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"Ramón Baltar fue un señor, con las connotaciones de calidad humana y de clase social que tiene esa palabra"

Suso de Toro, escritor
Herme Cerezo
miércoles, 28 de abril de 2021, 02:49 h (CET)

 PCJ6942 DE TORO

Esta es una entrevista distinta. Sucede de vez en cuando. Todo se puso en funcionamiento mientras tecleaba el número telefónico de Suso de Toro (Santiago, 1956), al tiempo que pulsaba la tecla rec de la grabadora. Mi llamada venía motivada por la publicación de ‘Un señor elegante’ (Alianza Literatura), el nuevo libro del escritor gallego, un texto de difícil clasificación, donde nos encontramos con el retrato de Ramón Baltar, un resistente, un republicano irredento, un amante de la cultura gallega y también un cirujano que gozó de gran prestigio en Galicia, desde la República hasta los albores de la democracia. Pero, como reza en la portada del libro, Ramón Baltar fue un personaje sorpresa, con una cara A y una cara B marcadamente diferenciadas, alguien que consiguió mantener inalterable su situación y principios mediante una seguridad y entereza increíbles, a pesar de que los vientos que soplaban en la Dictadura de Franco fuesen peligrosos, represivos y beatos. ‘Un hombre elegante’ es un libro que impone su ritmo de lectura, porque invita a cuestionarse e informarse sobre muchas cosas del pasado. Como no podía ser menos, la entrevista también impuso su propio tempo, un tempo distinto al que el entrevistador había previsto a priori. Comenzó como siempre, con saludos protocolarios y noticia del clima de Santiago de Compostela, «agradable y levemente caluroso» aquella tarde, según Suso de Toro. A los pocos minutos comprendí que lo mejor era olvidar el cuestionario propuesto. Que la charla fluyese sola. Y eso hice. 


PORTADA SEu00d1OR ELEGANTE

Suso, entre otras cosas, ‘Un señor elegante’ es un libro que nos habla del nacionalismo gallego, un movimiento político no demasiado conocido hasta hace poco tiempo.  

En verdad, como hizo con tantas otras cosas, el franquismo no solo eliminó con la muerte y el exilio un proyecto cívico propio, pensado desde Galicia, sino que además nos privó de esa parte del relato, del conocimiento de esa realidad. Precisamente, en Galicia el libro se está revelando como una fuente de información novedosa para muchas personas, porque la versión que nos contaron fue la del NO-DO, la de un país que se desangró y sufrió una emigración masiva, que destruyó el tejido social gallego. A finales de los años cincuenta, los nacidos aquí se asomaron al nacionalismo, dentro de un movimiento asociado al de liberación de los pueblos del tercer mundo, de ideología marxista-leninista. Sin embargo, lo hicieron habiendo interiorizado también la visión de que los gallegos éramos un país atrasado, pobre y casi iletrado, que fue como Franco planificó nuestra sociedad, eliminando a sus cuadros dirigentes e imponiendo una dirección franquista. 


En la página 24 de ‘Un hombre elegante’ podemos leer: «escribimos literatura de lo que no sabemos, para conocer. Y con la literatura llenamos los huecos de la vida tal como nos llega». ¿Es este tu caso? ¿Qué significa para ti la escritura?  

Bueno, siempre enfoco un libro como una tarea a realizar, como un trabajo. Cuando escribo historias imaginadas, con personajes ficticios, lo que hago es desvelar, como decía Platón, algo que preexistía. Es como si los personajes se me manifestaran. Sé de qué va la historia, pero no lo sé todo de ellos ni de la trama. En este caso, escribir es una suerte de investigación y de desvelamiento. Pero en ‘Un hombre elegante’ es distinto, porque los personajes eran seres que habían vivido y la historia a contar eran cosas que habían sucedido. Así que mi cometido consistió en hacer el trabajo puramente policial: investigar lo ocurrido, saber cómo fueron esas personas a las que yo no había conocido en vida. Para ello disponía de documentación y, sobre todo, del testimonio de sus descendientes, Y precisamente ahí me encontré con algo muy específico, complejo, como era obligar o conducir a los descendientes en un proceso casi psicoanalítico de reconocimiento de quiénes eran sus padres y sus abuelos. Es un trabajo delicado, porque si cualquiera de nosotros hiciera lo mismo, se sorprendería del resultado. Ellos fueron muy valientes en verdad, porque es una situación incómoda, y en algún caso me ofrecieron miradas distintas.   


