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Rafael Merino
Rafael Merino
El serbio conquista, por tercera vez en su carrera, el torneo de Madrid al imponerse en una final un tanto desdibujada al griego Tsitsipas (6-3 y 6-4), situándose con 33 Masters 1000 y posicionándose como un claro ganador para Roland Garros.
Novak Djokovic volvió a coronarse en Madrid. Por tercera vez en su carrera (ya ganó en 2011 y 2016), el serbio sitúa el Mutua Madrid Open en su prestigioso palmarés. Este triunfo, además, conlleva otros premios adicionales: alcanza su trigesimotercer Masters 1000 (los mismos que Rafa Nadal) y presenta sus credenciales en la carrera que desemboca en Roland Garros. Lo que viene siendo un triplete. Y lo hace porque el tenista serbio exhibió un tenis de alta escuela, con un saque poderoso (84%) y mezclando buenos golpes de derecha o revés que coquetean felizmente con las líneas para ofuscación de sus adversarios; sin olvidarse de sus dejadas o buenos restos ganadores. Y claro, ese paralelo marca de la casa. Dibujó varias obras de arte con este recurso. Djokovic ganó por su tenis y porque Tsitsipas no fue ese tenista que amargó a Nadal.

No hubo que esperar demasiado tiempo, incluso hubo gente que se sentó en sus asientos con el encuentro ya ciertamente desnivelado. En apenas 8 minutos de encuentro, Djokovic mostró sus dotes de campeón (es el actual número 1 del circuito y uno de los pocos tenistas que puede presumir de haber ganado los cuatro Grand Slam y todos los Masters 1000). Ganó su saqué cómodamente en dos ocasiones y aprovechó el primer break del que dispuso. Tsitsipas ni se enteró. El griego ni contuvo el saque del serbio ni consiguió hacerle frente cuando el intercambio de golpes se extendía en el tiempo. Quizá había una mezcla de cansancio y de nerviosismo, pues el griego disputaba su segunda final de Masters 1000 (perdió en Toronto ante Nadal).

Enfrente, y no sólo era juego, estaba un Djokovic en plenas facultades mentales. Ha vuelto con su equipo de siempre y está más sereno en todos los sentidos. Y eso se nota cuando salta a una pista, sea o no de arcilla. Si es de tierra, el serbio se mueve con una agilidad plástica asombrosa, desprendiendo un tenis elegante y efectivo, así como capaz de situar cualquier pelota con el ángulo más insospechado y en el sitio perfecto de la línea adonde nadie llegaría. El Djokovic firme y sereno no se distrajo en el resto del primer acto. Lo cerró en 41 minutos y porque seguramente administró sus fuerzas. Tsitsipas estaba alejado de su mejor versión. Nada de desparpajo ni de ese tenis constante que evidenció ante Nadal.

Esto no impidió que el griego recibiera los aplausos de Madrid tras verle conseguir algún buen golpe ganador o alguna dejada de esas que abren bien los ojos del espectador. A sus 20 años desprende un gran porvenir. Pero poco más y eso es insuficiente cuando enfrente está Djokovic. El serbio se sentía ganador, tan ganador como para echar por la borda dos bolas de break al tercer juego del segundo set. Tras ello fue dejando avanzar el encuentro hasta que decidió apretar el acelerador. Con un 4-4 en el marcador, el serbio hizo un break en una demostración de poderío tenístico: devolvió un remate casi a la línea de fondo y superó con un preciso passing shot de revés al griego. Sólo quedó rematar, ya con su saque, su tercera conquista de Madrid, a lo que siguió un ejercicio de ganarse al público de Madrid: “Este torneo es de los más grandes del mundo. Me hace mucha ilusión jugar en Madrid”, dijo en español antes de asegurar que está con “confianza, convencido en sus opciones y con una buena calidad de tenis”. Palabra de Djokovic tras hacer un triplete en Madrid.

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