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Francisco J. Caparrós
Comunicación positiva
Francisco J. Caparrós
Entre lo malo conocido y lo bueno por conocer, ¿por qué no lo bueno conocido?
No es que andemos exageradamente faltos de ideas en este bendito país, pero la mayoría de ellas responde tan solo a lucubraciones que después acaban en nada o, lo que todavía es peor, fracasan estrepitosamente dejando compuestos y sin novia a todos los que apostaron a ciegas por tal o cual alternativa. Con la clase política eso suele ocurrirnos demasiado a menudo. Precisamente por eso, se me antoja a mí, nos solemos inclinar más por lo malo conocido que por lo bueno por conocer. Esta circunstancia, que en otros ámbitos no dejaría de ser un obstáculo difícil de salvar sin una demostración palmaria de lo contrario, en el ámbito que nos ocupa parece saldarse en positivo y sin necesidad de encomendarse a la Virgen ni a ninguno de los santos instalados a la diestra de Dios padre, aunque algunos no siendo ello necesario lo intenten cada cual a su manera.

Es curioso, sobre todo porque algo que de virtud anda escaso acaba siendo adoptado como mal menor, aun sabiendo que de bien tiene muy poco y que existen otras opciones tan válidas e incluso superiores pero que no se adoptan simple y llanamente por mera comodidad. Eso es lo que vulgarmente conocemos como prejuicio, la manera de adoptar medidas plausibles, si no salvando el riesgo en su totalidad exponiéndonos al menor posible. Pero los prejuicios son como una daga de doble filo con la que resulta difícil no herirse uno mismo, un arma arrojadiza que se revuelve contra nosotros cuando menos lo esperamos.

Para bien o para mal, España ha evolucionado muy poco en estos últimos cuarenta años. Muchísimo menos en el fondo que en la forma, eso es cierto, tanto es así que arrastramos como una losa la idiosincrasia propia de nuestra condición patria, aunque lo peor no eso sino que en el fondo eso nos gusta y, por tanto, no tiene viso ninguno de cambio. Nos fascina especular, a los políticos más que a ninguna otra profesión de las ancladas a las circunstancias puntuales que cada uno es capaz de asimilar como exclusivamente propias, tal y como ya he dado a entender en las primeras líneas del primer párrafo, pero eso no les exime de responsabilidad. En sus manos está que este país acabe de arrancar.

Artículos del autor

Con una gripe de dimensiones estratosféricas incubándose en mi organismo, no resulta nada sencillo escoger con cierto criterio el tema sobre el qué escribir en el artículo de esta semana.
Por mucho que les pese a todos aquellos que el viernes pasado, no sin razón por su parte quiero aclarar, lanzaron un órdago como repulsa contra la entronización de Donald Trump en el cargo de nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, tendrán que aceptarlo.
Parecen reducirse de manera notable las posibilidades del bueno de Pedro Sánchez para retomar la dirección de la secretaría general de su partido.
Todavía haya gente de dieciocho en adelante que ignore que en los primeros años del segundo tercio del siglo XX tuvo lugar una sangrienta conflagración fratricida que dividió a España
Sorprende bastante que en el treintaiunavo estado norteamericano se vaya a dar vía libre en breve al consumo, venta y posesión de marihuana, mientras que por otra parte se mantiene inmutable la pena de muerte.
Siempre que tengo la oportunidad, y si no dispongo en ese momento de ella no paro de buscarla hasta encontrarla, aprovecho para contarle a todo aquel que quiera escucharme que hasta los veinte años no había leído un solo libro que no fuese de texto.
Qué poco le ha durado a Miquel Iceta el encoñamiento con Pedro Sánchez. Sabíamos que más pronto que tarde sería así, pero no tanto, vive Dios.
Mi presencia en ese recinto, el auditorio o salón de actos de la Organización Nacional de Ciegos en Palma para más señas, rodeado por todas partes de exacerbados incondicionales de Juntos Podemos.
 
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