Y, tras la publicación del libro, ¿qué sensación les ha quedado a los descendientes de Ramón Baltar? 

En mi opinión, en general ellos sabían quién había sido su padre. Unos lo conocían más que otros, pero en la familia prevalecía un discurso adecuado para presentarse en sociedad. Hay que tener en cuenta que los Baltar vivieron, criaron a sus hijos y desarrollaron su vida familiar y profesional bajo la Dictadura. Así que hubieron de lograr un equilibrio que les permitiese adaptarse al entorno.  


‘Un hombre elegante’ es el título del libro y creo que tiene mucho que ver con todo eso, ¿no? 

Efectivamente, Ramón Baltar era un hombre muy preocupado por su presencia, pero esa era su máscara social. Era un señor, no un hombre, con las connotaciones de calidad humana y de clase social que tiene esa palabra. Fue un burgués establecido, un profesional brillante e importante y, al mismo tiempo, una persona a la que todo el mundo reconocía un poderío personal, una presencia y un peso importantes. También tenía algo de militar. Alguien que lo recordaba me contó que era un señor de derechas, porque él había conocido a un señor-señor y,  entonces, la gente con este porte era de derechas. Igualmente, encarnaba el estereotipo de masculinidad en el que nos educaron a muchas generaciones, un modelo muy concreto. Era un machote, representaba el valor, el sentido de la palabra dada, la lealtad y toda la serie de virtudes que se atribuían entonces al estereotipo masculino. A mí desde luego me fascinaba. 


¿La idea inicial que tenías sobre Ramón Baltar cambió mucho al final, cuando ya tenías terminado el libro?  

Al principio Ramón Baltar era una persona que me interesaba poco. Me parecía un señor más, como muchos otros. Pero lo que me encontré en su lado oculto, lo que no pudo manifestar a sus hijos por su propio bien y lo que no pudo ser su vida pública, fue lo que me atrajo de su persona: lo irracional, los riesgos, su atracción por el surrealismo, por las vanguardias, por Picasso, su gusto por la velocidad y los automóviles… Estaba claro que no se trataba de un médico más. Y ese lado donde reprimía sus pulsiones e impulsos lo descubrí poco a poco. Para mí, Ramón Baltar hoy es una persona muy viva en mi imaginación. Todavía sigo en contacto con sus hijos y continúo dándole vueltas a esta historia. Sin ir más lejos, hace unos días han aparecido películas de su familia que vamos a tratar de rescatar. 


Por lo que dices y por lo que cuentas en el libro, Ramón Baltar era un ser poliédrico, interesado en muchas cosas. 

Era un tipo espectacular y muy generoso además. Ganaba mucho dinero. Había días en que en una sola jornada ingresaba tanto como un catedrático de universidad en un mes. Pero ocurría que lo gastaba, lo repartía, lo daba. Entonces no había tanto control fiscal, sobre todo para los ricos, por parte de Hacienda y él podía hacerlo. Entregaba dinero a la gente, mantenía familias, regalaba coches, invertía en sanatorios de otros médicos para que pudieran seguir trabajando, acogía a personas, enviaba dinero a los exiliados, a los perseguidos… Ramón era como una fundación. Por las cosas que hacía era divertido, pero delante de los demás se mostraba serio, era Don Ramón. Antropológicamente fue un hombre fuerte. Había sobrevivido a la Guerra Civil y a la depuración y había estado preso… Se relacionaba de igual a igual con personajes, que hoy consideramos históricos, y que tenían un gran poder detrás de ellos. De hecho, se entrevistó dos veces con Franco y le habló de tú. 


Durante la Guerra Civil a Ramón Baltar le tocó trabajar como médico en el bando sublevado, cuando él era republicano. Y eso le marcó. ¿Podríamos decir que hubo un Ramón Baltar antes de la Guerra y otro Ramón Baltar después? 

Creo que sí que hay dos ramones a partir de ese momento y que solo así se puede entender su existencia. Hay un Ramón, educado para formar parte de la clase dirigente y de unas élites con un plan, el gran plan republicano, que consistía en regenerar a Galicia y dirigirla en el sentido de solucionar sus problemas. La verdad es que yo no sé situar a Ramón en su filiación política, porque no he conseguido ningún carnet, pero creo que él estaba dentro del republicanismo gallego y dentro de él en el galleguismo, pero no sé si estaría más cerca de Izquierda Republicana, de la Organización Republicana Gallega (ORGA), del Partido Galleguista o incluso con simpatías socialistas, porque también se relacionaba con ellos y con los comunistas. Era alguien muy transversal y, de hecho, tras la Guerra Civil, colaboró con los comunistas, los únicos a los que consideraba serios y también los únicos que dirigían la resistencia en el interior.  


