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Príncipe de las mareas

El funanbulismo dialéctico en los políticos es probervial, llegando al extremo de querer hacernos conmulgar con ruedas de molino y, demasiado a menudo, conseguirlo
Francisco J. Caparrós
lunes, 18 de noviembre de 2019, 09:24 h (CET)

No debería sorprendernos que muchos piensen que Pedro Sánchez se ha estado riendo de los españoles, durante estos últimos meses de makiavélica incertidumbre. Observado con una cierta perspectiva, todo parece indicar que sus movimientos -dudas y reticencias hacia Pablo Iglesias y Unidas Podemos incluidas- respondían a un plan elaborado con alevosía y premeditación. ¿Qué otra lectura se puede hacer, si no, de las circunstàncias que han rodeado las infructuosas negociaciones con la formación morada, sin caer en el esperpento?

Eso, precisamente, es lo que ha hecho José Luis Ábalos: desbarrar a saco, polemizando con la periodista que le interpeló acerca del notable aumento de diputados y votos de la extrema derecha durante una comparecencia que el propio Secretario de Organización del PSOE ofreció, motu propio, para valorar los datos electorales del pasado dia 10 de noviembre. No es la primera vez, eso es cierto, que el político saca los pies del tiesto. En más de una ocasión ha tenido que salir a la palestra para puntualizar, aclarar e incluso desmentir unas declaraciones previas por las que ha terminado siendo duramente criticado.

Para portavoz, titular o substituto, señores del centro izquierda, no vale todo el mundo. Tras el atril, pero sobre todo frente a observadores que están ahí precisamente para fiscalizarte hasta el mismísimo aliento, se debe actuar con mucha prudencia. Se puede ser sarcástico, e incluso mordaz, pero no hasta el extremo de comprometer una reputación de la que la clase política española no anda nada sobrada.

Y es que nunca llueve a gusto de todos, menos para los políticos. Ellos son, lo sabemos, si no los máximos exponentes, de los mejores para darle la vuelta a los argumentos tanto propios como ajenos. El funanbulismo dialéctico en ellos es probervial, llegando al extremo de querer hacernos conmulgar con ruedas de molino y, demasiado a menudo se me antoja, conseguirlo. Por fortuna, conocemos de sobra sus artificios y ya no nos sorprende descubrir, pasado el tiempo, que las promesas hechas a rebufo de unos comicios no son más que ofrendas vacuas al señor de las moscas.

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