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Rafael Merino
Rafael Merino
Cuarto campeonato de Copa del Rey consecutivo para el Barcelona (iguala un récord de 85 años) tras un encuentro sin competitividad y donde brilló Iniesta

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El Barcelona continúa como Campeón de la Copa del Rey. Otra temporada más. Y ya van cuatro ediciones ganadas de manera consecutiva. Lo que ello significa alcanzar un récord histórico que nadie repetía desde hace 85 años, cuando lo hizo el Athletic de Bilbao (allá por 1933) y con anterioridad el Real Madrid (en 1908). El Barcelona registró este dato tras deshacerse de manera cómoda, muy cómoda y con una lección de clase y toque de Iniesta, a un Sevilla que no compareció en el Wanda Metropolitano (sí lo hizo su hinchada). Dos tantos de Luis Suárez y otro de Messi (también se apuntó su récord de marcar en cinco finales, como hizo antaño Zarra) sentenciaron el encuentro antes de alcanzar el descanso. Iniesta firmó el cuarto para redondear un encuentro excelso.

No existe una puesta en escena más desastrosa. Y más tratándose de una final, en este caso de una Copa del Rey. El Sevilla apareció carente de tensión, trasmitiendo miedo, atrincherado en defensa y dejando maniobrar al Barcelona. Se trataba de una impropia de una final. No había atisbo alguno de sangre en las venas. Era una actitud suicida. O más bien un desinterés en el encuentro. Y más cuando enfrente está el Barcelona, cómodo en el trato del balón y rápido en los movimientos. La ecuación se cerró a los 13 minutos de encuentro, cuando el Sevilla recibió un golpe directo al mentón. En tres toques: despegue de Cillisen en largo, a la carrera de Coutinho (con despiste de Escudero), quién asistió a Luis Suárez (aprovechó el mal posicionamiento Lenglet). El uruguayo marcó a placer.

Entre Suárez y Messi
No embocó el Barcelona a la primera. Antes de esa jugada, Soria evitó un tanto de falta de Messi. Su estira fue digna de enmarca en un cuadro. Poco antes, el mismo Soria despejó de puños otra aproximación con peligro del Barcelona. Los azulgranas se sentían cómodos, como en el jardín de su casa. Toque y toque al son que marcaban Rakitic y un omnipresente Iniesta. Quizá sería recomendable que alguien evite su marcha a China. Busquets, por supuesto, cubriendo las espaldas. Y Coutinho también se animó a participar con decisión. El Sevilla miraba como un espectador más. Y encajó el tanto. La banderilla escoció al Sevilla.

Se animó a tomar contacto con el esférico, aunque de manera tan imprecisa como inconsistente. Pese a todo, tuvo dos acercamientos al área del Barcelona. Lo único potable fue un manso remate de cabeza de Muriel. Si eso era un atisbo de desperezarse, Iniesta se encargó de recordar quién mandaba sobre el césped. Jugada de calidad individual y balón a la cruceta. Otra vez el miedo en el Sevilla y eso que el ‘Mudo’ Vázquez emuló a Muriel. La respuesta conllevó el segundo del Barcelona, en este caso de Messi. El argentino sólo tuvo que empujar el balón tras una combinación de tiralíneas entre Jordi Alba e Iniesta. Con este tanto, Messi iguala un récord de 68 años de historia, pues con este tanto ya son cinco veces consecutivas marcando en una final de Copa del Rey. Como el histórico Telmo Zarra.

Este segundo tanto ya finiquitó cualquier aspiración -si las había- del Sevilla. Se entró en otro escenario: dar patadas. Mercado y Escudero vieron amarillas. Y en esas se estaba cuando Messi dibujó una asistencia medida al desmarque de Luis Suárez. Sí, llegó el tercero y con ello el cierre de una Copa del Rey que nunca existió. El Sevilla nunca compareció. El Barcelona se movió a placer, estuvo inspirado en ataque y con la disposición necesaria para afrontar un encuentro de estas características.

Afición del Sevilla, lo mejor
Tampoco apareció el orgullo del Sevilla. Los brazos estaban bajados también tras el descanso. El Barcelona prosiguió con su libreto: presión, toque y verticalidad. Y antes de los diez minutos de la reanudación, Iniesta (despedido con una increíble ovación al ser cambiado. se marcó una jugada de clase, regate y desborde. Golazo para sumar el cuarto tanto en el casillero azulgrana. El quinto corrió a cargo de Coutinho, de penalti. Quizá nunca disfrutaron de una final tan placentera. Todo iba a viento a favor. Y eso es mucho cuando se trata de equipos de calidad a raudales. Lo disfrutó la afición blaugrana; lo sufrió el seguidor del Sevilla, de lo mejor del otro bando, con su cántico del himno. Les fallaron sus jugadores; en consecuencia, el Barcelona se proclamó campeón de la Copa del Rey por incomparecencia del Sevilla.

Artículos del autor

El Joventut se aprovechó de tal circunstancia, con canastas relativamente sencillas, y hasta se sacudió la presión del que se sabe con el agua al cuello.

No hubo nada más que exponer la receta con la que España se hizo un puesto en el Olimpo del fútbol, y que parece haber rescatado, pulimentada y rejuvenecida de cara a su comparecencia en Rusia.

Pero el verdadero foco estará arriba, en la delantera: Diego Costa, Rodrigo (valor al alza) y Aspas deberán mostrar sus virtudes para ser ese delantero centro que tanto se echa en falta en España.

Al descanso, el Valencia acabó mandando en el marcador (38-35) al mutarse extrañamente el rumbo: el Real Madrid falló desde el perímetro (1 de 12 intentos; sólo convirtió Thompkins) y el Valencia demostró su eficacia en el tiro de dos puntos: más de la mitad de sus tiros acabaron dentro (55% contra un 42% desde el triple).

Con esa ventaja, el Real Madrid se manejó con solvencia (y sólo sumó un triple más a los dos conseguidos en los dos primeros cuartos) hasta cerrar el cuarto con mayoría en el marcador; aunque, en ningún caso, inalcanzable (64-55).

A cuatro días de concentrarse en la Copa del Rey -huelga de jugadores mediante-, el Real Madrid pondrá rumbo a Canarias con una sonrisa de alivio.

El esloveno desapareció y el Real Madrid se resintió.

Ciertos desajustes que hicieron que el descanso se alcanzara con caminos cercanos en el marcador (40-38), aunque a los puntos, el Madrid era vencedor: por protagonistas (Campazzo, Carroll, Doncic) y por ganas.

 
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