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Iria Bouzas Álvarez
Iria Bouzas Álvarez
Las actitudes como la de Zoido provocan un peligro innegable, y es el de conseguir que el oficio de ministro quede tan obsoleto como en su día quedó el de sereno

Juan Ignacio Zoido es un político de esos que con su forma de actuar nos evoca tiempos pretéritos, que para más de un crítico hace mucho que deberían haber quedado olvidados.


No es el ministro del Interior un hombre que rezume modernidad o que provoque ansias modernistas en aquellos que seguimos sus andanzas.


Zoido es un político de los de “toda la vida”, no porque lleve, como tantos otros, metido en estas lides desde que tiene edad para trabajar si no porque su actividad política recuerda mucho actitudes de políticos de varias décadas atrás.

Su trayectoria política comienza en el año 96 y ha ido pasando de puesto en puesto y de cargo en cargo hasta el momento en el que Mariano Rajoy le nombró ministro de Interior.


El caos que se vivió en la AP-6 durante la nevada del pasado fin de semana y la gestión de la crisis con el ministro y el director de la DGT en Sevilla pasando un apacible fin de semana en sus casas en plena operación retorno mientras se responsabilizaba a los conductores por haber tenido la osadía de transportar a sus familias a sus hogares tras las vacaciones navideñas sin haberse hecho antes una cuenta de Twitter y haber seguido con ella al director de la DGT.

Cuentan esta semana los medios de comunicación que el ministro ha estado muy ocupado acudiendo en Sevilla, ciudad en la que reside, a multitud de actos que precisamente cuadraban siempre en lunes. Actos que por cierto, en la mayoría de ocasiones no guardaban la más mínima relación con las responsabilidades de Interior tales como la visita a una fábrica de polvorones.


Pero esta no es el primer reproche a las actitudes del ministro Zoido. Cabe recordar que el martes 24 de octubre era reprobado junto con el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, por el Congreso de los Diputados por haber incumplido la acogida de refugiados en el número que imponían las cuotas a las que España se encontraba obligada.

El mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas. El desarrollo tecnológico tan impresionante que hemos vivido en los últimos tiempos han dado paso a entornos profesionales muy diferentes a los que conocieron las generaciones anteriores. Han surgido nuevas profesiones y nuevos profesionales capaces de trabajar desde la aldea más remota prestando servicio para compañías situadas en el otro lado del planeta. Existen ya varias generaciones de trabajadores que solo conocen las máquinas de escribir por las fotografías y los museos donde están expuestas.


Es por ello que comportamientos tan arcaicos como los del señor ministro no tienen buena acogida en la sociedad. En ninguna empresa privada estaría justificado que un directivo responsable estuviese tranquilamente viendo un partido de fútbol mientras se produce una crisis en su empresa y lo que se le exige a un empleado del sector privado se le exige aún con más contundencia a un servidor público como es el señor Zoido.


Este tipo de actitudes de “política de toda la vida” provocan un peligro innegable, y es el de conseguir que el oficio de ministro quede tan obsoleto como en su día quedó el de sereno.

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