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Opinión
Etiquetas:   Ciencia   Sociedad  

Cerebro y política

José Manuel López García
miércoles, 29 de julio de 2015, 07:14 h (CET)
La cuestión del libre albedrío está abierta a la reflexión y a la investigación, también desde la neurociencia. Es la habilidad de elegir, conscientemente, una alternativa entre varias. Desde una perspectiva ética, filosófica y política es objeto de innumerables análisis.

En el libro Usar el cerebro escrito por Facundo Manes y Mateo Niro se explicitan múltiples aspectos que están siendo investigados, por ellos mismos, y por otros neurocientíficos actuales, en relación con el funcionamiento cerebral humano.

Parece ser, según los estudios de los neurocientíficos, que la libertad de decidir es precedida, por la actividad preparatoria previa del cerebro, alrededor de medio segundo antes de llevar a cabo la acción decidida.

Porque los procesos cerebrales son muy complejos, incluso si pensamos en la interacción molecular de los mismos. Y también, si reflexionamos sobre la propia actividad de las cien mil millones de neuronas del encéfalo, y de las diferentes partes del cerebro.

De todas formas, aunque existen procesos inconscientes, la consciencia es lo que fundamenta la responsabilidad de las personas por sus actos y conductas.

Ciertamente, parece evidente que en el campo de las decisiones, el papel de la emoción, es de primer orden, tal y como lo ponen de manifiesto, las investigaciones experimentales de la psicología. En el ámbito político escribe Manes que según Western: «Los demócratas gobernaron Estados Unidos menos que los republicanos en las últimas cinco décadas porque creen que la gente vota fundamentalmente de manera racional». Y parece que no es así, por lo que dicen los datos.

En experimentos, que ya han sido realizados, los investigadores han descubierto que, los juicios faciales sobre candidatos políticos, predijeron los ganadores con un 70 por ciento de acierto. Esto se explica, porque las características del rostro de los representantes políticos son decisivas para que los sujetos decidan, si simpatizan o no con ellos. Por tanto, parece que queda en un segundo plano la deliberación racional, y prevalece más bien, un juicio rápido e inconsciente.

De hecho, Agustín Ibáñez, jefe del laboratorio de psicología experimental de Ineco, ha demostrado en un escrito de investigación ya publicado que: «el cerebro detecta automáticamente (en menos de 170 milisegundos) si un rostro integra o no el propio grupo de pertenencia y le asigna una valoración positiva o negativa mucho antes de que el sujeto responda». Y es que la influencia de las emociones y de los valores propios está muy presente en el cerebro humano, y puede superar en muchas circunstancias a la reflexión racional, libre de prejuicios y falsos estereotipos.

Algo entendible, porque analizar y pensar profunda y minuciosamente, es más trabajoso que dejarse llevar por las emociones y la intuición. Aunque también es posible utilizar la inteligencia sentiente para no separar artificialmente, lo emotivo de lo intelectivo.

En cualquier caso, parece que en el campo de las campañas electorales, quizás, lo mejor sería que los ciudadanos tuviesen más en cuenta argumentos y razones contrastadas, y no, simplemente, una especie de empatía acrítica. El análisis profundo y amplio de las cuestiones políticas, y de las estrategias y programas de los partidos, me parece lo más apropiado.
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