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Iria Bouzas Álvarez
Iria Bouzas Álvarez
No hay periodista, político, ni censor de la moral en el mundo que pueda hacer nada positivo al atribuirse la potestad de decidir qué es lo que nos interesa y qué es aquello que no debe llegarnos

Internet se popularizó en España allá por el año 2000. De golpe y porrazo dejamos de vivir entre cuadernos, bolígrafos, máquinas de escribir y papeles de calco para vivir, primero conectados a un ordenador, y ahora también a la pantalla de un móvil.

En ese momento no sabíamos que estábamos abriendo las puertas de una nueva Biblioteca de Alejandría en versión digital que iba a producir cambios radicales en nuestra forma de vivir y que además iba a hacer estos cambios en muy poco tiempo.

Internet ha democratizado muchas cosas, entre ellas el acceso a la información y a la cultura.

Hace tiempo, siendo sincera no recuerdo donde, leí que los cambios no eran ni buenos ni malos, simplemente son necesarios para permitir el avance de las sociedades porque una sociedad estática está muerta aunque todavía no sea consciente de ello.

La explicación de los comienzos del Siglo XXI requiere de Internet como elemento fundamental igual que necesitamos contar la generalización de la electricidad para poder explicar los comienzos del Siglo XX.

Los tiempos avanzan muy deprisa pero no estoy totalmente segura de que los seres humanos tengamos la capacidad de adaptarnos a los cambios al mismo ritmo al que estos se vienen sucediendo.

Si tuviera que reflejar en una ilustración mi percepción de como nos encontramos muchas personas ante el constante bombardeo de información, esta reflejaría a un pobre ser humano desprotegido intentando parapetarse bajo un paraguas diminuto de una fuerte lluvia de pesadas piedras.

Por un lado, está la falta de filtros con la que nos llega todo. Aparece una información detrás de la otra, sin tiempo para analizarlas o digerirlas y a veces nos vemos incluso incapaces de evitarlas por más que estemos intentando hacerlo.

Las Redes Sociales, los mensajes de WhatsApp o las conversaciones de ascensor y de bar de conocidos que nos trasladan aquello que está pululando por Internet. Es todo un no parar de recibir más y más información y en algunos casos aquella de la que gustosamente preferiríamos vivir aislados.

Nunca he sabido si aquella frase de “la información es poder” tiene que ser atribuida a Francis Bacon o a Hobbes y me van a disculpar si tampoco me paro ahora en asegurarme de su autoría, pero de lo que sí estoy segura es de que el poder que no se controla se convierte en algo que te destruye.

El control de la información jamás debe ser tarea de un agente externo. No hay periodista, político, ni censor de la moral en el mundo que pueda hacer nada positivo al atribuirse la potestad de decidir qué es lo que nos interesa y qué es aquello que no debe llegarnos.

Pero, de alguna manera, hay que articular mecanismos internos e individuales para poder hacer frente a la avalancha de datos, comentarios, análisis y opiniones a las que estamos sometidos.

No me cabe duda de que, entre el maremágnum de información, hay una gran parte de mentira y manipulación escondida. Al fin y al cabo, nada más sencillo que intoxicar una parte del todo con la esperanza de esta que se extienda como lo hacen los virus, agazapada e invisible, pero con efectos potencialmente desastrosos.

Cierto es que tenemos un escudo defensor con el pensamiento crítico pero cada vez su existencia está más reducida, su uso menor y cada vez es más complicado poder ejercerlo con libertad sin tener que pagar unos peajes personales demasiado costosos.

Este exceso de información al que estamos expuestos nos obliga a seccionar partes de la realidad y dejar otras a un lado en un intento de poder manejar algo de lo que tenemos entre manos. No debemos olvidar que la visión parcial de una realidad puede ser tan engañosa como la propia mentira.

Por otro lado, enfrentarnos a una visión sesgada nos puede generar una serie de sentimientos y emociones negativas que se crean de forma artificial. Si no me creen entren en Twitter en cuanto terminen de leer este artículo y tecleen en el buscador la palabra “elecciones”. Cuando terminen de leer comentarios al respecto, piensen en si estaban ustedes igual de enfadados cuando comenzaron con su lectura

Como casi siempre ocurre con mis artículos no tengo prácticamente ninguna respuesta, pero sí muchas preguntas ante el tema que planteo y, también como casi siempre, confío en que los interrogantes puedan ser en algunas ocasiones el comienzo de la aparición de algunas reacciones.

De momento lo único que me atrevo a asegurar por ahora, es que al menos yo, necesito un paraguas más grande y recio para protegerme de la lluvia de información a la que me veo sometida y que soy incapaz de gestionar adecuadamente.

Artículos del autor

Me he autoimpuesto la necesidad de describir la situación política actual limitándome solo a utilizar cinco adjetivos con los que calificarla.

Llevo horas viendo desde mi ventana un camión que está mal aparcado. Está situado de tal forma que obliga a todos los demás coches a pararse y a maniobrar durante un buen rato para poder seguir circulando sin chocarse contra una pared.

Me surgen muchísimas dudas respecto al hecho de que parte del patrimonio histórico y cultural de cada país, sea objeto de posesión y comercio entre particulares y entidades privadas.

La principal equivocación, de la que nacen los errores más grandes que cometemos los seres humanos, es que no somos lo suficiente humildes o lo suficientemente inteligentes como para entender y aceptar que de esta vida vamos a salir todos derrotados.

​Creo que a casi todos los que ya hemos dejado atrás la posibilidad de cumplir los cuarenta, nos chocó el surgimiento de las redes sociales.
​Si me vuelven a llamar “equidistante” en alguna red social me voy a plantear seriamente querellarme contra la sociedad española en su conjunto.
​En la década de los setenta, el trabajo de muchas organizaciones en el Tercer Mundo reflejó la necesidad de ir más allá de la mera intervención humanitaria para desarrollar soluciones económicas de autoempleo y autogestión que permitiesen a los habitantes de las naciones más pobres crear unas fuentes de ingresos que fuesen autónomas y estables a lo largo del tiempo.
Cuando yo era pequeña, allá por los años 80, uno de los entretenimientos que teníamos los niños gallegos cuando nos llevaban a la playa era la de dedicarnos a coger cangrejos.
 
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