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Francisco Vélez Nieto
Francisco Vélez Nieto
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los democráticos"

Hoy, ya vemos cuan oscuro nuestro panorama, el adiós a las ideas y los compromisos han ido declinando para dar paso a capítulo de la desmemoria política y social, que viene provocando una cascada de degeneraciones, por eso conviene señalar con claridad donde se encuentra uno, aunque sea a la manera de Perogrullo. 


Tenemos andaluces del tírame la foto y cuenta corriente, andaluces con rostro de cemento, que a mayor barbaridad mejores caudales al bolsillo, cementerio de inútiles con nómina que viven del pasado, mandaderos que van a por tabaco a los nuevos señoritos y que tienen a media familia y alguna amiga metida en nómina con el cuento del alfajor. Pudiéndose con absoluto descaro la escalada hacia arriba, donde lo posible e imposible de la degeneración y desmemoria se encuentra cobijo y pitanza en el tinglado, los colocados en los puestos claves amenazando con el “que me voy”, si no les dejan meter la mano en el cajón.


De aquí la explicación la propia razón del título de este artículo. Soy andaluz de Andalucía de los que creen que esta tierra merece la pena luchar por ella. Por eso no está de más recordar aquella canción tan de moda cuando el gallego, de “Sí yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería”. Merecería la pena cantarla por sevillanas en las próximas ferias de la tierra.


Mas llegó la hora de echar el cuarto de espada de verdad por Andalucía y muchos, pero no tantos, pusimos todo lo que fue posible y con cierto riesgo sin llegar a mártir por la patria, y la esperanza inició su andadura. Y la idea de una Andalucía más libre y digna y culta fue ganando espacio, pero como siempre suele ocurrir se le calentó la boca a más de un listillo y entendieron, que aquello se podía convertir en el negocio del siglo con cuenta corriente a nombre de los cabales y vengan discursos andalucistas en el foro. De tal forma que significó el inició, la degeneración de una idea de cambio demócrata y si se me apura inclinada a la izquierda, donde muchos andaluces y andaluzas de esta tierra teníamos cabida. Con las frustraciones empezó el abandono y el desencanto. Circunstancias que propiciaron cubrir los espacios por los aprovechados que vieron que el filón daba para mucho. Y lo dio para llenar bolsillos con sus cantos de sirenas.


Comprendo lector que sólo leer el título de este artículo puede obligárseles a pensar que el autor de esta crónica o pretende tomar el pelo o carece del suficiente ingenio para titular un artículo: Sin género de dudas advierto, no ser un andaluz de Galicia, por ejemplo. Pero es que cuando no se quiere ser andalucista, que es mi caso, esto no quiere decir que quiero dejar de ser Andaluz, un repique de campanas.


Sentir y luchar por las cosas de la tierra sin cargo al erario público, es lo que me obliga a dejar bien transparente la clase de andaluz que se debe pretender ser. Porque como todos sabemos, tenemos andaluces de muy diferentes modelos y pelos. Por ejemplo: antes de la fiebre andalucista de “pueblo viejo y sabio” teníamos el andaluz folclórico o coña marinera de “Andalucía lo mejor del mundo” “Ele la gracia a espuertas”, estaba también la Andalucía de la gamba en la mejilla, la de “Viva España y Jerez”, pero de una u otra forma por costumbre o porque la autoridad competente del régimen te podía llamar al orden, aquello se soportaba e incluso en muchas ocasiones se caminaba junto aunque no revueltos.


«Los andaluces»

Decían: «Ojú, qué frío;»

no «Qué espantoso, tremendo,

injusto, inhumano frío».

Resignadamente: «Ojú,

qué frío…» Los andaluces…

Artículos del autor

Puede ser que con los años las arrugas suman los recuerdos, florecen en uno como solidarios con aquellos que la delicada poeta María Sanz, aborda en el regreso a casa el palpitar herido de la historia de amor, como el dolor heredero de ese tiempo que la introduce en la soledad de la meditación, donde la sentida descripción de esa estancia vivida.

Al volver de un día completo disfrutado de una visita a mi pueblo, me he encontrado con un correo en casa. Es semejante a otros años cuando se aproximan las grandes fiestas de final de diciembre, cuando suelen preguntarme algún joven periodista de aquí y allá en prácticas, sobre qué libro recomendaría como regalo.

En este libro, Santos Juliá cuenta la recuperación de la palabra del hombre, entre el adiós la permanencia, de Javier Pradera, el intelectual que nos ha dejado rica obra y talante ético. El libro entre las manos, abierto sencillamente como lector para iniciar la lectura de la bien ajustada obra de Santos Juliá en la que cuenta la recuperación, entre el adiós y la permanencia de Javier Pradera, el intelectual que nos ha dejado su rica obra y talante ético.

“Don Quijote soy, y mi profesión la de andante de caballería. Son mis leyes el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y de la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil". Razones juiciosas estas del Caballero andante, sutíl escudero Sancho bien que la conocía en muchos de los capítulos de esta obra que nunca envejece.

La densidad de esta narración, como en toda la obra de H. James 1843-1916, se apodera del lector desde la primera página. Ese logro alcanzado con la elaboración literaria del personaje de una joven telegrafista, ocupará toda la atención del lector a medida que la narración va describiendo con minuciosidad su lugar de trabajo, ese entorno y ambiente que una joven silenciosa de sensibilidad extrema, respira dentro de la “jaula” y fuera de ella.

En más de una ocasión suelo insistir en la necesidad de la relectura pues aumenta el gozo y descubre nuevas luces y leer es volar hacia universos, lo que resulta propicio al compás del tiempo tallador de la vida que se nos va arrugando. Sólida razón que le hace a uno ser más exigente en cuanto a gustos y placeres de ese deleite que es la lectura de calidad.

La poética de Carmen Ramos siempre lleva consigo en sus versos el tiempo vivido mostrando la experiencia del sentimiento, tanto en lo propio como en lo cercano y ajeno, representando que lo hace partícipe de esa experiencia que representan sus versos.

 
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