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18º ANIVERSARIO
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Fernando Jáuregui
Fernando Jáuregui
La semana política
Fernando Jáuregui nació en 1950 en Santander y estudió Derecho y Periodismo en Madrid. Lleva 32 años dedicado a tareas informativas, habiendo desempeñado diversos cargos en Europa Press, Informaciones, Diario 16, El País, El Periódico, El Independiente, Ya y El Correo. En la actualidad colabora en ABC y en Colpisa, y dirige la revista Más-Más y los sitios digitales Ocio Crítico, Diario Crítico y Diario Hispanoargentino. Ha sido corresponsal de EFE en Naciones Unidas (Ginebra), de Pyresa y de otros medios en Lisboa durante la revolución de los claveles. En radio ha colaborado con COPE, RNE y actualmente con Onda Cero. También colabora en Telemadrid y Telecinco, donde ha sido subdirector de Informativos y director del programa 'Mesa de Redacción'. Ha publicado 18 libros sobre actualidad e historia contemporánea, el último de ellos 'Cinco horas y toda una vida con Fraga'. Fue directivo de la Asociación de la Prensa de Madrid y ahora es miembro de la directiva del Club Internacional de Prensa. Ha sido subjefe de prensa del Ministerio de Hacienda (con el ministro Jaime García Añoveros), director de comunicación del Ayuntamiento de Madrid (con el alcalde Juan Barranco) y director general de comunicación de la ONCE.
Fernando Jáuregui
Últimos textos publicados
No, España no es el centro del mundo. Y Biden lo sabe
MADRID, 17 (OTR/PRESS)Pasaron, creo, aquellos tiempos triunfalistas en los que la que entonces (2009) era secretaria de Organización del PSOE, o sea lo que hoy es el ministro Abalos, decía en comparecencia pública que la conjunción de Obama en la presidencia de Estados Unidos y de Zapatero 'en la de España y Europa' era "un acontecimiento histórico planetario" que iba a redundar en una "esperanza para muchos seres humanos". Hubo muchas risas, naturalmente, que no impidieron a la señora Leire Pajín ascender, al año siguiente, al Ministerio de Sanidad, que ya se sabe que es ese puesto que socialistas y 'populares' reservaban para premiar a quienes no tenían otra poltrona en la que colocarles. Los tiempos, en estos doce años, han cambiado mucho. Ni Biden, a punto de tomar posesión como el hombre más poderoso del mundo, es Obama, ni Zapatero es Pedro Sánchez, aunque a veces, qué quiere usted que le diga, en fin. Pero sí hay, creo, conjunción planetaria. Lo que ocurre es que no pasa precisamente por La Moncloa.

La pérdida de peso exterior de nuestro país es una evidencia indisimulable, como me recordaban hace algunos días en un 'chat' varios importantes corresponsales extranjeros acreditados en España. No, España no es el centro de Europa ni es siquiera el principal aliado de los Estados Unidos en el Mediterráneo, contra lo que se sugería en los sueños de grandeza de José María Aznar, que ponía los pies sobre la mesa en la que Bush tomaba café. De hecho, Joe Biden, 78 años, la persona que afortunadamente nos librará de la odiosa presencia de Trump, creo, y me gustaría saber que me equivoco, que ni siquiera por cortesía se ha dirigido aún a la presidencia del Gobierno español para enviar un protocolario saludo antes de ocupar la Casa Blanca: lo hará, sin duda, pero eso será después. Y cuando ya hasta alguna insidiosa prensa marroquí sugiere que la base de Rota será trasladada a Marruecos, cosa que no me creo ni por asomo, la verdad.

