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A la caza del Oso Polar: última aventura para pudientes inquietos

No resulta sencillo dar pábulo, así como así y por las buenas, a un titular de supina extravagancia como el que subtitula estas líneas, máxime aun cuando la tribuna desde la cual su original ve la luz por vez primera resulta ser, cómo no, Internet.

Tampoco es que los vehículos de información pública considerados medianamente serios suelan abstenerse, aunque sólo sea por higiene moral y como se dice vulgarmente, de arrimar la ascua a su sardina, con el consiguiente adoctrinamiento de quienes les siguen, pero lo que ocurre en la Red no tiene parangón ni con el Nodo, aquella especie de noticiario documentado afín al régimen franquista, creado para instruir en sus directrices más rancias a la población española de la época.

Sabiendo a ciencia cierta que los osos polares se encuentran en peligro de extinción, ¿quién, con dos dedos de frente, se va al Ártico para cazarlos por placer? Que otra cosa muy distinta es hacerlo como medio de subsistencia, obviamente. Pues bien, al parecer existen empresas que se dedican a organizar incursiones por los territorios helados del Norte en busca de ese animal, cuya muerte se utiliza como divertimento para ricos que no tienen más que serrín en la cabeza.

Atesorar tanta astucia para ganar dinero, como estupidez para dilapidarlo, me da a mí que no es normal. Qué parte de la frase, el oso polar corre un serio riesgo de extinguirse por culpa de la progresiva desaparición de las zonas que constituyen su hábitat habitual a causa del deshielo, no acaban de asimilar, es una pregunta que no dejo de formularme con el ansia de encontrar, acaso en la morfología más que en cualquier otro aspecto de su gramática, la prueba fehaciente de la ligereza de tanto inconsciente como circula por determinados ámbitos sociales; y la respuesta con la que me doy de bruces, no puede ser más desalentadora: antes de tener dinero, si es que en algún momento de sus rocambolescas vidas acaso no lo tuvieron, ya eran suficientemente estúpidos.

Todo ello viene a sustentar la idea de que el hábito, tampoco en este caso concreto, hace al monje, sino que lo estigmatiza todavía más si cabe. Llevándonos a concluir que, tanto la vileza como la estupidez humana, no conocen más límites que los que quienes tienen tamaña responsabilidad, establezcan políticas integradoras que no sustenten ni alberguen en su seno semejantes disrupciones de conducta.

Artículos del autor

No soy adivino, ni tengo un oráculo de confianza al que acudir para consultarle por el estado de ánimo de los arcanos que mueven a discreción los finos hilos de la política, pero me da a mí que nuestro presidente en funciones está decidido a tensar tanto la cuerda, aquella que en teoría les une virtualmente a Unidas Podemos, los únicos socios con quien por el pelaje de ambos comparten los mismos anhelos, que llegará el mes de septiembre y con él una nueva convocatoria de elecciones generales.

Me preocupa sobremanera que el discurso peligrosamente misógino que esgrimen determinados responsables políticos para negar, no ya el incuestionable menoscabo que ha sufrido la mujer secularmente a lo largo de la Historia frente al hombre, sino que en la actualidad continúen padeciéndolo, cale como lluvia ácida en el pensamiento de los intelectualmente vulnerables. Es en ese caldo de cultivo, justamente, donde proliferan los sofismas.

No alcanzo a imaginar qué pueden enseñarle sobre sexualidad al abusador de un niño de apenas 8 años, que el pederasta no sepa ya más que de sobra. No soy psicólogo, pero sí capaz de elaborar un somero diagnóstico, de ahí que se me antoje como de flaco favor el que se le está prestando no ya al menor que padeció en carne propia tamañas iniquidades, sino a las potenciales victimas del desviado de marras a las que la justicia parece abandonar a su albur.

Por fortuna, las prisiones japonesas no se encuentran entre las más severas del mundo civilizado, aunque tampoco deben representar ninguna bicoca para quienes están condenados a cumplir en ellas sus condenas. Aun así, el número de ancianos residentes en aquel país que cometen fechorías lo suficientemente graves como para acabar hospedados entre rejas una larga temporada.

La Justicia es más lenta que ciega. Lo es, sobre todo, porque cualquier ciudadano sensato, sintiéndose mínimamente agraviado en su amor propio, acude instintivamente a ella. Ciega, también, al menos desde mi particular punto de vista, si bien este postremo epíteto no sea el adjetivo más adecuado con el que calificarla de iure.

Para la derecha más recalcitrante, Sánchez no es más que un advenedizo usurpador de tronos, un príncipe del averno que con habilidades propias de trilero se hizo con las riendas de este país un aciago día de infausto recuerdo, sumiéndonos en las tinieblas.

​Si la ciudad donde nací y he vivido desde entonces contase con un inquebrantablemente constante, a la par que diligente claro está, servicio de trasporte público no me importaría deshacerme, cuando menos, de uno de los dos automóviles con los que contamos en nuestro hogar.
​Nadie que tenga mi edad, o la supere claro está, puede haber olvidado aquel estribillo que hizo famosa a una de nuestras grandes señoras de la interpretación.
 
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