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Francisco J. Caparrós
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Francisco J. Caparrós
Que la manifestación en contra de la desigualdad de género del pasado viernes 8 de marzo, día internacional de la mujer, resultó ser todo un éxito, muy pocos lo ponen en duda

Me preocupa sobremanera que el discurso peligrosamente misógino que esgrimen determinados responsables políticos para negar, no ya el incuestionable menoscabo que ha sufrido la mujer secularmente a lo largo de la Historia frente al hombre, sino que en la actualidad continúen padeciéndolo, cale como lluvia ácida en el pensamiento de los intelectualmente vulnerables. Es en ese caldo de cultivo, justamente, donde proliferan los sofismas.

Que la manifestación en contra de la desigualdad de género del pasado viernes 8 de marzo, día internacional de la mujer, resultó ser todo un éxito, muy pocos lo ponen en duda. La perspectiva negacionista de aquellos al respecto es puramente posicional y de salvaguarda de unas ideas que difícilmente alcanzan a mantenerse, sin el sostén ideológico trasnochado con el que se manejan. Así las debemos contextualizar, y no darles mayor relevancia que la que estéticamente tienen.

A veces olvidamos que el sentido común, esa suerte de lucidez con la que discurrir con prudencia de la que nos advierte Descartes en el prólogo a tres de sus más celebrados ensayos filosóficos, introito que con el tiempo ha llegado a adquirir tanta entidad como para solaparlos, no es el mejor aliado de la sensatez. No en vano, el pensamiento del francés ha podido trascender a los trescientos años que lo separan de la contemporaneidad, y eso ha sido gracias al brillante texto de no más de 100 páginas que establece las bases del método para conducir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias.

Desafortunadamente el impacto de ciertas conductas, de las que en la actualidad estamos más que sobrados, nos sugieren que el ejercicio de la política no se rige por los mismos principios que la Ciencia, no al menos para quienes el todo vale y el cuanto peor mejor gobierna sus actuaciones. Eso explicaría que la capacidad de juzgar o entender de forma razonable, no dirige las pautas morales.

Transcurrido siglo y medio desde aquella valiente manifestación de desacuerdo y reivindicación de igualdad, protagonizada por las trabajadoras de una fábrica textil en la ciudad de Nueva York, todavía existen flagrantes diferencias entre los salarios de mujeres y hombres por idénticas o similares tareas e implicación. Negar esa evidencia, enredándose en diatribas estériles, no puede beneficiar a nadie más que a los mediocres, a quienes el miedo a competir en franca imparcialidad subyuga.

Artículos del autor

No alcanzo a imaginar qué pueden enseñarle sobre sexualidad al abusador de un niño de apenas 8 años, que el pederasta no sepa ya más que de sobra. No soy psicólogo, pero sí capaz de elaborar un somero diagnóstico, de ahí que se me antoje como de flaco favor el que se le está prestando no ya al menor que padeció en carne propia tamañas iniquidades, sino a las potenciales victimas del desviado de marras a las que la justicia parece abandonar a su albur.

Por fortuna, las prisiones japonesas no se encuentran entre las más severas del mundo civilizado, aunque tampoco deben representar ninguna bicoca para quienes están condenados a cumplir en ellas sus condenas. Aun así, el número de ancianos residentes en aquel país que cometen fechorías lo suficientemente graves como para acabar hospedados entre rejas una larga temporada.

La Justicia es más lenta que ciega. Lo es, sobre todo, porque cualquier ciudadano sensato, sintiéndose mínimamente agraviado en su amor propio, acude instintivamente a ella. Ciega, también, al menos desde mi particular punto de vista, si bien este postremo epíteto no sea el adjetivo más adecuado con el que calificarla de iure.

Para la derecha más recalcitrante, Sánchez no es más que un advenedizo usurpador de tronos, un príncipe del averno que con habilidades propias de trilero se hizo con las riendas de este país un aciago día de infausto recuerdo, sumiéndonos en las tinieblas.

​Si la ciudad donde nací y he vivido desde entonces contase con un inquebrantablemente constante, a la par que diligente claro está, servicio de trasporte público no me importaría deshacerme, cuando menos, de uno de los dos automóviles con los que contamos en nuestro hogar.
​Nadie que tenga mi edad, o la supere claro está, puede haber olvidado aquel estribillo que hizo famosa a una de nuestras grandes señoras de la interpretación.
​Jesusa es una de esas personas que se llevan consigo a la tumba la animadversión que cierto día, a raíz de una determinada situación adversa, comenzaron a sentir por alguien en particular, con razón o si ella, da igual.
​Se me antoja que van a tener que pasar todavía algunos pocos años para que los coches puedan conducirse por sí mismos, es decir, sin la intervención directa del ser humano.
 
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