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Etiquetas:   Terapia   Pareja  

O bien hacemos terapia o...

La pareja no será el mejor terapéuta, ni tampoco nuestros amantes, ni los hermanos, padres, hijos o compañeros
Ana de Calle
@AnaDeCalle
miércoles, 3 de agosto de 2016, 12:45 h (CET)
Estamos a confilcto diario mi pareja y yo, a punto de separarnos. Estamos al borde de la separación. O queremos terapia o, por salud mental tenemos que divorciarnos. No sabemos qué es mejor si hacerla juntos o por separado.

Sabéis que ¿el proceso terapéutico es un gran acontecimiento en el que se trabaja con las fuentes del dolor, del conflicto en lo más íntimo y recóndito de cada persona? Por esto y para facilitar el reconocimiento de las propias sombras y limpiar nuestra lente de proyecciones, el terapéuta debe trabajar a solas con cada uno de los miembros de la pareja.

Realmente, ante los problemas de la convivencia, lo primero es adentrarnos en la morada interna y luego cuando el trabajo esté hecho, lo externo se irá colocando poco a poco. Por otro lado, el hecho de trabajar a solas con un terapéuta se centra sólo en nosotros, en nuestra persona, lo que supone para éste no romper la imparcialidad necesaria para mantener a raya las proyecciones y las preferencias. En las primeras etapas es deseable recomendar que cada uno trabaje por separado con el terapéuta.

En realidad si es aplicada de forma equilibrada contribuye a trabajar y a resolver el conflicto con uno mismo y desde ahí el que se deriva de la pareja. Hay que tener en cuenta que el crecimiento de uno mismo y clarificar nuestras batallas termina por beneficiar e influir en todos los ámbitos de nuestra existencia.

Una vez avanzado el proceso y cuando se ha logrado cierta automaduración emocional, la terapia puede abordar encuentros en los que ambos miembros de la pareja hacen un trabajo con el terapéuta para compartir enfoques y mutuas sombras.

De cualquier manera consideremos que la pareja no será el mejor terapéuta, ni tampoco nuestros amantes, ni los hermanos, padres, hijos o compañeros. El acompañante terapéutico debe estar alejado de implicaciones personales, de manera que haya un espacio de confianza y aceptación sin juicios ni exigencias. Realmente lo que importa alrededor de un proceso terapéutico es ejercer con estabilidad emocional lo que resulta de este proceso: el crecimiento y la enseñanza.

Recuerdo el caso de Brenda que llega a mi consulta queriéndose separar de su marido y afirma que no la quiere ni la desea. Vamos a imaginar que éste la echa en cara sus frustraciones, y la culpabiliza constantemente entre reproches de todas ellas. Continúa diciendo que su vida es un infierno y que tiene pocas fuerzas. ¿Cuál debe ser entonces la labor del terapéuta? ¿Quizá apoyarla en la separación para que le duela lo menos posible?

En este caso el trabajo del terapéuta, además de recomendar a su marido que haga terapia podrá trabajar independientemente con cada uno a fin de lograr que recuperen su autoestima. Para ello empezará un proceso de autodescubrimiento y consciencia cuyo propósito será superar su suceptibilidad y lograr que el "tirano" no le afecte en los mil reproches que hoy aún la hieren y la descolocan. Una vez que haya descubierto los patrones de conflicto y observe cómo su personalidad ha madurado lo suficiente, sucederá que estas actitudes de desahogo y aversión que él le vierte no le afectarán ni para nada la descentrarán.

Entonces estará en condiciones de decidir si se separa o continúa con su pareja. Tendrá la lección bien aprendida y sin el riesgo de repetir en el siguiente ciclo lo que ahora la amarga y la disminuye.

En conclusión, la terapia por excelencia será la que nos permita abrir nuestro corazón y dejarnos llevar por la compasión que surge cuando el verdadero amor aflora. Ocurre que la apertura del corazón no es una anécdota sentimental ni siquiera cuando nos entregamos en un instante de emoción intensa. El corazón es el auténtico misterio, y la compasión es el fruto benévolo que éste otorga al perfumar todo lo que abraza.
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