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Cristian Iván Da Silva
Cristian Iván Da Silva
El desarrollo de un Estado equilibrado, y por lo tanto de un país, depende no tanto de encontrar las combinaciones óptimas para los recursos y factores de producción, como de provocar e incorporar para el desarrollo

Los intereses subjetivos inmediatos de las personas guiados por la mano invisible, en un principio, no van a coincidir así no más de una con el interés nacional, pero en la medida que se integren y desarrollen, y se adopte el método para estudiar nuestros problemas y necesidades, dejando de lado el fanatismo o la banalidad ideológica, será evidente que esos intereses individuales se tornaran objetivos. La globalización fue económica, pero ante todo también fue social y la multipolaridad nos obligó con justicia a buscar equilibrios, a procurar diversidad e inclusión, ante todo, jurídica y política.

Un punto de partida

Una de las nociones más importantes – por no ser la única – que se derivan de las ideas de Smith, es que los individuos pueden decidir de manera más apropiada qué producir y consumir, y en qué cantidad, resultando de ello la orientación de cómo desarrollar a una sociedad . Esta noción es uno de los pilares del capitalismo, y a veces se la ha interpretado como una ideología anti estatal.

Sin embargo, Adam Smith cuidadosamente, distinguió entre interés propio y avaricia. Smith defendía el interés propio entendido en su conjunto (teniendo en cuenta todas las implicaciones). Según Smith, está en nuestro interés vivir en un estado de derecho donde se respetan los derechos de los ciudadanos y la ley. La influencia de Adam Smith perdura en nuestra sociedad actual y se encuentra en los fundamentos ideológicos de las sociedades modernas, pues no hay nada malo con que cada persona busque su interés individual, teniendo en cuenta que estas concepciones nacieron al amparo de un determinado “contrato social”.

En un mercado libre el efecto combinado de que todos busquen su interés beneficia al conjunto. Sin caer bajo determinismos, es que podemos darnos cuenta de que el interés individual no es tan ajeno ni mucho menos tan indiferente al interés nacional. Tal vez por afinidad, y anhelo infra y supra colectivo, es que en la medida que los esfuerzos individuales, más aun los que resulten en la educación y la producción, la ciencia y la integración, es que aumentaran no solo la comprensión por la realidad, sino también los modos y los campos desde donde se la convalidará (a priori) sin perder de vista la partida desde dos ejes: la integración y el desarrollo.

Había mencionado más arriba la cuestión del determinismo, el que con ciertas desviaciones y vicios ha – parafraseando a Arturo Jauretche – devenido en que constantemente debatamos en el marco de antinomias envaselinadas , a veces casi insuperables, alienantes o desdibujadas de los verdaderos compromisos que deben compeler a la dirigencia. Las antinomias no son malas, en la medida que se ofrezcan con la disidencia respetuosa y metódica de las reglas del juego democrático, donde incluso, ninguna crisis es atemporal a ninguna época , citando al filósofo francés Nicolás Tenzer. Lo que es malo es la perpetuidad cultural de arredrarnos al insulto, a la banalidad de la propuesta, y desde luego – producto de ello – al desinterés. En el transcurso de estos días, donde la política es transversal y ya no bipartidista, horizontal y hay muy pocos esquemas con doctrina propia, muy pocos en este sentido ven la nota saliente de que la integración y el desarrollo se dará en la medida que los esfuerzos individuales, el de todos, coincidan con el del interés nacional, guiados por una fuerza ordenadora (el Estado) que acomode las irregularidades (del mercado), las que desde luego, y pragmáticamente, se resuelven en la marcha.