¿Alguien como Ramón Baltar, que llevó una vida clandestina, es una persona que percibe la realidad de un modo muy diferente? 

El hecho de que tú te sitúes en medio de los demás, con un plan que ellos no conocen para intervenir en el espacio que ocupan y modificarlo en secreto, es una posición psicológica que te separa de los otros, que te hace verlos desde fuera, como un campo de juego, y que te obliga a analizar y ver a los demás como recursos a utilizar. Por otro lado, esa visión te aporta un conocimiento que los demás no tienen y te convierte en alguien muy autoconsciente. Construyes una psicología distinta y luego, dependiendo de la persona, a unos les resulta más o menos cómodo vivir con ese secreto. Las circunstancias de la clandestinidad bajo un régimen militar, totalitario, te obliga a crear una identidad. Y es curioso porque, al menos en mi experiencia, llega un momento, en que esa identidad secreta acaba siendo verdadera. Tu verdad está ahí y quizá es lo más valioso, porque es lo que un sistema totalitario pretende anularte y en esas circunstancias la resistencia es la clandestinidad. Lo que estás haciendo es defender tu identidad y ahí es donde en verdad eres una persona libre, porque haces lo que realmente crees que debes hacer. Esta reflexión, que te acabo de hacer, nunca la hice antes. Para mí el tema de la clandestinidad es muy importante y jamás lo quise tratar literariamente y en mi empeño por comprender a Ramón Baltar se me apareció. Su identidad oculta era donde se encontraba el hombre completo.  


Durante la Dictadura, la policía irrumpió en el quirófano mientras Ramón Baltar operaba a una mujer. Se lo llevaron detenido y la enferma falleció. 

Ese es un episodio que me fue contado así y del que tuve noticia por varios lados. Hasta el final busqué la confirmación por parte de la familia, pero no lo conseguí. Luego se me perdió el rastro, porque el problema de este libro es que algunas personas fallecieron y otras perdieron la memoria mientras lo escribía. Este episodio lo he relatado como me fue contado a mí y he de dejarlo ahí. Aunque resulta difícil de creer, al mismo tiempo la detención entraba dentro de una operación muy importante del régimen para descabezar la guerrilla. 


Es difícil de creer como dices, pero si tenemos en cuenta que las autoridades franquistas enviaron a Ramón Baltar a curar al guerrillero «Foucellas» antes de fusilarlo, cabe pensar de todo, ¿no? 

Sí, es verdad, cabe pensar de todo. Es curioso que llamasen a Ramón Baltar para que revisara el estado físico de Benigno Andrade «Foucellas». Creo que para él fue una humillación que le hiciesen visitar a un guerrillero, al que había ayudado a curar un tiempo atrás.  


Decididamente, la relación de Ramón Baltar con el régimen fue extraña, porque mucho más adelante Franco le condecoró. Aunque esa condecoración suena un poco a advertencia: “Sé quién eres y a lo que te dedicas, no te pases”. 

Sí, Ramón no tenía arreglo y creo que incluso obtenía placer de sus actuaciones disidentes y de llevarle la contraria a Franco. Pero al mismo tiempo era un cirujano y a su sanatorio acudían figuras del régimen a curarse desde Madrid. Precisamente de los cuidados que dispensó a uno de sus generales, procede la condecoración que recibió en el año 1970. Ramón era un hombre marcado, que había sido expulsado de la universidad y que tenía prohibidos los cargos de confianza, pero que al mismo tiempo seguía ocupando una posición profesional y social importante. Era una situación ambivalente. Para sus conciudadanos resultó una enorme sorpresa observar cómo condecoraban a un rojo. Fue algo asombroso. 


En uno de los capítulos citas la Operación Térmópilas, un episodio de la lucha antifranquista poco conocido, ¿realmente existió ese intento de atentar contra Franco en Galicia? 

Sí, existió y está bien localizado. Precisamente cuando escribí el libro no pude ir hasta el punto elegido por las restricciones impuestas a causa de la pandemia. Era un lugar lleno de curvas y cuestas, muy peligroso y adecuado para tender una emboscada. Lo que ocurrió fue que ese mismo año, 1945, fueron detenidos en Galicia los cuadros encargados de organizar el atentado y no se pudo llevar a cabo.  