En todo caso, la llegada del tándem Biden-Kamala Harris es una buena noticia para España (el Gobierno Sánchez aborrecía, y es lógico, a Trump, como le aborrecía toda Europa) y para el mundo. Como lo es que, en unas elecciones primarias telemáticas y ejemplares, el moderado Armin Laschet, a punto de cumplir 60 años, se haya erigido como sucesor de Angela Merkel al frente de la CDU, aunque aún no sea seguro cabeza de cartel en la candidatura a las elecciones a la Cancillería alemana dentro de unos meses. Y ahí, en el buen entendimiento de Biden con una Alemania que no quiere perder el liderazgo europeo, sí que radica, tras el fraccionamiento impuesto por Trump y la incompetencia del británico Boris Johnson, una oportunidad histórica planetaria. Es fundamental que los Estados Unidos e Iberoamérica se relacionen mejor, como lo es que Washington y la UE, magníficamente dirigida por Ursula von der Layen, 62 años, se aproximen.

Incluyo las edades de las personas que van a liderar el mundo en los próximos años para resaltar que la cosa va más bien de veteranía que de relevo generacional brusco, contra lo que quieren algunos populismos. Pero una dosis de veteranía quizá es lo que ahora se necesita: siempre pensé que perder como ministro de Exteriores a Josep Borrell (73), un peso pesado europeísta, fue una desgracia para el Gobierno español. Temor que ahora se confirma.

En cualquier caso, es obvio que una nueva era se abre para las relaciones internacionales y para detener la marcha del mundo hacia un abismo de hondura difícil de predecir. Biden tendrá que cooperar más con el resto del planeta en la lucha contra una pandemia quizá en recesión, pero con rebrotes muy peligrosos en parte por culpa de la estupidez y la incapacidad de no pocos líderes políticos. Pero, además, es de esperar que el nuevo presidente norteamericano, que ha tenido el primer acierto de elegir a alguien como Kamala Harris como vicepresidenta, anule la política proteccionista y arancelaria de su antecesor, lo que ya sería otra buena noticia para España. Después, lo de sentar a Pedro Sánchez frente a la chimenea del despacho oval sospecho que tendrá que esperar algo más y de nuevo digo que ojalá me equivoque y la diplomacia española sea capaz de obrar unos milagros que últimamente no le hemos conocido. Y es que Biden sabe, como me dijo el corresponsal del New York Times, que España "no es siquiera un país en el centro de Europa", así que del mundo mundial ya ni hablamos.

lunes, 18 de enero de 2021.
 
¿Sabe Illa montar en bicicleta?
MADRID, 16 (OTR/PRESS)Algún insensato por estos pagos calificó en su día al primer ministro holandés, Mark Rutte, de "enemigo de España" por sus reticencias a facilitar a nuestro país las ayudas europeas. Siempre consideré a Rutte un político ejemplar en cuanto a su austeridad e integridad. La fotografía de la semana fue, para mí, la del mandatario de los Países Bajos acudiendo en bicicleta al palacio real para comunicar su dimisión por una sentencia condenatoria tras un injustificable error de su gobierno hace años. La misma bicicleta con la que luego acudió al Consejo de Ministros, ya en funciones. Una democracia ciclista es un simbolismo que en otros lugares, propicios al dispendio, a los coches oficiales y a los vuelos privados en Falcon, deberían imitar; y no, no es ni un detalle mínimo ni una demagogia. Seguro que en los Países Bajos no ocurrirían algunas cosas que, en cambio, sí nos suceden por estos pagos.

Nuestra democracia está, por lo visto, suspendida. No se sabe si eso significa en período de hibernación, entre paréntesis o que no llega al aprobado. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que fue quien pronunció la frase, no aclaró este extremo. En cualquier caso, mal asunto. Y tampoco se entiende bien que el Notario Mayor del Reino se meta en esos berenjenales diciendo prácticamente que sería inconstitucional un aplazamiento de las elecciones catalanas... cuando ya todo el mundo daba por seguro que la Generalitat las aplazaría, de febrero a mayo. Eso traerá polémicas legales sin fin (por polémicas legales, en este país nuestro, que no quede), pero el caso es que, pandemia mediante, los comicios autonómicos catalanes se celebrarán en mayo. O después, si la cosa no mejora. Una rebelión más (por rebeliones que no quede) del Govern contra el Gobierno central.

