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España renuncia a los nacimientos, volcándose en la inmigración

“Un gran poder implica una gran responsabilidad”, Stan Lee
Miguel Massanet
lunes, 11 de abril de 2022, 09:45 h (CET)

Lo que está sucediendo en esta España, muchas veces irreconocible, en cuanto a su despoblación, envejecimiento y falta de nacimientos a cargo de su población nativa, seguramente tiene su origen principal en esta ola de feminismo que parece que se está imponiendo, mediante la cual las mujeres han decidido que su función natural, en cuanto al ciclo reproductivo, ha de supeditarse a su comodidad, sus llamémosles libertades y sus otras opciones, relacionadas con su reentré espectacular en el mundo de los negocios, profesional, político, empresarial  e intelectual que, al parecer, está dando como una de sus consecuencias negativas, el hecho innegable de que los nacimientos han quedado relegados al mínimo mientras, paso a paso, la cada vez más numerosa y menos discriminada inmigración, por parte de otras etnias y culturas foráneas, parece que se ha convertido en algo imparable si no fomentado, desde el mismo Estado, como remedio a la sangría de la crisis de nacimientos entre la ciudadanía oriunda española.


Puede que sea algo inevitable y que, contra esta corriente, que parece que forma parte de este tipo nuevo de mujer del progresismo que tanto parece fomentarse, no hay manera de luchar, si es que, en realidad, lo que fuera conveniente para la conservación de nuestros valores ancestrales, pasara por recobrar el sentimiento maternal de las féminas nacionales, para que recobraran y valoraran debidamente sus funciones biológicas propias de la maternidad. 


No es que estemos en contra de la inmigración ni que pensemos que no tiene que existir un intercambio, en ocasiones conveniente, con otras etnias y culturas, sino que el hecho insólito de que nuestro país parezca que se ha convertido en el objetivo preferido para que desde la América latina, oriente de Europa, África y ahora, quizá los que tienen más justificación para emigrar de su propia nación, como es el caso de los ucranianos del norte, nos vayan llegando a centenares y en ocasiones a millares de nuevos residentes que, no cabe duda de ello, a la larga van a influir sobre nuestras costumbres, leyes, comportamientos, sentimientos religiosos, ideologías políticas y en todos aquellos aspectos de nuestro actual sistema de valores, nuestra ética y, posiblemente en nuestra calidad de vida.


Ya tenemos algunos grupos de inmigrantes que vienen marcando su impronta en la vida de los españoles. Veamos los famosos manteros de Cataluña, un grupo que ha sabido organizarse y que, contrariamente a lo que se suponía que debía suceder, han puesto en un brete a la señora Colau, comunista convencida que, en lugar de defender a los comerciantes de Barcelona, les ha obligado a tragarse la competencia desleal de estos inmigrantes, que ejercen su comercio delante de las tiendas legales, pero sin pagar impuestos ni tasas, lo que los sitúa en una posición de ventaja frente a los comerciantes con los que compiten.


Aunque el Gobierno no se muestra muy propicio a desvelar el coste real de todos estos recién llegados, e intenta quitar importancia al, cada vez más numeroso,  grupo de los que van a llegar procedentes de Ucrania, es evidente que las cifras que se dedican a este apartado, por parte del Estado español, aún contando con las ayudas europeas, van a ser importantes si contamos que van a recibir atención médica a cargo de la Seguridad Social, ayudas para comida y, con toda seguridad y muy posiblemente, la oportunidad de encontrar trabajo y proporcionar enseñanza a aquellos niños y jóvenes que se encuentren en edad escolar; lo que va a significar buscar traductores, profesores, material, aulas, etc. para cubrir estas necesidades que, naturalmente, no fueron previstas en los PGE de este año 2022.


