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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   Identidad   Diálogo  

Trochas identitarias

Uno de los sectores identitarios relevantes radica en las labores profesionales repartidas en áreas institucionales, empresas, trabajos autónomos, familiares o individuales
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 21 de junio de 2019, 09:37 h (CET)

Las simplificaciones son riesgosas, al menor descuido caen en la simpleza. La reducción de la realidad a pocos matices genera figuras irreales peligrosas, suponen una suplantación en toda regla. Si pensamos en la identidad es preciso estar alerta. Los alardes identitarios al uso dicen inconveniencias manifiestas sin perfilar su consistencia; sus extravagancias dejan al aire sus vergüenzas. Somos seres en constante evolución, captamos y perdemos elementos; el aislamiento no es nuestra razón de ser. La cerrazón nefasta es de imposible cumplimiento. Es la fascinante disposición de los HORIZONTES relacionales abiertos el manantial de la riqueza existencial, atiende a las numerosas circunstancias vitales.

La percepción inicial es sugerente sin estridencias, surge desde los adentros personales; es un suave y tenaz SUSURRO:

Esta vez tropecé

la nada no alcancé.

El bullicio acallé,

Mas la traca noté.


Entre deseos y serpentinas,

Inquieto me quedé.


Inquietudes al desgaire

son habitual consumo

en persecución de un aire

esencial en grado sumo.


El susurro incesante

goteaba su mensaje:

No son los objetivos,

Son las artes del viaje.

En las reuniones primitivas, alrededor del fuego, unos pocos transmitían sus percepciones con el descubrimiento de las palabras. Vayan ustedes a saber porqué, o quizá lo sepamos, nos desprendimos pronto de las palabras amigas; añoradas sin atisbos de recuperación. Optamos por vocabularios y conductas menos considerados propiciados por mentalidades de una FRIALDAD sobrecogedora. ¿Habrá algún tipo de réplica? El nudo gordiano lo tenemos dentro en la intimidad, si logramos romperlo, los hielos se derretirán alrededor. La amenaza plural subsiste, las preferencias discordantes son obstinadas, consolidando una disyuntiva definitoria de las aspiraciones reales.

Frente a la pereza ¡tan natural!, las estructuras organizativas imperantes aportan ventajas por doquier a los sumisos; con el equívoco subyacente de no exponer con claridad la información disponible. Si es por sensaciones, facilitan la saturación con las más variadas demostraciones. El vértigo adquiere expresiones vitalistas agradables de dimensiones incalculables. ¡Ah!, pero en esas estábamos, ya lanzados por el TOBOGÁN alucinante, pero no nos dimos cuenta, nos faltaba la cartera con los argumentos; habían tenido el cuidado de mantenerlos escondidos. Nos falsearon la escena al completo. La trocha del tobogán es vertiginosa, apremiante, alegre; pero al fin preocupante por su carácter alienante.

Las necesidades arrecian, las soledades abruman y la edad confiere rasgos apremiantes a los ciudadanos en busca de su identidad. Como agravantes, la precipitación, la desidia, la necedad o la malicia, emponzoñan las posibles salidas. Las turbulencias nos desorientan, mientras las limitaciones nos acogotan. La impotencia es redundante. Como en tantas ocasiones, volvemos la mirada a la Naturaleza, a las gotas de agua, a la frescura de la hierba renovada, a la magia de las estrellas, como recursos para potenciar la ilusión y la ESPERANZA. Aunque tenues y efímeros, nos permiten la subsistencia menesterosa; aún estimulante para transformar las penalidades en las maneras que añadan a la novedad buenos alientos.

La experiencia en sí es confusa, nos movemos en un titubeo fascinante; procedemos sin pausas, navegantes en un mar de posibilidades, en una labor intransferible. El barullo es considerable, ensueños, sueños, percepciones, deseos e ideas.

Del frenesí de la vida no discutimos.

De los sueños siempre inacabados, tampoco.

Del soñar dormido no disponemos.

Del soñar despierto, disfrutamos.

Los hechizos y los antojos no debieran enturbiarnos los magníficos DESPERTARES, en ello nos van las enormes posibilidades posteriores.

El perfil de una persona es un árbol con infinidad de raíces y ramas. Los antecesores familiares son piezas primordiales con su influjo directo. La modelación dependiente de los entornos sociales es notoria. El discurso genético pretende explicaciones máximas. Todo parece reducirnos a unos efectos secundarios. Sin embargo, la introducción del concepto de EPIGENÉTICA cambia los enfoques; la modificación de los comportamientos, decisiones, alimentación…, originan cambios llamativos en los trazados genéticos heredados. La responsabilidad no decae, en gran parte permanece adscrita a las decisiones personales abiertas a la sucesión de variadas influencias.

Después de sucesos execrables, de comportamientos degenerados, echamos en falta las mejores cualidades; las emociones fanatizan las posturas con protestas y peticiones. El cariz acaba siendo libertario e irreflexivo, relegando los cuidados pertinentes a posiciones secundarias. Los CRITERIOS aducidos reflejan lo que son las personas o grupos actuantes. Cualquier criterio comporta áreas de desconocimiento, son aventurados entre oscilaciones inevitables; los razonamientos sirven de ligazón necesaria. En la medida de su independencia serán sospechosos de sectarismo por su aislamiento. Los criterios venturosos reflejan la personalidad cabal y dialogante de sus agentes.

Uno de los sectores identitarios relevantes radica en las labores profesionales repartidas en áreas institucionales, empresas, trabajos autónomos, familiares o individuales. Las variantes de la personalidad exigen una adaptación continuada; afrontarán esa pugna decisiva entre la eficacia y la satisfacción individual. Según se mire, la heterogeneidad favorece las iniciativas o impide las misiones conjuntadas. No obstante, el COMPROMISO sirve de cohesión para los enfoques diferenciados. Para ello, ha de ser bien entendido, por arriba y por abajo. Implica a la cúpula de los gestores y afecta a las bases. Las discrepancias, los problemas estratégicos, las malversaciones y las negligencias, apuntan a una franqueza dialogante como elemento imprescindible que define las identidades.

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