Claro que no son los únicos. En Castilla y León, por ejemplo, se ha producido un claro enfrentamiento entre el ¡todavía! ministro de Sanidad y el presidente autonómico, porque este ha decidido, sin el permiso ministerial, anticipar las horas del toque de queda en la Comunidad. Eso ha irritado a Illa, aunque procura que se le note poco, acorde con su talante templado y conciliador: este sábado comparecía ante las cámaras, tratando de que nadie le preguntase por su doble condición de responsable de la Sanidad en estos momentos compatibilizada con la de candidato en las ahora lejanas elecciones. Aseguró que su estrategia ha sido la correcta y que la vacunación va viento en popa: toma autocrítica. Pero no seré yo quien desgaste al candidato Illa, como insensatamente hacen algunos sectores de la derecha, porque el aspirante socialista es el último valladar que nos queda contra el independentismo.

Una democracia suspendida es aquella en la que las medidas contra esa pandemia, que está siendo la mayor desgracia que nos aflige --¡¡cuarenta mil contagios nuevos oficialmente contabilizados en un solo día!!--, se multiplican por diecisiete gobiernos regionales, de manera que el ciudadano hoy ni sabe a dónde puede viajar ni a qué hora ha de recluirse. Pero hay que insistir en que no cabe culpar de todo a la pandemia, ni a Illa, ni a Fernando Simón, aunque sea el peor portavoz en la peor situación: para hablar de 'democracia suspendida', ahora que el titular de Justicia lo dice, bastaría con ver el enfrentamiento de un sector del poder judicial (el conservador, claro) con el Parlamento, que no les permite declarar se supone que en contra del Ejecutivo, que quiere imponer su propia y polémica reforma sobre el gobierno de los jueces. Esto, más que separación de poderes, es guerra de poderes. En los Países Bajos tampoco eso pasa.

Parece claro que hace falta un reseteado general en los usos y costumbres de la democracia española. Puede que mucho se arreglase si en vez de poltronas, chóferes, asesores, alfombras y reverencias, en nuestra vida oficial hubiese más bicicletas, más dimisiones cuando el guión lo exige, más transparencia y algo, al menos algo, de autocrítica: hay que leer cómo Rutte admite que "el gobierno no estuvo a la altura" para apostillar su dimisión tras el escándalo de las subvenciones a inmigrantes, por cierto revelado por una abogada de origen español. Y en una democracia no suspendida, donde es difícil, aunque sea una monarquía como la holandesa, que una parte de la coalición gubernamental ataque la forma del Estado, tampoco está mal eso de marcharse cuando el deber y el patriotismo lo piden. Por cierto, ¿sabe Illa montar en bicicleta?

domingo, 17 de enero de 2021.
 
Polémica absurda sobre un aplazamiento necesario
MADRID, 15 (OTR/PRESS) En España (y, por tanto, también en Cataluña) seguimos desviviéndonos por las polémicas estériles, que afectan más a la forma que al fondo, más a la superficie que a las profundidades, más a esa política testicular de 'se hace porque yo quiero' que a la reflexión. Se me hace difícil, por ejemplo, entender que el ministro de Justicia del Gobierno central, don Juan Carlos Campo, afirme que aplazar las elecciones catalanas supone correr el riesgo de "suspender la democracia". Nada menos. Una frase que, pronunciada por quien ejerce como Notario Mayor del Reino, pomposo título que pienso que significa mucho menos de lo que parece, ha derivado en una polémica legal perfectamente inútil, en la que cada parte esgrimía sus propios textos jurídicos de manera, como suele hacerse por estos pagos, interesada y a veces falseada.

