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Francisco J. Caparrós
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Vox es el partido político que más ha crecido, desde las últimas elecciones generales, de todos los que conforman el arco parlamentario en la Cámara Baja.

A buenas horas se le ocurrió a Pedro Sánchez dirimir con las bases de la formación, que a duras penas comanda, el acuerdo de gobernabilidad rubricado junto a Unidas Podemos. El dineral que nos ha terminado costando a los españoles que el presidente en funciones postergase una decisión que había que tomar sí o sí y lo antes posible, parece que las arcas del Estado no lo recuperarán en años. Y todo gracias -eso es un decir- a su jefe de gabinete, el mismo que le convenció de que unos nuevos comicios reforzarían la mayoría simple obtenida seis meses antes.

No sé qué se habrá hecho de Iván Redondo, ni si el susodicho continúa en su puesto o ha sido defenestrado finalmente por seducir con cantos de sirena a su jefe, porque los resultados han sido, si no trágicos, sí fatalmente adversos -se ponga como se ponga el secretario de organización del PSOE, José Luis Ábalos-, aunque de lo que sí estoy convencido es que gracias a su obstinación la derecha más rancia vuelve a ocupar un lugar de privilegio en la vida política de este país: a ver, con cincuenta y dos escaños de rédito, qué menos. De hecho, Vox es el partido político que más ha crecido, desde las últimas elecciones generales, de todos los que conforman el arco parlamentario en la Cámara Baja. Eso le otorga unas determinadas prerrogativas de las que, exceptuando al PSOE y PP, ninguna otra formación podrá disfrutar durante la presente legislatura.

Sin duda, lo que más puede haber sorprendido al electorado sobre este principio de arreglo de gobernabilidad compartida, ha sido la rapidez con la que los dos adalides más importantes de la izquierda española han llegado a ponerse de acuerdo. Sin embargo, todo parece indicar que tamaña celeridad exhibida por ambos líderes bien pudiera responder al hecho fehaciente de haberle visto asomar las orejas al lobo, pues ninguna otra cosa explica que poco más de veinticuatro horas después de que las urnas se pronunciasen, alcanzaran dicho acuerdo. Es más, tan siquiera se molestaron en disimular sus prisas ante lo que se les podía venir encima si la pifiaban de nuevo; lo cual, a mi juicio, ha terminado por delatarles.

Pero un principio de acuerdo no significa, en cualquier caso, más que una supuesta firme intención de alcanzar una meta común, y como el trayecto hasta ella se encuentra sembrado de tantas o más añagazas de aquellas que les hicieran fracasar en la anterior ocasión, eso no será nada fácil. Las fuerzas de la Izquierda, en la actualidad tan dispersas ideológicamente que cuesta considerarlas concomitantes entre ellas, deberán esforzarse para alcanzar los acuerdos que lo posibiliten. La única duda estriba en si serán capaces de navegar juntos y al unísono mar adentro, o acabarán estrellándose finalmente contra las rocas.

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Porque, hasta hace apenas unos pocos días, he tenido sobre mi escritorio una bandera de España; un humilde pedazo de rafia sintética, en realidad, que apenas alcanza pulgada y media en diagonal, relegada a ocupar un extremo de la mesa donde tramito expedientes administrativos de lunes a viernes i, de cuando en cuando, aprovecho para confeccionar algún que otro artículo como el que nos ocupa, amable lector, ahora a ambos.

No debería sorprendernos que muchos piensen que Pedro Sánchez se ha estado riendo de los españoles, durante estos últimos meses de makiavélica incertidumbre. Observado con una cierta perspectiva, todo parece indicar que sus movimientos -dudas y reticencias hacia Pablo Iglesias y Unidas Podemos incluidas- respondían a un plan elaborado con alevosía y premeditación.

No es la primera vez –ni será la última, mucho me temo- que utilizo el mismo epígrafe que ahora encabeza estas líneas para titular alguno de mis artículos de opinión. Evidentemente, todos ellos tienen algo en común, de lo contrario no tendría sentido semejante acopio de simpleza y vulgaridad.

He intentado sin éxito comprender a Ignacio Aguado cuando expresa su voluntad de no admitir en un ejecutivo a mujeres poco resolutivas, e incluso incapaces ha llegado a insinuar, poniendo como ejemplo de ello a dos féminas como Leire Pajín y Viviana Aído, ambas del Partido Socialista Obrero Español y en su día responsables de sendas carteras ministeriales, con José Luis Rodríguez Zapatero como primer ministro.

La noticia que más me ha impresionado de este calurosísimo verano, aburrido como pocos en mi humilde opinión, ha sido la del descubrimiento de varios cientos de féretros que permanecían ocultos bajo llave en una nave del cementerio de Manacor, ciudad que se encuentra entre las cinco o seis de mayor importancia de las Islas Baleares.

No resulta sencillo dar pábulo, así como así y por las buenas, a un titular de supina extravagancia como el que subtitula estas líneas, máxime aun cuando la tribuna desde la cual su original ve la luz por vez primera resulta ser, cómo no, Internet.

No soy adivino, ni tengo un oráculo de confianza al que acudir para consultarle por el estado de ánimo de los arcanos que mueven a discreción los finos hilos de la política, pero me da a mí que nuestro presidente en funciones está decidido a tensar tanto la cuerda, aquella que en teoría les une virtualmente a Unidas Podemos, los únicos socios con quien por el pelaje de ambos comparten los mismos anhelos, que llegará el mes de septiembre y con él una nueva convocatoria de elecciones generales.

Me preocupa sobremanera que el discurso peligrosamente misógino que esgrimen determinados responsables políticos para negar, no ya el incuestionable menoscabo que ha sufrido la mujer secularmente a lo largo de la Historia frente al hombre, sino que en la actualidad continúen padeciéndolo, cale como lluvia ácida en el pensamiento de los intelectualmente vulnerables. Es en ese caldo de cultivo, justamente, donde proliferan los sofismas.

 
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