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Rafael Merino
Rafael Merino
El base ruso ofreció una clase magistral de cómo dirigir y anotar (20 puntos) para obrar la primera derrota del conjunto blanco en la Euroliga.
O se descubre el talento o se compra. O se tiene un diamante como Doncic o se paga la calidad de Shved. Así se mueve el Real Madrid -con un presupuesto sobre los 25 millones de euros- o los nuevos ricos de la Euroliga, el imberbe conjunto moscovita del Khimki, cuya inversión supera cómodamente la treintena de los millones de euros. Codo con codo con el histórico y todopoderoso CSKA de Moscú. A su estrella, un genio como Shved, le acompañan una notable representación de americanos, donde se alinea un número 5 del draft como Robinson; sin suerte en la NBA y revelación del curso en Europa. Sólo Doncic le supera. Esta noche, el héroe fue Shved.

Enseguida se notó que era un encuentro para aquellos jugadores con más talento. Es decir, para Doncic en el Real Madrid: 12 puntos al descanso y marcando los biorritmos de los blancos. Asume con una pasmosa facilidad las riendas del barco. No le tiembla el pulso. Lo mismo sucede a su alter ego en el Khimki. El base Shved hace honor a su puesto. Dirige como los ángeles y cuenta con unas condiciones innatas cuando encara la canasta. Otros 12 puntos al descanso en su casillero. Y sobra comentar que con él en pista, el Khimki marcaba los tiempos. Al descanso, las distancias no eran definitiva (39-45). Ni siquiera preocupantes, como cuando los rusos se fueron por 12 de ventaja (28-40).

Entonces, Shved era el amo del encuentro. Doncic o no estaba en cancha o acusaba esa plaga de nervios y despropósitos que afectó al Real Madrid durante más de seis minutos, tiempo en donde sólo fue capaz de anotar 5 puntos. Con la vuelta del esloveno, y tras asentarse el prometedor base blanco, el Real Madrid recuperó la autoestima y la alegría en su juego, así como una mayor fortaleza defensiva, su verdadero talón de Aquiles desde el comienzo, puesto que en el primer cuarto, su zona -a pesar del anticipado regreso de Randolph- era un coladero: 18 de los 25 primeros puntos del Khimki. Lo mejor para ellos, pues su otra estrella, Robinson, hizo dos faltas en apenas dos minutos. Los escuderos de Shved, entonces, fueron Anderson, Thomas y, en menor medida, Gill.

Apagón de genios
Doncic asumía, por el contrario, todo el poder. Ninguno de sus compañeros encontraba la continuidad en su juego. A veces, esto resulta positivo, pues siempre están todos conectados y habla bien de la profundidad de banquillo; otras veces, la mayoría, no es buena señal depender en exceso de un chico, maravilloso, eso sí, pero un chaval de 18 años. Y la cuestión era también mejorar en defensa. Hasta entonces, muy permisiva. No lo fue con Anderson, al que Ayón sacó la cuarta falta (y aportó sus puntos), ni con sus compañeros: dos puntos en tres minutos. Nada más volver de la caseta, el Real Madrid había volteado el marcador (48-47) con un parcial de 9-0. Volver a empezar un encuentro ya sin Doncic -marcado por Jenkins- y sin Shved -sujeto a Taylor- tan libres como antaño.

El equilibrio desapareció en un santiamén. Del 48-47 se pasó a un 48-56, con Jenkins y Gill como ejecutores. Vuelta a remar en el Real Madrid. Y sin Doncic; Campazzo tomaba el mando. El panorama era preocupante. Jenkins seguía sumando y Robinson demostraba capacidades atléticas y defensivas: 52-61. A dos para el final del tercer cuarto. Bartzokas (otrora entrenador del Barcelona) decidió intervenir para molestar a su equipo: sus protestas permitieron cinco puntos al Madrid cuando peor pintaba el panorama. Aun así, los blancos coronaron el cuarto con una clara desventaja, en puntos y en juego: 59-66.

Shved sobre Doncic
Nada que fuera insuperable, pero sí se quería sumar la undécima victoria seguida del curso y mantenerse al frente de la Euroliga, el Real Madrid necesitaba reencontrarse con el Real Madrid: defensa, transiciones veloces y efectividad. Lo pareció recuperar, a base de coraje, nada más arrancar el acto de desenlace: 69-68 en sólo dos minutos y medio. Y el Palacio entró en ebullición. El ambiente ya era el deseado. Faltaba rematar una tarde un tanto grisácea. A contracorriente más bien, porque Shved volvía a actuar: 8 puntos seguidos. Era el momento del líder, del talento, del poder del dinero (69-75). Quedaban 5 minutos. Menos diferencia a falta de 3 minutos: 77-80. El coraje mantenía vivo al Real Madrid. Una falta de Ayón en ataque y una canasta errada elevaron el nivel de dificultad. Sólo quedó un minuto para la heroica. Estuvo cerca. Carroll, la acercó (80-82); Shved falló el tiro de la puntilla; y Doncic -sin pólvora en la segunda parte- se jugó el triple para ganar. Lo erró. Venció el Khimki; ganó el talento de Shved.

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