Lamento decirlo así, pero me ha parecido muy necia esta polémica en torno a la fecha en la que deberían celebrarse las elecciones catalanas. Una fecha que, hasta hace apenas hace unas horas, parecía una cuestión de vida o muerte, de alta prioridad política. Con todo lo que está ocurriendo, especialmente con el feroz rebrote de las infecciones y fallecimientos por coronavirus, se diría, escuchando las flamígeras intervenciones de los que están a favor o en contra del aplazamiento, que celebrar estos comicios -que son apenas autonómicos, no lo olvidemos-- el 14 de febrero o aplazarlos, por seguridad, un mes, o a las cercanías de la Semana Santa o a un día cualquiera de mayo, o incluso a septiembre, era una materia de seguridad del Estado.

Como si los resultados, me parece que muy previsibles a pesar de algunas encuestas sensacionalistas de última hora, fuesen a cambiar por eso. Como si ganar tiempo no fuese, en estos momentos, para casi todo y para (casi) todos, algo beneficioso.

Un gran absurdo, en mi humilde opinión, cuando nada menos que doscientos expertos --¿también los cuestionaremos a todos?_han expresado públicamente que supone un riesgo añadido la celebración de unas elecciones precisamente ahora, con la que está cayendo en cuanto virus desatados y descontrolados por doquier. Y aquí, para mí, deberían haber acabado las disquisiciones jurídicas y leguleyas. Ciencia locuta, polémica finita. Al fin y al cabo, la situación sanitaria no estaba ni mucho menos peor cuando se aplazaron, por las mismas razones, las elecciones gallegas y vascas, sin que hubiese tantas voces alteradas. Porque , qué quiere que le diga, tiendo a creer a quienes saben más que yo, sobre todo cuando se está jugando con la salud de la población. Y más de una vez he tenido la impresión de que nuestros políticos, todos nuestros políticos, priman los intereses partidistas sobre el interés general del ciudadano.

Entiendo que lo de la fecha de las elecciones en Cataluña no deja de ser, en el océano de problemas verdaderamente graves que nos afectan, un asunto relativamente secundario. A mí, la verdad , me parecería mucho más importante saber para qué y qué se va a votar. Y qué puede derivarse de cada uno de los resultados previsibles. Cosas que, tras escuchar en algunos foros a varios de los candidatos, no me quedan aún en absoluto claras: cada opción se zafa de estos compromisos diciendo una cosa diferente y siempre te quedas con la sensación de que, tras el muro de las palabras, está el valladar de la nada. O el mar emponzoñado de los intereses partidistas inconfesados e inconfesables. Te quedas con la sensación de que ocurrirá siempre algo diferente a lo que los candidatos van ahora pregonando que harán o `jamás' harán. O sea, todo menos la verdad pura, dura y desnuda.

Lo lógico, que es siempre lo que oficialmente se considera lo más ilógico, hubiese sido reconocer que más valía, si los que estudian la pandemia lo recomiendan, aplazar -al fin, iba a ser cuestión de pocos meses_las que a cualquiera que viniese de fuera le parecerían que son las elecciones más complicadas de la historia, de Cataluña, de España y del mundo mundial. Tal vez incluso, en este tiempo de descuento, se pueda encontrar un camino de reflexión para no seguir, a ambos lados del Ebro, cometiendo errores en aras de defender o perjudicar a la unidad de la nación.

Y hasta quizá se pueda retomar, sin tener que soportar las locuras de Torra y Puigdemont, una mesa de diálogo que busque soluciones temporales, ya que no pueden ser definitivas. Tal vez haya que considerar seriamente esa declaración de Oriol Junqueras admitiendo que no se puede lograr la independencia de una región sin contar con más de la mitad del apoyo de la población. Puede que sea el momento de que los constitucionalistas lleguen a algún tipo de pacto entre ellos y los independentistas admitan que, hoy por hoy, la secesión es simplemente imposible. Y todo eso ha de hablarse en este período, antes de que las elecciones se conviertan en un plebiscito utópico, pero muy conflictivo, entre independencia sí-independencia no. Y conflictos hemos tenido ya demasiados.

Fjauregui@educa2020.es
sábado, 16 de enero de 2021.
 
 
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