Adoptar un criterio orientador


Adoptar este criterio, y sin salirnos de la tríada integración – interés individual – desarrollo es que estaremos adoptando un método que desde las causas comprenda la realidad nacional, es decir, desde lo “casuístico” . En otras palabras, una metodología para entender la realidad nacional. Un método de comprensión de la realidad y de las realidades políticas y económicas en el marco del análisis del proceso histórico, el cual nos llama a pararnos y preguntarnos hacia dónde va el mundo. Tal vez, en este aspecto, resida el real fundamento de los revolucionarios. Un concepto que se ha esloganizado y llenado de poca revolución desde lo individual para así lograr la colectiva y es que nuestra tesis principal debe remitirnos a que estamos incompletos como Nación, y esto resulta paradójico teniendo el potencial que tenemos los argentinos, desde recursos hasta capital humano. Si la nación está incompleta, no podremos volver, concomitantemente, a fortalecer el esfuerzo y el interés individual que, por antonomasia, no surgirá como algo mágico en pos del interés nacional, pero si dará cuenta de una incapacitada fuerza para comprender las necesidades económicas, sociales y cultuales de un determinado momento histórico.

Aquí debemos detenernos un poco más en el abordaje de ciertas cuestiones de la praxis. Distinguir magia de espontaneidad es lo principal, pues la superioridad de un orden espontaneo es inevitable. En la economía, por ejemplo, así como en la naturaleza, el orden nace del caos: la disposición espontanea de millones de decisiones e información, no condice al caos, sino a un orden 

Nadie puede suponer que el poder político subsumirá a la marcha del mercado en el marco de las vorágines, pero si se puede suponer como planificar el desarrollo. Allí donde la iniciativa privada individual es libre, el progreso económico, social, cultural, político, es siempre superior a los resultados obtenidos por la no planificación. Entre la verdad y la realidad no puede haber expresiones intermedias y si las hubieran, esas serian la de integrar para desarrollar, pues el interés nacional no equivale a un interés general abstracto, sino a los intereses particulares que apuntan al fortalecimiento del status nacional.

¿Estado si o Estado no?


Algunos suelen afirmar que ante la crisis del populismo y la grave situación en que se encontraban algunos países, había que entrar a la línea política de la desregulación del Estado al imperio del mercado, que al final de ese túnel habría luz. Sucede que han pasado algunos años y parece no haber tal luz. Pero sí hay una paradoja: los ricos de las sociedades se han vuelto más ricos, y los pobres son más, pero más pobre que antes.

Comparto aquellas posturas que hoy hablan de la necesidad de mirar cómo está el mundo para advertir oportunidades, para para pararse desde la integración y el desarrollo. No podemos limitarnos a ser sujetos pasivos de la historia. Sin dudas, tiene que haber regulación.

Obviamente el mercado tiene que funcionar, pero, ante la imperfección del mercado, ante eso que con lógica el mercado

no puede hacer (el mercado no construye escuelas ni hospitales), tiene que haber un mecanismo de equilibrio, de regulación y ese debe ser el rol del Estado en este siglo donde el mundo va muy rápido. No repitiendo viejas recetas, pues los partidarios del liberalismo ortodoxo me dirán que las experiencias Keynesianas no fueron perfectas. Hablo de un Estado que controle, regule, pero ante todo promueva. ¿Es necesario dar un giro en la historia, cambiar el modelo? Por supuesto que sí.

No es que el Estado haya que achicarlo porque sí, casi por precepto de la ambición. Sí, el Estado se puede achicar, más bien, regular. Si cabe la expresión achicar al que lee, hay que hacerlo en los sitios donde hay vicios y excesos, donde hay desborde. Pero hay otros lugares donde no hay Estado y hay que llevarlo debidamente modelado. El Estado no puede ser abandonado y tampoco poder abandonar a los sectores por los que quizás esté haciendo muy poco. La globalización fue económica, pero ante todo también fue social y la multipolaridad nos obligó con justicia a buscar equilibrios, a procurar diversidad e inclusión, ante todo, jurídica y política. Los ejemplos son de los más variados.

