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Viendo por televisión el desfile de las fuerzas armadas españolas, un sentimiento de nostalgia me invadió

La "mili"

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Pertenezco a una generación que se tragó enterita la mili. Posteriormente, en la etapa de mis hijos, la mayoría de ellos se escaquearon y, finalmente, el 31 de diciembre del 2001, se suprimió el servicio militar obligatorio en nuestro país.

Cada uno de nosotros habla de la feria según le va. En mi época solo existían tres opciones, el reemplazo -a donde te tocara-; el voluntariado, que te permitía elegir destino y, para los estudiantes, las milicias universitarias. Yo tomé esta última opción y, con menos de 18 años, me incorporé al Campamento de Montejaque (donde hoy se encuentra la legión), durante dos veranos consecutivos. Allí nos curtimos en cien hipotéticas batallas, aprendimos a montar a caballo (o lo que fuera), pasamos hambre, sudor y lágrimas y, sin apenas darnos cuenta, maduramos en todos los aspectos. El tercer verano fue el de las prácticas y se convirtió en unas vacaciones pagadas de cuatro meses en Alcalá de Henares. ¡Hasta ahorré dinero!

Una vez contada mi batallita (no he podido evitarlo) entro en la de cada uno de mis semejantes. Con cualquiera que hables te cuenta la “mili” como una experiencia inolvidable. Se hacen amigos, se aprende a vivir lejos de las faldas de mamá y, aunque se pasa a veces mal, o muy mal, se adquiere una experiencia que te acompaña toda tu vida.

Personalmente, durante las prácticas, estuve a cargo de cien hombres en el Villaviciosa 14, de Caballería Mecanizada. Todos eran algo mayores que yo y procedían de Málaga o de Galicia. A una gran mayoría de ellos les enseñamos a conducir y se llevaron su carnet de 1ª, algunos analfabetos dejaron de serlo y todos volvieron a su tierra algo mejor que cuando salieron de ella.

Estimo que a los jóvenes actuales les convendría algo por el estilo. Con la ventaja sobre nosotros de que el ejercito español es ahora un ente moderno y adecuado al servicio de la comunidad; bien en España, con las misiones de defensa y ayuda en los momentos problemáticos (inundaciones, terremotos, incendios, etc.), o bien en los países de todo el mundo como instructores y pacificadores, o bien en la defensa de nuestros buques ante los piratas modernos. Pienso que el paso por las fuerzas armadas daría más sentido al futuro de una juventud marcada por el “dolce far niente” y las influencias televisivas que les llevan a una especie de esclavitud ante los “influencers” y los “gurus” de las redes.

Mi “buena noticia” de hoy me la proporciona la presencia de las fuerzas armadas españolas en el Paseo de Colón sevillano. Me ha hecho volver atrás más de cincuenta años al recordar, con una sonrisa en los labios, lo bien y lo mal que lo pasamos en aquellos días. La alegría de los permisos, las cartas de las “novietas”, el “un día menos” de cada retreta y el encuentro con los amigos para siempre que compartimos el pan, la sal y el petate, al final de la “cuesta del bicarbonato” de Montejaque. Es una buena noticia la demostración de que algo hacemos bien en España. Tenemos un ejército extraordinario y profesionalizado. Y sigo estimando que el paso por sus filas de jóvenes de ambos sexos, en cortos pero suficientes periodos, les vendría muy bien a España y a ellos mismos.

La "mili"

Viendo por televisión el desfile de las fuerzas armadas españolas, un sentimiento de nostalgia me invadió
Manuel Montes Cleries
lunes, 3 de junio de 2019, 16:30 h (CET)

Pertenezco a una generación que se tragó enterita la mili. Posteriormente, en la etapa de mis hijos, la mayoría de ellos se escaquearon y, finalmente, el 31 de diciembre del 2001, se suprimió el servicio militar obligatorio en nuestro país.

Cada uno de nosotros habla de la feria según le va. En mi época solo existían tres opciones, el reemplazo -a donde te tocara-; el voluntariado, que te permitía elegir destino y, para los estudiantes, las milicias universitarias. Yo tomé esta última opción y, con menos de 18 años, me incorporé al Campamento de Montejaque (donde hoy se encuentra la legión), durante dos veranos consecutivos. Allí nos curtimos en cien hipotéticas batallas, aprendimos a montar a caballo (o lo que fuera), pasamos hambre, sudor y lágrimas y, sin apenas darnos cuenta, maduramos en todos los aspectos. El tercer verano fue el de las prácticas y se convirtió en unas vacaciones pagadas de cuatro meses en Alcalá de Henares. ¡Hasta ahorré dinero!

Una vez contada mi batallita (no he podido evitarlo) entro en la de cada uno de mis semejantes. Con cualquiera que hables te cuenta la “mili” como una experiencia inolvidable. Se hacen amigos, se aprende a vivir lejos de las faldas de mamá y, aunque se pasa a veces mal, o muy mal, se adquiere una experiencia que te acompaña toda tu vida.

Personalmente, durante las prácticas, estuve a cargo de cien hombres en el Villaviciosa 14, de Caballería Mecanizada. Todos eran algo mayores que yo y procedían de Málaga o de Galicia. A una gran mayoría de ellos les enseñamos a conducir y se llevaron su carnet de 1ª, algunos analfabetos dejaron de serlo y todos volvieron a su tierra algo mejor que cuando salieron de ella.

Estimo que a los jóvenes actuales les convendría algo por el estilo. Con la ventaja sobre nosotros de que el ejercito español es ahora un ente moderno y adecuado al servicio de la comunidad; bien en España, con las misiones de defensa y ayuda en los momentos problemáticos (inundaciones, terremotos, incendios, etc.), o bien en los países de todo el mundo como instructores y pacificadores, o bien en la defensa de nuestros buques ante los piratas modernos. Pienso que el paso por las fuerzas armadas daría más sentido al futuro de una juventud marcada por el “dolce far niente” y las influencias televisivas que les llevan a una especie de esclavitud ante los “influencers” y los “gurus” de las redes.

Mi “buena noticia” de hoy me la proporciona la presencia de las fuerzas armadas españolas en el Paseo de Colón sevillano. Me ha hecho volver atrás más de cincuenta años al recordar, con una sonrisa en los labios, lo bien y lo mal que lo pasamos en aquellos días. La alegría de los permisos, las cartas de las “novietas”, el “un día menos” de cada retreta y el encuentro con los amigos para siempre que compartimos el pan, la sal y el petate, al final de la “cuesta del bicarbonato” de Montejaque. Es una buena noticia la demostración de que algo hacemos bien en España. Tenemos un ejército extraordinario y profesionalizado. Y sigo estimando que el paso por sus filas de jóvenes de ambos sexos, en cortos pero suficientes periodos, les vendría muy bien a España y a ellos mismos.

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