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Marcos Carrascal Castillo
Marcos Carrascal Castillo
S​egún datos de la OMS, para el año que viene, el 2020, la segunda causa de discapacidad del mundo será la depresión. En España, ya es la primera causa de discapacidad laboral

“Cualquier tiempo pasado fue mejor”, sostienen los nostálgicos. Mi abuelo, labrador y ganadero después de haber sido niño yuntero, te soltará un: “No digas tonterías. Antes no era vida; ahora, como vivís ahora, sí es vida. Descansáis, tenéis vacaciones, no tenéis trabajos que os rompan los huesos como a mí…”. Cierto. No obstante, a nivel cultural, quizás cualquier tiempo pasado fue mejor. Como advierte Houellebecq en su nueva novela, “Serotonina”, a través de su protagonista, Florent-Claude Labrouste, “la felicidad es una entelequia en el siglo XXI”, algo así como una meta inalcanzable.

La depresión avanza en nuestra sociedad. Varios estudios alertan de que, en unos años, esta enfermedad mental puede convertirse en una pandemia. El año que viene, según la OMS, la depresión será la segunda causa de discapacidad a nivel mundial. Empero, en España ya hemos superado estos cálculos: es la primera causa de discapacidad laboral. Asimismo, hay que mencionar también que el 15% de personas que sufren depresiones graves deciden suicidarse para terminar con esta enfermedad.

¿Qué sucede? ¿Por qué la depresión amaga con ser una pandemia? ¿Por qué tanta gente sufre una tristeza existencial en un mundo repleto de comodidades y de bienestar? ¿Por qué el número va a al alza? ¿Por qué? Es posible que haya razones médicas, y en ese aspecto prefiero sentarme y escuchar a los psiquiatras y psicólogos. Sin embargo, de lo que estoy seguro es de que la génesis de esta enfermedad mental nace de algo que aparenta ser inofensivo pero no lo es en absoluto: el cambio del paradigma cultural.

El liberalismo venció a nivel político, económico y social. Y, como si de un efecto dominó se tratase, anegó el campo de la cultura. Los valores liberales se basan en el esfuerzo propio y en la ambición de medrar; en definitiva, en la individualidad. Como consecuencia de sustituir a la colectividad —la polis griega, la ecclesia cristiana o la clase social marxista, por ejemplo— por uno mismo, se asesina al amor; y queda una persona sin brújula y perdida entre la multitud.

El amor es una decisión; es construir una relación. Y este lento proceso de construcción colisiona con la rapidez a la que estamos acostumbrados. Queremos sentir ya al príncipe azul o que las empresas y luchas que emprendemos se cumplan; no tenemos cultura de tesón, solidaridad y combate. Así pues, es más propio de nuestros tiempos la inmediata, sola y sórdida masturbación que la grandeza que entraña el acto carnal desde un amor sincero, respetuoso y concienzudo.

Los modernos valores liberales abortan esta decisión de amar y la paciencia que debe precederla, y hacen pender del utilitarismo la relación con la otredad. Estos modernos valores en los que naufragamos todos, porque somos hijos de nuestro tiempo y esclavos de nuestra cultura, han sustituido el compromiso eterno con una persona o con una comunidad por la decisión de estar solo. Es decir, se han sustituido el amor y la lealtad por el Prozac y el Captorix.

Vivimos en una selva, en una barbarie, en la que la empatía dura un instante. ¿Cómo vamos a empatizar si hemos olvidado el valor trascendental que albergamos cada uno de nosotros? Al fin y al cabo, los valores liberales han sobresalido tanto, que hemos empezado a utilizarnos a nosotros mismos. Nos hemos dividido; nos hemos fracturado, y todo para combatir la soledad y desafiar al amor. Nos hemos destruido. Separamos nuestro cuerpo de nuestra alma para follar sin sentimientos, separamos nuestro “yo profesional” de nuestro “yo normal” para evadirnos de los agobios de la jornada laboral, separamos nuestro pasado de nuestro futuro para no curar las heridas que salpican nuestras biografías… Estos valores individualistas, del culto al yo, sinónimos de la egolatría, han corrompido las profundidades de nuestros corazones. Estamos en la barbarie; y todo porque hemos vaciado la palabra “amor” y no somos capaces de volver a insuflarla vida.

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Pero vayamos a la raíz, y agudicemos el ingenio para, como Lorca, encontrar la forma a través de la cual el arte consiga transformar la sociedad, privándola de las ideas que le despojaron de la vida y que no se consternan ante la séptima obra de misericordia corporal que manda la Iglesia católica —la de enterrar a los difuntos—.Con Lorca vivo en los teatros, en nuestras bibliotecas y en nuestros corazones, con la osadía manando cual fuente inagotable de nuestro interior y con el legado de nuestros padres y nuestros abuelos, los que sí nos dieron una lección al desafiar al fascismo que les encarcelaba con cuarenta años por militar en política, seremos capaces de teñir este panorama desolador que nos circunda, y podremos transformarlo en versos sueltos que revoloteen por la Historia.

No obstante, quizás como ostracismo o quizás como acto de generosidad, desde la cúpula pablista de Podemos se le encargó a Errejón la tarea de pilotar la candidatura autonómica de Podemos en Madrid.La semana pasaba, como se sabe, todo explotó: Errejón se protegía bajo el paraguas de Más Madrid, con Carmena, Echenique se deshizo en quejas contra él con escaso tacto y la cúpula de Podemos advirtió que Errejón estaba fuera de Podemos y que concurrirían las siglas de igual forma a las urnas.

Cuatro días de enero: prosigue el endurecimiento de las condiciones de los inocentes que se juegan la vida para arribar a nuestras costas.

​La noche del domingo fue agria para los votantes progresistas. He de reconocer que me henchí de rabia, y me cogí una pataleta, cual niño pequeño. He necesitado varias horas para sosegarme y asumir que Santiago Abascal y su lugarteniente en Andalucía no han sido quienes mejor han hecho la campaña.
​Andalucía concita la atención de los ojos españoles. No son pocos los partidos políticos que han jugado a estas elecciones con las mismas cartas que con las nacionales. Esta estrategia solo tiene un vencedor: el PSOE de los lupanares y los EREs en Andalucía y el PSOE fresco —según el CIS— de Pedro Sánchez en España.
​No son los ochenta, pero un par de cadáveres pálidos que arrastran los pies y están enfundados en chándales de tactel recorren mi barrio. No se sabe a ciencia cierta qué edad pueden tener.
​Ralo cabello despeinado, pálida piel, oscuros ojos nostálgicos y con el rostro surcado por marcas de la edad. Gesto adusto y desafiante. Un cigarro encendido incrementa la sensación de rebeldía. Es Michel Houellebecq. Mis amigos dirían que es “todo un personaje”.
​Arribó a la Moncloa tras una moción de censura un gabinete de gobierno feminista y progresista. Llegó la esperanza que desbancó al partido de la corrupción; al partido de la sentencia de la Gürtel. Toda la oposición se unió para entronizar a Pedro Sánchez.
 
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