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Gabriel Lanswok
Gabriel Lanswok
En la sociedad actual tiene un mayor peso el obtener dinero que la familia, el éxito profesional más que el éxito de nuestro matrimonio

Me gusta ser humano, en verdad que sí, pero la realidad es que resulta complicado, como cuando estás en tu habitación escuchando música clásica mientras afuera la música electrónica se impone con su velocidad, es ahí cuando me levanto y agarrando los audífonos vuelvo a la inmersión previa a la distracción. 


Gracias a que somos humanos podemos imaginar, amar, crear y aprender de forma racional; sin embargo, a menudo el futuro se vuelve peligroso ocasionando que nuestro cortisol aumente provocándonos ansiedad, en otras ocasiones es posible que el pasado crezca tanto que se vuelva nuestra cruz, la culpa y la depresión se tornan imposibles en nuestro interior, los pensamientos son demasiados, controlarlos, imposible… Me gusta ser humano, en verdad que sí, solo que las preocupaciones postmodernas, con vestido de ángel-racional, cada vez se vuelven más importantes, siendo absurdo, ya que, en realidad, son absolutamente intrascendentes.


En la sociedad actual tiene un mayor peso el obtener dinero que la familia, el éxito profesional más que el éxito de nuestro matrimonio o de nuestra familia, si algo no es de nuestro agrado mejor terminarlo, cambiar de novia igual que de camisa, cambiar de profesión igual que de pantalón; mientras nuestros padres eran felices trabajando en su tiendita, nosotros nos deprimimos al no tener el trabajo vocacional de nuestros sueños; los seguidores que obtenemos al subir fotos semidesnudos valen más que los amigos íntimos que podamos ganar al interactuar más allá  del mundo virtual; nuestra identidad como avatares virtuales tiene más peso para nuestra autoestima que nuestra identidad real, da la sensación de que se hizo realidad  la frase: «si no estás en las redes sociales no existes», hemos desaparecido al poner un stop al Instagram, al Tik-Tok, al Youtube, dejamos de ser padres hasta que subimos nuestra foto del día con nuestros pequeños, dejamos de ser escritores hasta que subimos un Tik-Tok con nuestra pluma manchando la hoja.


Todo se ha vuelto frívolo, lo virtual no es lo real, lo rápido no siempre es lo mejor (nunca salen las cosas bien cuando la productividad vale más que la paciencia), la poesía de redes se asemeja a la autoayuda, es bonita y nada más, un dulce de calorías vacías, no existe filosofía ni comida nutritiva en el mundo productivo en el que vivimos, ya que, la filosofía toma tiempo, igual que la buena poesía o la comida nutritiva, sin embargo, el mundo virtual premia la voluptuosidad del contenido más que la calidad del mismo, entre más videos se suban a Youtube más seguidores ganarás, igual que en todas las demás redes, Twitter premia cuando has publicado unas seis veces al día. Una vida entre pantallas, sin voluntad más allá del mundo real, inútil más allá, donde todo se vuelve real.


De forma magistral el filósofo español José Carlos Ruiz nos lleva de la mano por estas cuestiones en su libro: «Filosofía ante el desánimo». Una mirada distinta a la interrogación sobre la identidad y el mundo postmoderno en el que vivimos, ocasionando una profunda reflexión sobre nuestras propias decisiones, alentándonos a vivir de forma más auténtica y personal, a dejar de ser parte del sistema para volvernos individuos con identidad propia.

Artículos del autor

Intentemos recuperar el honor y la valentía de un niño, los conflictos se han vuelto reales y los peligros también, lo positivo es que nuestras capacidades crecen con nosotros. Además, ¿qué otra opción tenemos más que afrontar la vida y sus grandes y tristes obstáculos?

El tener conocimiento es agradable; a veces, no tanto adquirirlo. Lo cierto es que nos gusta saber cosas. Los seres humanos somos curiosos, lo que nos ha llevado a lograr descubrimientos que se simulaban imposibles; aunque, también, a meter las narices donde no nos llaman ocasionando la reafirmación de la frase: «La curiosidad mató al gato».

Ser extraño, exagerado, raro, especial, rechazado, ser diferente o normal, culto o vulgar, amoroso, irascible, melancólico al tiempo que eufórico; da igual el calificativo que usen al etiquetarte, así como da lo mismo el calificativo que tu expongas en contra o a favor de ti mismo. Las opiniones son inevitables, incluso necesarias, sin embargo, no son más que eso, opiniones y puntos de vista.

Un libro, un poema, una canción deben ser escritos cuando se tiene algo que decir, cuando se tiene algo que contar o comunicar; si se hiciera de otra forma estaríamos desgastando el lenguaje, vulgarizándolo, llevándolo a un estado primitivo de sonidos inentendibles, banales, que no deben perdurar en una impresión.

La vida es nuestra hoja en blanco a la que muchos le tenemos miedo, sin embargo, una gran excitación por vivir y aprovechar cada segundo y sentir la eternidad del presente también crece en nuestro interior. La dualidad de la que las tradiciones hablan también se da aquí. El temor a vivir no es ajeno al gusto por hacerlo, es el complemento en este presente sistema de cosas.

Apagué la luz, la fiesta llegaba a mis oídos, las cortina cerradas esperaban al hilo del sueño; las mujeres cantaban, no tenía mayor importancia ese hecho, lo que llamó mi atención fueron tres voces masculinas que discutían sobre temas que no entendían. Entre las sílabas y palabras entrecortadas por canciones banales intuí que era una conversación idónea de copas.

Gracias a la curiosidad y al amor por el aprendizaje seremos mejores, sin embargo, no debemos dejar que el conocimiento ahogue aquello que sirve de fundamento, aquello a lo que Sócrates llamo virtud. La capacidad de saber vivir, el buen vivir en otras palabras. Tomémonos nuestro tiempo para aprender, con tranquilidad aceptemos nuestras limitaciones.

Existe una teoría que afirma que hay personas que trabajan mejor por las tardes-noches que por el día. Da igual (para esta columna) que sea cierto o no. Lo que nos interesa es la visión que se tiene del poeta o el escritor romántico, aquel personaje que tiende a aislarse del mundo para trabajar en su siguiente obra maestra; a menudo ocurre que el libro tarda años en dejar el despacho que lo concibió, a menudo el autor reescribe su obra hasta que ya no queda nada de aquel primer borrador; la historia o la forma, el final o el inicio, pero, es indudable, que algo ha cambiado.

 
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