A los que admiramos al Desarrollo, y tratamos de darle un sentido progresista, nos debe quedar la esperanza de marcar caminos pero también de establecer rupturas. Sobre la necesidad de impulsar un desarrollo de las economías a través de “Big Push”, es decir, inyección de capital, que articularan armónicamente distintos sectores de producción, hemos visto que el circulo vicioso no se ha podido romper: la falta de capital se presenta no como un dato aislado, sino como el eslabón de una cadena en la que del lado de la oferta está la poca capacidad de ahorro (un gran dilema), que resulta del bajo nivel del ingreso real. El escaso ingreso real es un reflejo de la baja productividad, que a su vez se debe en gran parte a la falta de capital; y la falta de capital es el resultado de la poca capacidad de ahorro , y así el círculo se va tejiendo.

En este sentido, y quizás ahondando más en el aspecto teórico para establecer una guía, no vendría mal citar a Albert Hisrchman cuando hablamos de situar oportunidades, hallarlas, y ubicarlas para que el Estado las regule. El desarrollo de un Estado equilibrado, y por lo tanto de un país, depende no tanto de encontrar las combinaciones óptimas para los recursos y factores de producción, como de provocar e incorporar para el desarrollo, recursos y capacidades que están ocultas, diseminadas o mal utilizadas, y que el mercado presente absorberlas sin justificación. Cuando hablamos de establecer rupturas, también debemos seguir en la línea de Hisrchman, porque el recurso escaso, e imposible de economizar en los países en vías de desarrollo, es la capacidad de tomar nuevas decisiones de inversión .

En la misma línea, y para concluir, si se planifica todo, con la lógica absoluta y determinista del mercado, no se deja espacio para el desarrollo de la creatividad de los empresarios, que desde luego no son enemigos. El Estado debe ir guiando, sugiriendo, un curso de acción, también empresarial, no suministrando recetas, sino propiciando sectores modernos.

Artículos del autor

Alberto Fernández accede a las páginas de la historia, luego de su triunfo rotundo. Un lugar que ni él mismo esperaba. Años de militancia política, años de funciones y responsabilidades, y de la noche a la mañana, el otrora Presidente electo, tiene en sus manos el desafío de encarar una profunda transformación, incluso, la del liderazgo propio.

“Una nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. (…) La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país” .

La democracia es, ante todo, una forma de organización social, una de tantas. Pero también es la más legítima y necesaria a la hora de plantear los desafíos y de convalidar logros. En efecto, el rasgo sustantivo, en cuanto contenido y calidad, es lo que define a nuestra democracia hoy. En este sentido, no puede ser ajeno a nadie el rol del ciudadano. Incluso el actual rol del ciudadano.

Las presentes líneas tienen como objeto, modesto, seguir deslegitimando, desde la posibilidad de pensarlo como parte y consecuencia de una sociedad patriarcal opresiva, a la homofobia, en adelante, homo – odio. Homo odio porque, en realidad, la acepción de su término no puede ser más banal: simplemente, no se le puede imprimir a la sensación de odio la idea eufemista de opinión y/o fobia, es decir, miedo a la presencia de otro, en este caso, un otro homosexual, cuando en realidad se trata de una construcción en segmento que tiende a legitimar una idea opresiva y heredada. Vamos a desarrollar un poco más ésta idea de la construcción de un segmento.

Debemos volver a repetir aquella vieja frase cuando un horizonte oscuro se alzaba sobre Europa, “No pasarán”, precisamente en el contexto de la Guerra Civil Española. Ningún término es tan usado a la ligera como el que se compone de la palabra fascismo.

Desde sus comienzos, este discurso, no correspondía a la realidad o la necesidad económica de muchas regiones en las que se lo implementó, más allá de que los postulados del Consenso de Washington lo pretendieran, en la praxis y con el correr del tiempo, se demostró el fracaso.

A comienzo de los noventa el mundo parecía en orden: occidente y la economía se habían impuesto de modo neto al comunismo, era según el vaticinio de algunos filósofos “el fin de la historia”, (como si la historia pudiera tener fin). La democracia como régimen de gobierno se quedaba, aparentemente, sin enemigos y sin alternativas.

 
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