distorsión en la fluidez de los intercambios relacionales. A su pérdida contribuyen los rumores, insidias, mentiras u ocultamientos.

La pluralidad reina también entre los asuntos inexplicados, en ellos se refleja la diversidad de las presencias humanas. Cuando eso sucede y no disponemos de respuestas rotundas, solemos alistarnos en el bando opuesto de considerar inaceptable cualquier afirmación convincente; aunque esto tenga trampa, como veremos. La realidad de una VERDAD absoluta no está a nuestro alcance; es otro bastión desconocido en su completud. Como quien no quiere la cosa, entramos de lleno en la impresión del todo vale; pasando desapercibida la rotundidad de esa noción arbitraria, como si fuera ese el absoluto añorado. Se coló la trampa de unas verdades caprichosas desde provocaciones interesadas.

En relación a los apartados previos surge la noción relacionada con las actitudes individuales independiente de la verdad o los hechos, basada en la voluntad ejecutora de los protagonistas. Topamos con el matiz de la VERACIDAD. En definitiva, aquello que la voluntad de los emisores quiere transmitirnos. En esta cualidad intervienen factores de esas personas inaccesibles para los demás. En esto, la confianza resulta crucial. En cuanto a la captación de su predisposición, veraz o no, quedamos a merced de sus pronunciamientos. La cuota disponible de verdades puede verse anulada sin la veracidad de los interlocutores. ¡Cómo sufrimos su ausencia en público y en privado!

No queremos convencernos de la ligazón de ideas semejantes con los comportamientos; requieren de una elaboración esforzada e inacabada. En esta línea adolecemos de escasos razonamientos, de indolencia; incapaces por ejemplo de una simple definición de la MORAL. No queremos adentrarnos en las aproximaciones y menos aún en sus consecuencias coherentes sobre las conductas. A la ÉTICA le ocurre algo parecido con las apreciaciones desperdigadas sobre sus posibles condiciones. Con talantes de progreso y modernidad, huimos de dichos conceptos orientativos, que ya no sabemos de que van. Pasamos a la prepotencia de las posturas particulares sectarias.

El maremágnum organizado con las reiteradas desatenciones a las principales ideas existenciales, contribuye al desbarajuste progresivo, sin trazas de reflexión en el horizonte. Cuando la diversidad evolutiva se refleja en dimensiones cuánticas, lejos de adptarnos a la búsqueda de su mejor comprensión; nos hemos afirmado en una posición eufórica de IGUALDAD apenas perceptible en mínimos flecos. Los contrasentidos prácticos son insufribles, porque además se pretenden gestionar con los mayores ANONIMATOS, desprovistos de la responsabilidad y coherencia necesarias. Arrastramos esa nueva incongruencia de manera incomprensible, inmersos en una falsedad permanente.

Si pensábamos en un proyecto colaborativo de aspiraciones superadoras de las divergencias naturales; tropezamos también con el escollo de lo que entendemos y practicamos como CULTURA. A las disposiciones de respeto personal, razonamiento implicado con los integrantes de la comunidad y la reflexión constructiva hacia lo mejor; las hemos dejado aparcadas en aquel siglo de Kant. Las arrinconaron toda una serie de alternativas carentes de actitudes francas en busca de la armonía necesaria. Caemos de nuevo en la mediocridad rampante que nos deja inermes ante los abusos totalitarios, desprovistos de las inquietudes integradoras y sin el menor interés en la consideración de las cualidades esenciales.

Aunque el lastre mayor, inexplicable también, no reside en las incógnitas irresolubles, en esa constitución de la especie plagada de incertidumbres; sino, como signo inequívoco de necedad, en la enajenación de no asumir los grandes enigmas como estímulos para el mejor uso de las cualidades disponibles. El DESQUICIAMIENTO acumula partidarios en los puestos principales y en las pequeñas partidas, mientras la secuela de sus cegueras repercuten implacables sobre los ingenuos o debilitados.

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