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Opinión
Etiquetas:   Disyuntivas  

Quejas incoherentes

El regodeo en la contradicción descarada es del género estúpido
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 20 de septiembre de 2013, 07:16 h (CET)
De lo afirmado a lo realizado, el trecho suele ser grande hasta lo escandaloso; con malicia o por excesiva candidez, pretendemos no darnos cuenta de dicha discordancia. Los impulsos generan contradicciones donde menos lo esperamos. Todos somos INCOHERENTES en algún momento, en ciertas actuaciones; por que la coherencia absoluta no es de este planeta.

Sin embargo, el regodeo en la contradicción descarada es del género estúpido; practicado con frecuencia, no por eso mejora su calificación, al contrario, la empeora. Para uno mismo es un debate permanente. ¿Encontraremos las razones para el EQUILIBRIO suficiente? El inmovilismo demuestra una cierta coherencia, sí; aunque una serie de repercusiones muy diferentes. De manera similar, el activismo tampoco provoca efectos uniformes. Quien presume de coherencia, expone sus dificultades para la asimilación de los cambios. La dinámica de las relaciones humanas genera un flujo incesante y la coherencia adopta rangos de adaptación, nunca de fijaciones mal entendidas.

Nos solemos quejar de la suciedad en las playas, en los senderos de la montaña, en los ríos y mares. Las voces de dichos lamentos no casan bien con el tratamiento ofrecido a dichos elementos. Los desperdicios arrojados en ellos no abonan aquella hipocresía de pedir limpieza. La flora y la fauna, los mismos humanos, padecen ese mal trato ECOLÓGICO, que deja muy desfavorecidos los lamentos iniciales. Los descuidos abundan y el tono general desmerece. Tampoco los movimientos de protesta ni las instituciones europeas adoptan medidas proporcionadas a los desmanes. Por citar una discordancia, la respuesta dada por ambos a los bloques de cemento echados al mar en Gibraltar. Hechos y parloteo van por caminos distintos.

Por mucho que nos embadurnen con brea las ideas y visto desde fuera (La visión desde dentro no la tenemos), lo sucedido con Bárcenas motiva una serie de indignidades acumuladas. Los desvíos a sus propias cuentas son demasiado cuantiosos para una justificación razonable. Mucha gente contactó con sus manejos, aunque ahora se llamen a andana. Mí, no entiende, como durante tantos años no detectaron el entuerto quienes trabajaron codo a codo con el susodicho elemento. Me recuerda aquello de que la ley está para la caza de pequeños insectos, pero no consigue captar a los auténticas ALIMAÑAS. Nos complacemos con un sistema propicio para semejantes manejos turbios.

Con el consiguiente desespero, podemos deambular por otras aceras. ¿Socialismo quizá? ¿Comunistas asociados? ¿Sindicatos incluídos? Las voces ensordecedoras que pensábamos insobornables, observamos como amortiguan su volumen en cuanto nos aproximamos a componendas catalanas o andaluzas; pasan a unos simples susurros que desvían la atención. ¿De qué? El ESCÁNDALO de los ERES en Andalucía pone en evidencia esos cambios de tonalidad. Las descalificaciones de los contrincantes no son un baluarte suficiente. Los implicados de alto nivel en las desviaciones dinerarias destinadas a los parados, en esas jubilaciones fantasmales o en los beneficios de ciertas familias, florecen entre silencios cómplices.

Algo similar ocurre en eventos con esos estilos desvergonzados. Ya ni nos asombramos de los nuevos datos de cada día con el asunto URDANGARÍN y la casa real. Van al alimón los préstamos, palacetes, contratos estratosféricos adjudicados por entes públicos descontrolados, influencias inconfesables, esposas que firman pero no son responsables del contubernio, con el numeroso acompañamiento de peloteros y la desvergüenza en ostentación de plenos poderes. Con tantos participantes inicialmente satisfechos, aunque después disimulen aquella arrogancia practicada; la justicia será difícil de aplicar. Las complacencias y las quejas son elementos discordantes, que no tienen nada de magia y chirrían cuando van juntos.

La disyuntiva de las quejas es patente; circula por las cercanías del antiguo proverbio. Si tiene remedio, ¿Por qué te quejas?. Y si no lo tiene, ¿Por qué te quejas? Acaso hemos confiado demasiado en el ente que todo lo resolverá. Bien está la colaboración para la solución de problemas complejos, irresolubles para los individuos como entidades aisladas. Pero, de ahí, hemos pasado a la EXAGERACIÓN de unas organizaciones intrincadas, que dejan de lado a las personas. Es evidente que la contemplación es insuficiente, la queja deficiente y la participación en los diferentes eventos es escasa. El Gran Hermano son esos monstruos impersonales que todo lo invaden, con nuestro beneplácito.

La incoherencia de las quejas también vienen ocasionadas por defecto, cuando permanecemos impasibles ante las vivencias cotidianas, como una especie de pasmarotes. Asumimos con una lamentable frecuencia la actitud del homo CAMALEÓNICO, muy poco crítico con las influencias ambientales, a las que se adapta sin mayores esfuerzos. Los modismos sociales acaparan sus actuaciones. Con esa adhesión inquebrantable a las tendencias sociales, permanecen arrinconados los vestigios del pensamiento y las emociones particulares; con la frustración consiguiente originada por ese arrastre de las diferentes personalidades. La audacia enfrentada a los retos está suplantada por los formalismos castrantes.

Con el soniquete de dicha adaptación ambiental adormecedora, discurren las críticas habituales en los corrillos, donde se despotrica de casi todo, pero no surgen conclusiones de casi nada. Son MURMULLOS generadores de pocos acuerdos y por ello mismo, de mínimas repercusiones. Vienen a ser una atenuación de las inquietudes y frustraciones; pero sin la contrapartida del revulsivo necesario. Incluso son promovidos por los medios de comunicación, con tertulias que más bien farfullan que debaten en serio. Los grandes intereses disfrutan en esa frivolidad ambiental; quienes detentan esos poderes quedan liberados de los verdaderos puyazos en su contra. Las quejas están devaluadas desde la base.

Otro fenómeno bien visible es el de la gente que manifiesta sus protestas como si viviera en compartimentos aislados de la sociedad. Sólo analizan las cuestiones desde su círculo esquemático. Sus quejas permanecen TABICADAS en los diferentes sectores en los que encierran su pensamiento. Ante un problema concreto, educativo, político o científico; pasan a considerarlo únicamente desde sus parcelas en las que están recluídos. Los de un partido político siempre verán mal las propuestas del rival, los personalismos falsean los debates, el razonamiento verdadero desaparece. En unos momentos de redes extensas de conexiones múltiples, florece en un extraño contraste el aislamiento mental.

En una mezcla de atrevimiento y descubrimiento, las soluciones pretenciosas pierden consistencia. La osadía plantea que nos personemos en la causa de la vida, es un primer requisito imprescindible. Lo que nos conduce al DESCUBRIMIENTO, serán inservibles las estructuras establecidas que no practiquen el respeto a las personas. ¿Por que las toleramos?.
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Isabel 23/sep/13    22:15 h.
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