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Jorge Hernández Mollar
Artículo de opinión
Jorge Hernández Mollar
Los sentimientos nacionalistas, la crisis económica, los abusos de poder de las clases dirigentes y la pobreza o miseria fueron los detonantes de las dos grandes guerras del siglo XX que dejaron más de cien millones de muertos

Los gritos de ¡libertad! que estos días hemos oído son el preludio de una rebeldía ciudadana frente al autoritarismo y la tiranía del poder que nos desgobierna.


¿Por qué Hitler y Stalin se “apoderaron” de la voluntad de sus pueblos arrastrándoles ciegamente hasta el exterminio de millones de seres humanos? Fascismo y comunismo, que adornaban la filosofía e ideología de uno y otro movimiento, fueron las dos reacciones colectivistas que surgieron entre las dos grandes guerras del siglo pasado y que consiguieron reconvertir a las “personas” en súbditos del poder.


¿Fueron estos dos criminales los únicos responsables de la crueldad y matanzas que inundaron la sangrienta historia de Alemania y Rusia ? ¿no lo fueron también, el miedo y el acatamiento a los principios o ideologías que se impusieron desde una u otra concepción de la sociedad y que llegaron a despersonalizar a los ciudadanos privándoles de su capacidad y libertad de pensamiento, de expresión o raciocinio frente a la opresión del Estado?


Ningún poder emanado del hombre puede apropiarse de lo más característico de su naturaleza, que es la libertad de ser él mismo, de elegir y decidir como y con quien se relaciona, de tener sus propias ideas, pensamientos o creencias. Los gritos de ¡libertad! que estos días hemos oído en la sesión del Congreso con ocasión de la tramitación de la Ley Celaá y los que también se han oído en boca de los manifestantes que han inundado las calles de casi todas las ciudades de España, son el preludio de una rebeldía ciudadana frente al autoritarismo y la tiranía del poder que nos desgobierna, aunque se le quiera disfrazar de una legitimidad parlamentaria.


Los sentimientos nacionalistas, la crisis económica, los abusos de poder de las clases dirigentes y la pobreza o miseria fueron los detonantes de las dos grandes guerras del siglo XX que dejaron más de cien millones de muertos. Precisamente la pandemia hace estragos hoy entre la última generación que vivió aquella tragedia, como si aquel sufrimiento no hubiera sido suficiente. Pero parecen reverdecer las mismas causas que originaron una de las mayores catástrofes de la historia del hombre.


¿No afloran los sentimientos nacionalistas en la España y en la Europa de hoy? ¿no estamos sumidos en una profunda crisis económica desde hace diez años agravada con la pandemia mundial? ¿no estamos sufriendo los abusos de un poder que ,sin pudor alguno, desprecia la verdad, actúa con un nepotismo descarado y abomina de las ideas e incluso los pensamientos de quien no se somete a su dictado? ¿es que no advertimos cómo crece la pobreza material, intelectual y espiritual en nuestra sociedad?


La libertad de poder educar a nuestros hijos donde creamos conveniente para el desarrollo integrar su personalidad, la libertad de poder expresar y manifestar nuestras convicciones políticas, morales o religiosas, la libertad de sujetarnos a las leyes de la naturaleza para nacer, vivir o morir o la libertad de relacionarnos con personas o grupos afines social y culturalmente no es un don gracioso del Estado ni un derecho que pueda ser interpretado por el actual gobierno con mayor o menor flexibilidad o rigidez.


El Estado no puede conceder ningún derecho fundamental al hombre como persona, ya que ésta los posee por su propia naturaleza y solo debe limitarse a reconocérselos o en su caso a protegerle contra quienes quieran privarle del ejercicio de alguno de ellos. Todo lo contrario de lo que este gobierno filocomunista hace cada día desde su ya descarado totalitarismo.


La libertad de movimientos, circulación o reunión, la privacidad de las comunicaciones, la de opinión en redes sociales y medios de comunicación o incluso la libertad religiosa están sufriendo fuertes limitaciones o amenazas al socaire de la epidemia que nos aflige. Aliarse con los enemigos de España y con quienes desprecian los más de cuarenta años de democracia y libertades que hemos disfrutado, está provocando un sentimiento de rechazo y rebeldía que anida cada vez con mayor fuerza en el corazón de millones de españoles.


