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Gabriel Lanswok
Gabriel Lanswok
Dejemos las plumas, vivamos, escuchemos, observemos el mundo y solo así tendremos algo que decir

Ya no puedo decir nada. Es verdad, no puedo. Las palabras no salen, tan simple como eso. Han sido desgastadas.


Francés, hermoso idioma. Español, mi lengua materna. Inglés, el idioma del capitalismo y de la ciencia, así como, de la tecnología. Coreano, el idioma de la que fue mi abuelita adoptiva. Todos los idiomas sirven para lo mismo, comunicar; la palabra se creó con ese fin. 


Es claro que todo lo que existe es propenso a ser usado para fines políticos o ideológicos, sin embargo, el origen es el que nos dice el objetivo real más allá de lo que un grupo de personas pueda decir. Por ejemplo, hay un principio que dice que la ciencia debe progresar continuamente, así que, podríamos decir que la ciencia no es perfecta, quien dice lo contrario prepondera la bandera del dogma (sí, el dogma no es solo religioso). La palabra se creó con ese fin, por eso es por lo que constantemente cambia, al transformarse la sociedad también lo hace el lenguaje. Nosotros podemos usar la palabra como mejor creamos, esa es nuestra libertad, lo importante es que sea efectiva, que los demás nos entiendan, sino no hay comunicación, estaríamos hablando de una sucesión de sonidos indefinibles, semejantes a los sonidos de un pequeño bebé.


Sin embargo, hay un dicho que no realza la palabra, enaltece el silencio: «Quien es sabio piensa dos veces antes de hablar». Con un escritor pasa lo mismo, es más importante saber callar, un libro escrito en fatiga mental es lo mismo que hacer el amor distraído en los quehaceres del mañana… ¿para qué? Un libro, un poema, una canción deben ser escritos cuando se tiene algo que decir, cuando se tiene algo que contar o comunicar; si se hiciera de otra forma estaríamos desgastando el lenguaje, vulgarizándolo, llevándolo a un estado primitivo de sonidos inentendibles, banales, que no deben perdurar en una impresión. 


¿Cómo nos damos cuenta de que es hora de hacer silencio? Simple: Cuando podríamos hacer otras cosas, cuando no escribir se vuelve placentero, cuando escribir se torna pesado, cuando tenemos miedos, cuando tenemos un bloqueo que no es más que el aviso de que tenemos que callar y vivir fuera de la página.


Dejemos las plumas, vivamos, escuchemos, observemos el mundo y solo así tendremos algo que decir, algo que comunicar, solo así seremos capaces de sacar brillo a aquella sucesión de signos, sonidos y emociones, solo así podremos “ser honestos” como decía Ernest Hemingway.

Artículos del autor

La vida es nuestra hoja en blanco a la que muchos le tenemos miedo, sin embargo, una gran excitación por vivir y aprovechar cada segundo y sentir la eternidad del presente también crece en nuestro interior. La dualidad de la que las tradiciones hablan también se da aquí. El temor a vivir no es ajeno al gusto por hacerlo, es el complemento en este presente sistema de cosas.

Apagué la luz, la fiesta llegaba a mis oídos, las cortina cerradas esperaban al hilo del sueño; las mujeres cantaban, no tenía mayor importancia ese hecho, lo que llamó mi atención fueron tres voces masculinas que discutían sobre temas que no entendían. Entre las sílabas y palabras entrecortadas por canciones banales intuí que era una conversación idónea de copas.

Gracias a la curiosidad y al amor por el aprendizaje seremos mejores, sin embargo, no debemos dejar que el conocimiento ahogue aquello que sirve de fundamento, aquello a lo que Sócrates llamo virtud. La capacidad de saber vivir, el buen vivir en otras palabras. Tomémonos nuestro tiempo para aprender, con tranquilidad aceptemos nuestras limitaciones.

Existe una teoría que afirma que hay personas que trabajan mejor por las tardes-noches que por el día. Da igual (para esta columna) que sea cierto o no. Lo que nos interesa es la visión que se tiene del poeta o el escritor romántico, aquel personaje que tiende a aislarse del mundo para trabajar en su siguiente obra maestra; a menudo ocurre que el libro tarda años en dejar el despacho que lo concibió, a menudo el autor reescribe su obra hasta que ya no queda nada de aquel primer borrador; la historia o la forma, el final o el inicio, pero, es indudable, que algo ha cambiado.

«Luego de dos semanas de la segunda dosis tienes un 50% en casos leves, te puedes contagiar, sin embargo, en casos graves la protección es en un…». «Yo en cambio pongo el hombro y que me inyecten lo que vayan a inyectarme».

Los libros, la naturaleza, la virtud, el teatro, la poesía, el detenernos y pensar acerca de lo que nos rodeaba, acerca de nosotros mismos. Aquel volverse a lo real más allá de lo digital, perdido entre las conversaciones de WhatsApp y los textos monosilábicos. Ya no existe ese pensar, reescribir una carta, el mancharse los dedos de tinta y pintar aquello que alguna vez perteneció a la memoria.

La paz es una cualidad difícil de ver y sentir en la actualidad, en un momento en donde gran parte de lo que vemos y escuchamos se relaciona con lo difícil que es morir. Ayer me enteré de que alguien conocido, cercano, había muerto. Uno más a la lista. En esta pandemia hemos visto a la gente morir, ha sido algo más público, aunque bien sabemos que la gente moría antes y morirá después, incluyéndonos. Una realidad que es difícil aceptar.

Cuando vencemos esa barrera somnolienta del mundo moderno, la lectura se vuelve una forma más de vivir, de experimentar situaciones y emociones que bien no pertenecen a nuestra realidad pero que indudablemente se vuelve un recuerdo más que se funde en la mentira de nuestra memoria, empezamos a sentir una imagen anterior de otra forma, con otra textura y color.

 
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