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Iria Bouzas Álvarez
Iria Bouzas Álvarez
Aparentemente, se nos ha olvidado que aquello que nos ofende, no tiene que ser obligatoriamente algo que debe dejar de existir

Hace unos días, desesperada por la plaga de los terribles sentimientos de ofensa generalizada que estamos viviendo en los últimos tiempos, plantee un debate literario en mi cuenta de Twitter. No me pregunten como pudo suceder, pero al final el resultado de la conversación terminó en varios comentarios de personas encendidas de rabia y por supuesto, tremendamente ofendidas.


Hace tiempo que defiendo la teoría de que nuestros políticos se han apoltronado en la comodidad de convertirnos en una sociedad infantilizada, así, ellos mantienen intactos sus privilegios mientras los ciudadanos nos hemos acomodado en la idea de son otros, los responsables de solucionar absolutamente todos y cada uno de nuestros problemas.


Así que no me extraña en absoluto que cada vezseamos más incapaces de manejar los sentimientos de frustración, contradicción y por supuesto, la ofensa.


Un niño pequeño cuando se siente contrariado, se tira al suelo y nos regala una insoportable pataleta. Un adolescente probablemente se venga arriba y decida odiar sin remisión al mundo entero cuando alguien osa llevarle la contraria en algo.


Y, por lo que parece, los adultos hemos decidido comportarnos como esos niños y adolescentes ante aquello que nos produce incomodidad o nos irrita.


Aparentemente, se nos ha olvidado que aquello que nos ofende, no tiene que ser obligatoriamente algo que debe dejar de existir. Si en lugar de comportarnos como adolescentes malcriados, nos decidiésemos a actuar como adultos maduros, asumiríamos que nuestro ámbito de control se limita unicamente a la reacción que en nosotros producen las actitudes o las acciones de los demás. Sean estas de nuestro agrado y no.


Solo un niño, con el ego hiperdesarrollado y la empatía aún sin desarrollar en su cerebro, puede pensar seriamente que su opinión o sus deseos deban convertirse en el centro del universo y que tiene la potestad de obligar al resto de la humanidad a girar alrededor de sus necesidades exigiendo que los comportamientos y expresiones de los demás se limiten a todos aquellos que coincidan con los suyos propios.


Hace unos días, un joven fue condenado a una multa por poner la foto de su cara en la imagen de un Cristo. Una Hermandad de su ciudad, al ver la imagen colgada en Internet le exigió su retirada y al no conseguirlo denunció al joven por ofendes sus sentimientos religiosos y la justicia le ha dado la razón.


Y estas aberraciones de sentencias se producen porque, no lo olvidemos, las leyes no son dictados de Dios escritos en tablas de madera que no pueden ser cuestionados ni modificados. Las leyes las hacen los seres humanos. 

Concretamente las hacen los legisladores, y los legisladores son esos políticos de los que les hablaba hace un momento. Esos políticos tan apoltronados en la comodidad de hacer de los ciudadanos unos bobos adolescentes a los que tener contentos y seguir manteniendo así sus extensas prebendas


El mundo no gira a nuestro alrededor. No somos el centro del universo. Los demás seres humanos no están obligados a comportarse como unos padres consentidores que nos digan a todo que sí por miedo a nuestra próxima pataleta.


Si seguimos en esta escalada que nos lleva a coartar cualquier expresión de opinión diferente a la propia, nos veremos en los próximos meses con las secciones de opinión de los diarios repletas de páginas en blanco.


¡Muy triste!

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