Al final del libro incluyes una cita de Sigmund Freud: «Quien emprende la escritura de una biografía se obliga a mentir, disimular, a falsear…» 

Cuando construyes el relato de una vida hay un proceso indudable de negociación. Para mí el compromiso tiene una ética, subyacente al pacto que estableces con el lector, al que le dices que vas a contar una historia ocurrida realmente y eso te obliga a narrar la verdad, pero al mismo tiempo tampoco puedes contarlo todo. Durante el proceso de investigación, me encontré con que Ramón Baltar guardó y legó todos los papeles de su vida… 


Disculpa que te interrumpa: Ramón Baltar dejó sus papeles, pero no escribió nada sobre sí mismo. 

No, pero, como también digo, en cambio lo dejó todo, incluida su correspondencia más personal. Y entonces llega un momento en que te acercas a una persona, accedes a distintos aspectos de su vida y te das cuenta de que no tienes derecho a contar algunas cosas. Pero por otro lado, ves también que en el relato que he escrito de él ya está todo implícito... Es curioso que todo lo que me has preguntado se refiere a la materia contada, pero este libro es una construcción literaria con la que tuve dificultades sobre cómo escribirla. De hecho, al principio, pretendí hacerlo a través de un personaje de ficción, hasta que comprendí que yo tenía que estar en la novela. Y ahí entra el escritor y la narración de todo lo que me sucede mientras escribo, incluso las vueltas que le voy dando, porque me veo obligado a constatar que yo estoy dentro del libro. 


Es cierto lo que dices, pero la conversación nos ha llevado por otros derroteros. Si te fijas, todo el rato he llamado libro a lo que has escrito, porque este artefacto literario tuyo es muchas cosas a la vez: novela, biografía, historia, auto ficción, investigación… Sin olvidar que cuentas tus dudas y tu propia autocrítica a lo que estás escribiendo.  

Sí, efectivamente, he contado todas las vueltas que ha sufrido el proceso de creación, que se volvió contra mí mismo. Construyendo a Ramón Baltar me vi obligado a cuestionarme como escritor y también como persona. Pero esto es literatura, en el sentido de que la literatura es una realidad virtual y este libro la crea. En el proceso de lectura tú te adentras en un espacio-tiempo propio, con su densidad y connotaciones, un mundo que te envuelve y eso es literatura. Ocurre también que yo estoy un poco cansado del lenguaje instrumental. A mí me formó el pensamiento sociológico del marxismo, que es muy instrumental, y me costó mucho rehacerme como artista y trabajar con categorías. Pero sigo en ello, no puedo evitarlo. El lector que ya tiene una cierta edad puede comprender mejor a este personaje, algo que no ocurriría si yo tuviera treinta años, porque tampoco podría entender al Ramón Baltar anciano. 


Y creo que tampoco podrías haber escrito este libro. 

Claro, no podría desarrollar el trabajo de imaginación necesario para ponerme en su lugar. Como has dicho, este libro es un cúmulo de muchas cosas. Cuando sus hijos me contaban episodios de Ramón, yo les preguntaba en qué año fue. Me lo decían y entonces yo echaba cuentas y veía la edad que él tenía en cada momento. Para mí eso era fundamental, pero para ellos no, porque no habían hecho el trabajo de comprender a su padre como hombre, sino el de conocerlo en el juego de roles. Mis propios hijos tienen una imagen de mí que, poco a poco, va trascendiendo, y para ellos siempre seré su imagen dominante. Sin embargo, quien me conoció de joven y ahora como un señor mayor, tiene otra imagen. La edad y las experiencias fueron muy importantes, y si no hubiera conocido ese mundo miserable del franquismo, tampoco habría comprendido muchas cosas, como los riesgos y las consecuencias de la clandestinidad. Y si yo no hubiera sido una persona preocupada por el análisis sociológico del tiempo que me tocó vivir, este libro tampoco sería así, porque incluye también todas esas perspectivas.  


¿Tienes claro qué vas a escribir a continuación? 

No, ese es el problema. Puedo escribir una novela de ficción, con personajes inventados, pero a lo mejor me va a sonar como un juego y me va a saber a poco, después de haber escrito algo tan sabroso como esto, que contiene la intensidad de alguien que lo vivió.

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Imagen: P. Cosano / Anaya.

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