Sin querer establecer comparaciones, ni regateos en cuanto a las ayudas que deban recibir los inmigrantes que vayan llegando a España, sin embargo, es notable que exista una política tan proclive al aborto, cada día más radical y menos favorable a la vida del feto; una posición mayoritaria, dentro de las instituciones españolas, en defensa de que las mujeres dispongan libremente de decidir si quieren mantener un embarazo no deseado o acudir a clínicas abortistas para deshacerse del embarazo. Es tan sangrantemente radical y extrema nuestra legislación respecto a este tema, que se calcula que diariamente se practican en nuestra nación de 200 a 300 abortos inducidos y no siempre dentro de las primeras semanas del embarazo. Un negocio floreciente para aquellos médicos, sin escrúpulos morales, que han decidido que esta forma de asesinato de bebés es una manera fácil de enriquecerse y, mucho más, si se atiende a los beneficios marginales inherentes a este tipo de intervenciones, que forman pare de lo que se gana con la venta de placentas, restos del feto y demás aditamentos que se utilizan para los extremadamente caros elementos de maquillaje y belleza, como componentes básicos en las empresas de fabricación de cremas y otros potingues para tratamientos de embellecimiento o cuidado de la piel de mujeres y tampoco faltan hombres que los utilizan.


Parece contradictorio, sin sentido, una falta del más elemental sentimiento de compasión hacia un ser vivo, como es el feto, que en una nación deficitaria en cuanto a su repoblación que, en el año anterior perdió  60.000 habitantes, y que el número de nacimientos se ha convertido en una de las preocupaciones del Estado; el que se sigan primando los abortos, sancionando a quienes los objetan, impidiendo que las personas puedan manifestarse libremente frente a las clínicas abortistas y, no obstante, no puedan destinarse cantidades a cargo de los PGE destinadas a facilitar ayudas, trabajo, habitación y cuidados médicos a aquellas mujeres que quedaran embarazadas y no quisieran o no pudieran hacerse cargo del hijo que llevan en su vientre. Son miles de españoles los que desearían ser padres y no pueden serlo, que serían felices de poder hacerse cargo de estos niños no deseados, cuando sus madres dieran a luz.


No se caracteriza España, precisamente, por las facilidades que se dan para la adopción de niños que, en ocasiones, se convierten en un verdadero Vía Crucis para aquellos solicitantes que estarían ansiosos de poder recibir a uno de estos bebés y que, desgraciadamente para ellos, deben acabar por ir a buscarlo en otros países lejanos y con otras culturas, para poder disfrutar de la condición de ser padres. Sólo las imposiciones del rojerío de izquierdas, la falta de un sentimiento de caridad respecto a aquellos seres no deseados, condenados a muerte por sus madres, existente en estas mujeres descastadas que ignoran la alta función que la naturaleza les asignó y que no han sabido capaces de impedir quedar embarazadas, antes de que se produjera la unión entre el espermatozoide y el óvulo.


Lo peor de este tipo de políticas no consensuadas, de esta radicalidad propia de las izquierdas, que siguen convencidas de que van a seguir indefinidamente en el poderes,  que legislan como si en el país no pudiera haber una alternativa en la que sus leyes, sus ideas, sus programas a largo plazo pudieran ser cambiados, modificados o suprimidos por la llegada de otros partidos de distintas ideas políticas, morales o éticas que decidieran optar por otros sistemas distintos a los que ellos impusieron, como es evidente que debería suceder en un caso, como el que estamos tratando, si un partido de derechas ocupara el poder. Algo así como va a suceder en la enseñanza pública con la famosa ley de la ministra, exministra, Zeláa, un bodrio sin nombre, impuesto con la oposición de la mayoría de enseñantes, que es evidente que es como la antítesis de lo que debería ser una enseñanza adecuada y efectiva para los alumnos españoles.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, existe la duda de si muchos de estos que vienen a España lo hacen con el fin de adaptarse al modus vivendi de los españoles o, como parece ser el caso de los inmigrantes procedentes de países en los que la religión es el islam, más bien piensan que su objetivo es hacernos cambiar a nosotros de costumbres, religión y sistema de gobierno, quizá por el teocrático. Ser caritativos, acoger al necesitado o socorrer al perseguido está bien, pero no confundamos: que vengan de fuera a enseñarnos como debemos vivir, no creemos que sea una buena medida.

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