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Por mucho que don Fernando Jauregui Campuzano me diga que las comparaciones de la extrema derecha española con la italiana sean comparaciones excesivamente sectarias e injustas, y me comente que las formaciones 'populistas' inspiradas por el recién fallecido Berlusconi no tienen nada que ver, desde aquí le contesto: bienvenido al Medievo valenciano.
Este martes y 13 muchos valencianos lo vamos a tener apuntado en rojo sangre en el calendario de nuestra vida como el día en que se consumó el matrimonio entre la derecha extrema, el Partido Popular, y la extrema derecha, los fieles ultras del franquismo del partido con nombre de diccionario.
La literatura politológica lleva más de 30 años intentando dar explicación al auge de los partidos de extrema derecha en Europa, y ante los resultados de las últimas elecciones, considero personalmente que en España tenemos un problema, y tenemos que poner este debate encima de la mesa.
Generalmente la bandera de un país suele tener como objetivo acoger entre sus pliegues a los ciudadanos de ese país, a todo aquel que se sienta identificado con sus colores y valores sin importar la ideología que profesen. Pero desde hace algún tiempo la bandera rojigualda ha sido secuestrada por las fuerzas más reaccionarias de España.
Aunque tarde, los fascistas que hace ocho años entraron en el Centre Cultural Blanquerna, sede de la Delegación de la Generalitat catalana en Madrid se comerán el turrón navideño en la prisión que elijan. Su prepotencia y la ayuda de algunos jueces les hizo creer que eran impunes para seguir con sus aventuras de matones de barrio repartiendo palizas a quienes no piensan como ellos y boicoteando actos de organizaciones democráticas.
Le gustaba el sillón regalado más que a un nene una piruleta o a un chucho una pelota. Decía Bertrand Rusesell que "Muchos hombres cometen el error de sustituir el conocimiento por la afirmación de que es verdad lo que ellos desean". En esa línea iba el tal Herrera y la sociedad riojana le ha ‘sobao’ dialécticamente el morro y ‘dilapidado’ políticamente hasta que ha abandonado la mamandurria del erario público.
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