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Opinión
Etiquetas:   Violencia Género   Mujeres   VOX  

Violencia contra la mujer

“Ya sabemos cómo se las gasta la ultraderecha española como para no esperar, cuando menos, matizaciones al respecto”
Francisco J. Caparrós
martes, 25 de febrero de 2020, 09:22 h (CET)

Con una denuncia de maltrato en firme a sus espaldas, el senador de Vox por la ciudad de Ceuta, Juan Ros, dice ahora que dimitió de su cargo “en un momento de vulnerabilidad”. Francamente no me extraña yo sería el primero que, en el caso de protagonizar presuntamente un acto execrable contra mi esposa, no las tendría todas conmigo.

Su primera reacción tras saberse denunciado le honra en buena parte. Cualquier sombra de duda razonable que afecte a un cargo público, y una acusación tramitada por la Guardia Civil tiene todas las trazas de serlo, debe conllevar consecuencias de algún tipo. Lo que ya no es tan normal es que transcurridos unos días desde el incidente el político se desdiga para, a continuación, reclamar el cargo institucional al que por decoro días atrás había renunciado.

Por otra parte, el que ha sido hasta hace tan solo unos días su partido, no tardó en suspenderle de militancia tras hacerse pública la noticia, y la Cámara Alta a la que pertenecía tras su nombramiento en 2019 ha hecho lo propio, pero en esta ocasión a instancia del propio Ros, que presentó su renuncia de “manera apresurada”, siempre según sus palabras.

A pesar de su aparatosidad, comprensible al estar en juego la reputación de todo un senador, y la del propio senado en sí, naturalmente, la noticia no tiene más recorrido que el que la propia investigación, así como los resultados de la misma, se encarguen de determinar; pero a mí me sigue asaltando una duda: conocer si ha existido algún tipo de discrepancia en la sede de Vox con la denominación genérica de los cargos que se le imputan presuntamente a su ya exafiliado, o que hayan sido presentados en el juzgado de Violencia contra la Mujer número 1 de Málaga y no en uno ordinario. Ya sabemos cómo se las gasta la ultraderecha española como para no esperar, cuando menos, matizaciones al respecto. Sin embargo, sobre este asunto ninguno de sus dirigentes ha dicho esta boca es mía, sino que se han limitado a callar y a actuar -a mi juicio- en consonancia con la gravedad de los hechos.

Quién sabe si la serena respuesta de voz obedece a nuevos planteamientos acerca de la manera laxa de conducirse desde ahora, es decir, sin acritud y respetando las ideas de sus adversarios políticos como si fuesen las suyas propias. Ojalá sea así, la moderación en ambas cámaras y la de quienes trabajan seriamente en ellas sabrán agradecérselo.

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