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Iria Bouzas Álvarez
Iria Bouzas Álvarez
Apenas sabemos dialogar, discutimos sin escucharnos esforzándonos cada vez en hablar más y más alto para ahogar la voz de aquel que nos lleva la contraria

Desde siempre nos han dicho que “hablando se entiende la gente”.


El diálogo se ha utilizado desde que tenemos memoria colectiva como una de las herramientas más útiles para la convivencia pacífica y satisfactoria entre las personas y los pueblos.


Hablando nos comunicamos, hablando pedimos y damos consuelo, hablando trasladamos al exterior nuestras inquietudes y somos capaces de ofrecerle a los demás nuestras ideas y nuestras soluciones.


Pero hoy en día parece casi imposible la comunicación porque estamos rodeados de ruido.


Se han convertido en ruido los políticos, que han descubierto la panacea universal en dedicarse a hablar a gritos para conseguir, que a raíz de su progresiva subida de decibelios, no nos demos cuenta de que por mucho que chillen lo único que están lanzando al mundo son palabras vacías de contenido real que vaya a ayudarnos a mejorar nuestras vidas.


Se han convertido en ruido muchos periodistas y medios que se han olvidado de que su trabajo era informarnos y se han afianzado en la idea perversa de que su obligación es la de manipularnos para su causa. Sea esta cual sea. Así, generan ruido en forma de odio. Ruido que desinforma, ruido que alimenta el debate de la ira y el enfado buscando enfrentarnos con aquellos que defienden la causa contraria a la suya.


Nos hemos convertido en ruido molesto casi todos los ciudadanos. Ruido de enfado en las redes sociales. Ruido de “zascas” y de necesidad de quedar por encima de los demás sin importarnos aprender o conectar otros seres humanos.


Vivimos en medio de un follón insoportable que no nos permite ni pensar ni reflexionar. Cada día nos desayunamos con un nuevo conflicto, un nuevo escándalo político o una nueva movilización social y cada noche nos vamos a dormir sin haber resuelto absolutamente nada.


Apenas sabemos dialogar, discutimos sin escucharnos, esforzándonos cada vez en hablar más y más alto para ahogar la voz de aquel que nos lleva la contraria.


Nos refugiamos en nuestras posiciones, alimentando nuestro ego solo con aquellos artículos y opiniones que coinciden con la nuestra sin cuestionarnos, ni durante medio segundo, aquello que estamos defendiendo e impidiendo a cualquiera que lo haga que se acerque a nuestros principios ni por un momento.


Cada vez estamos más estresados, cada vez más enfadados y cada vez más convencidos de que debemos ahogar a todos aquellos que provocan este caos y este desorden, quienes por supuesto, son siempre el resto y nunca nosotros.


Pues no sé que pensarán ustedes, pero servidora cada vez tiene una mayor necesidad de silencio.


Necesito silencio para cuestionar, revisar y analizar mis posicionamientos y mis creencias porque ni es la primera vez en mi vida, ni creo que sea la última, que encuentro un hilo ideológico del que tirar que termina por deshacer todo lo que llevaba tiempo tejiendo y esto me obliga a plantearme que tengo que tejer un nuevo patrón.


Necesito silencio para escuchar. Ya ni siquiera quiero escuchar solo por aprender o por conocer, que también, necesito escuchar para empatizar. El ruido que te aísla y te deja muy solo y yo no quiero estar sola. Los seres humanos necesitamos siempre sentirnos arropados por el calor de los demás.


Y por último, necesito silencio para descansar. Descansar de tanto enfrentamiento, tanto odio y tanto enfado.


Necesito silencio porque me duelen los oídos de tanto estruendo. Necesito silencio para que una vez estén otra vez sanos pueda volver a escuchar las risas, sobre todo, para poder escuchar de nuevo mi propia risa.


¿Y ustedes?

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