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Jaime Moreno Tejada
Jaime Moreno Tejada
Varios estudios advierten del peligro de que China compre materias primas sin invertir en la industrialización del continente
Las relaciones comerciales entre China y América Latina se remontan, al menos, a la época del Galeón de Manila. A pesar de ello, el puente entre los dos lados del Océano Pacífico ha sido siempre tenue. Aunque ahora las cosas comienzan a cambiar, y lo hacen al ritmo que impone la economía más veloz de todas las conocidas en la historia.

En apenas diez años, China ha penetrado los mercados latinoaméricanos, hasta convertirse en el segundo inversor del mundo en la región, sólo por detrás de Estados Unidos, y por delante de España, que últimamente se despeña en brazos de la Crisis.

España saldrá de su agujero, o eso se cree, dependiendo de cuándo lo haga el resto de Europa. Pero lo que es inevitable es el ascenso de Asia, y en particular el de China, en todos los países de Hispanoamérica, el Caribe y Brasil.

Los datos ofrecidos por un informe reciente del Banco Asiático de Desarrollo son los que cabía esperar: el comercio entre Asia y América Latina ha crecido a un ritmo superior al 20% anual desde el año 2000. En este tiempo, Asia se ha hecho con el 21% del intercambio comercial latinoamericano.

Hace un par de décadas el mundo miró con asombro el auge de los llamados “tigres” asiáticos: Corea del Sur, Taipei, Hong Kong, Singapur. Ahora la escala de crecimiento económico en Asia –con India y China al frente– se ha multiplicado de manera exponencial.

La mayor parte de este incremento se concentra en un puñado de países. En el lado asiático, el 90% del comercio con América Latina está en manos de China, Japón, Corea del Sur e India. En el lado americano, otros cuatro países (Brasil, México, Chile y Argentina) monopolizan el 80% del comercio con Asia.

Podría pensarse que los profundos cambios experimentados por ambos continentes en los últimos diez o quince años –cambios que tienen que ver con la existencia de un marco político suficientemente estable para el desarrollo económico continuo– han alterado la estructura tradicional de dichas relaciones. Pero no ha sido así: América Latina vende materias primas a China, a cambio de manufacturas.

El 70% por ciento de las exportaciones latinoamericanas a Asia lo constituyen mineral de hierro, cobre, soja, petróleo, azúcar, pasta de papel y productos avícolas. Asia exporta desde barcos a motocicletas (las relativamente baratas marcas chinas e Indias han transformado el paisaje urbano de lugares como Bogotá, donde antes sólo había lujosas motos japonesas) pasando por electrónica y repuestos.

Dicha continuidad histórica en el intercambio comercial latinoamericano ha hecho saltar algunas voces de alarma. El pasado 14 de abril, la influyente web financiera MarketWatch (MW) publicó un artículo (“China and the death of Latin America”) que avisaba de la falta de diversificación económica en el reciente desarrollo latinoamericano.

MW sigue la pauta iniciada por el libro The Dragon in the Room: China and the Future of Latin American Industrialization (2010) de Kevin Gallagher y Roberto Porzecanski, en el que se contrasta la penetración china en los mercados manufactureros del mundo con la superficialidad de su intervención en el continente latinoamericano. El resultado sería la “desindustrialización” de América Latina.

Tom Thompson, economista del Wall Street Journal y autor del artículo en MW, advierte del peligro de este aparente déjà vu, e incluso sugiere que China está usando el famoso libro de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina (publicado en 1971 como denuncia del expolio histórico hecho por potencias occidentales en busca de materias primas) como “mapa del tesoro” en su expansión económica latina.

El tiempo lo dirá. Por ahora, por supuesto, el crecimiento de América Latina está garantizado.

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