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Iria Bouzas Álvarez
Iria Bouzas Álvarez
Hay seres que se regocijan maltratando, torturando y que se estimulan con ello
¡No puedo más!

Años y años recibiendo información sobre casos de animales maltratados, torturados, abandonados.

¡No puedo más!

No tengo ni sitio ni dinero suficiente para poder rescatar a todos esos pobres seres indefensos y vulnerables que sufren al capricho de humanos desalmados que les lastiman sólo por el placer retorcido, psicopático y repugnante de hacer daño.

Me siento frustrada cuando en muchas ocasiones solo puedo ayudar difundiendo los casos más graves con la esperanza de que en algún lugar haya un alma buena que esté en las circunstancias apropiadas para poder hacer algo. Pero sabiendo que en el 99% de las ocasiones no será así.

¡Malnacidos y malditos aquellos que dañan por placer! Solo espero que toda esta realidad que nos toca vivir sea realmente un “Juego de suma cero” y al final, en esta vida o en lo que sea que venga después, terminemos recibiendo exactamente todo lo que damos.

Todo.

¿Qué especie se ha podido degenerar tantísimo como para sentir placer del dolor ajeno?

¿Quién puede torturar a un perro o a un gato, escucharle gritar de dolor y disfrutar con ello?

Seres involucionados y enfermos que deberían ser el escalón más bajo en la cadena trófica. Basura con sistema circulatorio y capacidad pulmonar que sobreviven por vivir en la relativa impunidad que les da el estar amparados entre el resto de los seres humanos.

Señalados, repudiados y condenados al aislamiento. Ese debería ser el único final de aquellos que tienen como disfrute personal el causar dolor a otros seres vivos.

Hay seres que se regocijan maltratando, torturando y que se estimulan con ello. Son seres terribles que conviven entre nosotros simulando tener alma y haciéndose pasar por personas aunque realmente lo que son es demonios metidos dentro de cuerpos humanos.

Y ¿qué hacemos el resto de la sociedad? Consentimos, miramos hacia otro lado y al final somos cómplices de tanto horror.

Los humanos somos los portadores del mismo pecado que llevó a Lucifer a los infiernos. La maldita soberbia.

Nos creemos especiales. Nos sentimos los elegidos. Actuamos como si fuéramos los dueños hasta del aire que respiramos.

Amos y señores que se creen en el derecho de destrozar cualquier cosa a su paso como si fuésemos emperadores plenipotenciarios avanzando hacia el dominio total del universo.

Pues tengo malas noticias. Para el universo no somos absolutamente nada. No somos ni hormigas. Pero el progreso, los avances o la tecnología nos han trastocado mucho las ideas. De un tiempo a esta parte nos ha entrado complejo de dioses.

Dioses todos poderosos que pueden destruir el planeta en el que viven. Dioses que deciden sobre el bienestar de criaturas que les rodean. Dioses caprichosos y malcriados que toleran el sufrimiento y la crueldad para mantener su orgía de poder y disfrute.

Cualquiera que vea con un poco de perspectiva las cosas es capaz de ver que estamos empezando a vivir el “ocaso de los dioses”…. ¡Y yo que me alegro! A ver si somos capaces de retomar la cordura-

Nunca he sabido si existe un dios. Pero si como nos han dicho existe y es bueno, nosotros desde luego, no nos parecemos en nada a él…o a ella.

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