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Gabriel Lanswok
Gabriel Lanswok
La culpa hiere en el momento en que somos incapaces de cambiar lo que fue

Rondaba, rondaba por el mundo sin ser capaz de ver su reflejo, de ver aquello en los que se había convertido; lo había invadido todo, todo lo que lo rodeaba igual que una carroña en tierra de nadie, en poco tiempo había vuelto todo cenizas. 


No te confundas; el miedo no es algo etéreo que sin ningún poder de incidencia se va cruzando con gente inmune a él; las emociones se hacen carne, el miedo en un perpetuó bucle, con cada vuelta su poder se acrecienta, volviéndose paralizante; incapaces de mover músculo alguno, vamos retrayéndonos del mundo, nos aislamos semejantes a un difunto que no puede descansar, convirtiendo así nuestro hogar en una solitaria casa encantada; y si logramos, tarde, muy tarde, salir de aquella maligna rueda solo para encontrarnos ante el tribunal de Osiris manifestando todos aquellos arrepentimientos, el que tal si de nuestra vejez.


Cuando nos sentimos controlados por el miedo es cuando surge un dolor interno, al vernos despojados de todo el valor que sostenía nuestro espíritu, la voluntad como origen del movimiento se ve en nosotros limitada como consecuencia del terror oxidante. 


Al vernos en el espejo no reconocemos a ese pequeño niño que todos llevamos dentro, aquel niño que en su vigor su corazón latía, pero ahora todo intento vital ha desaparecido, al principio no diste cuenta del cambio, sin embargo, tan lento la noche cae, tan lento el miedo se apodera de tu cuerpo provocando un intenso deseo de huir de la muerte; más la muerte sigue rondando, más tu deceso se llevará a cabo, solo que, cuando la parca te encuentre no habrás vivido, más vivir habrás deseado, cada recuerdo está entintado con el propio acto de recordar, con la emoción del momento en que la primera memoria fue creada; la consciencia es susceptible al cambio, maleable en su estructura mental, y los sentimientos, los recuerdos ligados a esas emociones ya nos han transformado; el miedo y el arrepentimiento, la culpa hiere en el momento en que somos incapaces de cambiar lo que fue; contemplamos el pasado solo para sentir en nuestro centro un corazón sumido en fuego, sentimos las lágrimas caliente brotar en un espasmo asfixiante, intentamos respirar solo para sumirnos en un estado de inconsciencia y descomposición… por ello es que contemplar el rostro de la muerte es vivir sabiendo que llegará, sin que por ello nos volvamos incapaces de disfrutar del regalo de la existencia.

Artículos del autor

Hay ciertas fechas y festividades en las cuales se percibe que algo ha cambiado, un pequeño momento en el que existe lo viejo y lo nuevo; en donde el pasado y el futuro se observan de frente; un instante en el que se dejan ciertas cosas, ciertos recuerdos atrás. Al detenernos a pensar en el mistérico resplandor del tiempo, es fácil suponer que en realidad las cosas no son así.

Escribir cartas es ese algo que te hace replantear el tempo, la velocidad de nuestra vida, es aquello que te hace frenar, alejarte de las metas, los propósitos, las redes y la productividad… Un nuevo año ha comenzado, un nuevo año para ir a una velocidad de más disfrute, un continuar más ligero, más libre, más humano.

«¿Y él en qué trabaja?». «Él es bailarín (pintor, o lo que sea)». «Si, si, ya lo sé, ¿pero, en qué trabaja?». Es interesante como hubo un tiempo en donde el arte no se consideraba un trabajo real, similar a ser empleado de un banco, una tienda o ser chef, arte culinario; ahora ese tema, en gran parte, ha sido saldado gracias al surgimiento del internet y las redes sociales.

Es extraño observar una misma cosa desde los ojos distintos de los años, nunca se ve lo mismo, siempre se ve aquello que era de una forma más o menos profunda, dependiendo de lo que se vea y del momento en que se lo haga. Me levanté esta mañana con la intención de escribir esta columna, el tema lo ignoraba, se me ocurrió entrar a Google. No sé si has notado que cuando te pasa algo malo el mundo se asemeja peligrosamente a Google, es inmediato, las frases positivas “new age” abundan.

Hace unos dos mil cuatrocientos años fue ejecutado un hombre, un hombre gordinflón, un poco feo y bastante extraño, un hombre cuyas agudas preguntas lo condenaron a morir de forma dolorosa, aunque, según Platón, fue un hombre cuya dignidad y humor nunca abandonó. Sócrates murió por el hecho de hacer preguntas.

Me gusta ser humano, en verdad que sí, pero la realidad es que resulta complicado, como cuando estás en tu habitación escuchando música clásica mientras afuera la música electrónica se impone con su velocidad, es ahí cuando me levanto y agarrando los audífonos vuelvo a la inmersión previa a la distracción. Gracias a que somos humanos podemos imaginar, amar, crear y aprender de forma racional.

Intentemos recuperar el honor y la valentía de un niño, los conflictos se han vuelto reales y los peligros también, lo positivo es que nuestras capacidades crecen con nosotros. Además, ¿qué otra opción tenemos más que afrontar la vida y sus grandes y tristes obstáculos?

 
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