Se están conculcando las más elementales reglas de la democracia y en una situación de excepcionalidad como la actual, el gobierno no cesa de golpear la vida de las instituciones y de los propios ciudadanos con Decretos y Leyes que impiden abusivamente a los sectores y ciudadanos afectados ser oídos y atendidos en sus demandas y reivindicaciones.


El Parlamento ya no es caja de resonancia del sentir popular, la Justicia se encuentra mediatizada y la desigualdad se extiende como una mancha de aceite en todo el territorio nacional. Cada Comunidad Autónoma se ha convertido en un territorio fronterizo para la lengua, la salud o la economía del resto de la troceada España.


Decía el Papa Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris que “la convivencia civil solo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad”. A “sensu” contrario, la mentira, el engaño y la confusión con la que Pedro Sánchez nos agobia cada día , además de ser un insulto a la inteligencia y a la dignidad que todo ciudadano se merece, fractura la convivencia civil y atenta contra nuestra libertad porque nos esclaviza…¿es esto lo que persigue? 

Artículos del autor

Todas estas leyes han sido fruto de intensos debates, discrepancias e incluso polémicas públicas y han venido impuestas por la mayoría parlamentaria de unos u otros partidos, nunca por un pacto de Estado como hubiera sido lo deseable. La actual Ley Celáa añade a esta nueva imposición ideológica de dirigismo claramente estatalista, unos factores que la hacen aún más alarmante.

Hacía tiempo que no me emocionaba ante una pantalla de cine o televisión, como lo he hecho después de “revivir” con toda intensidad y emoción la trágica y larga historia de los casi 50 años del terrorismo etarra relatada con un rigor y profesionalidad encomiable en la serie “El Desafío: ETA”.

He de reconocer mi perplejidad por lo que se ha vivido estos días en el Congreso de los Diputados a cuenta de la fallida moción de censura de Santiago Abascal y que ha originado una tormenta política de inciertas consecuencias para el espacio electoral que hoy ocupan los tres partidos mayoritarios de la oposición.

Resulta sorprendente que sea la juventud de dos emblemáticas Universidades como son las de Granada y Salamanca las más transgresoras de las normas que intentan proteger su salud y la de sus familiares o conciudadanos. Puedo entender que sean los jóvenes los más intrépidos, arriesgados y valerosos ante situaciones límite que se presentan a lo largo de nuestra existencia: guerras, manifestaciones, actividades deportivas etc.

No deja buen sabor de boca arremeter contra los defectos o los estigmas de una persona, ya se encargan otros de adjetivarlos y airearlos, pero nada me detiene combatir con firmeza y sin ambages las ideas y decisiones que son destructoras del bienestar y la dignidad de la persona y por ende de la sociedad en la que vivimos.

No me cabe duda que algún historiador, con el mejor estilo galdosiano, inmortalizará los recientes episodios de la vida nacional de este siglo. Resulta inaudito la trascendencia que están teniendo para esta España aturdida y maltratada, los dos personajes de la izquierda más revolucionaria y agresiva que hemos conocido desde el régimen franquista.

Nada de lo que estamos viviendo y soportando los españoles durante estos ya largos meses de pandemia sigue las reglas de la lógica y de la razón: un virus extraño y desconocido que ha cambiado de raíz nuestros usos, costumbres e incluso nuestros hábitos sociales, culturales o religiosos; un vertiginoso derrumbe de nuestra economía que ha originado ya una peligrosa caída del 18,5 % del PIB durante el segundo trimestre de este año.

Los que ayer vivimos bajo la cruel amenaza del terrorismo y sufrimos el terrible zarpazo de su mano asesina hemos de aceptar que, ni siquiera en el territorio donde se gestó, su recuerdo e invocación produce ya ningún efecto de reclamo electoral. La educación de nuevas generaciones en el olvido o incluso la justificación de esa violencia criminal hace indiferente su memoria.

 
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