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Carlos Salas González
Carlos Salas González
El resultado electoral encierra una clara paradoja
Desde que se conocieron los resultados de las últimas elecciones europeas se ha repetido como un mantra aquello del golpe al bipartidismo, colocando la medalla de buena parte de ese logro al incuestionable éxito de una fuerza nueva como es Podemos. Pero nada más lejos de la realidad. Por paradójico que parezca, la violenta irrupción de la formación de Pablo Iglesias en el panorama político español insufla aire al partido que gobierna.

Es cierto que el Partido Popular ha cosechado un muy mal resultado en dichas elecciones, bajando de manera espectacular su porcentaje de votos. Pero parece evidente que esas papeletas extraviadas no han ido a parar a Podemos. Es cierto que algunas podrían haber recalado en otras formaciones más moderadas, pero todo parece indicar que la gran mayoría de ellas se han quedado en casa, es decir, en la abstención. La cuestión es la siguiente: ¿qué puede volver a sacar a esos antiguos votantes del PP de sus domicilios en las próximas citas electorales? Una respuesta podría ser el entusiasmo, para lo que dicho partido y el gobierno que sustenta tendrían que cambiar muchas cosas, tanto de fondo como de forma, y hacerlo con decisión, con rapidez y en profundidad. Pero visto el "modus operandi" de su líder, esta opción creo que queda radicalmente descartada. De modo que lo único que podría arrancar de sus sillones a esos votantes desencantados sería el miedo. Y es ahí donde entran en juego Pablo Iglesias y su Podemos.

Está claro que el político de moda se mueve en unos parámetros ideológicos nítidamente identificables con la extrema izquierda. Y ante la posibilidad -más cercana aún teniendo en cuenta su intención de concurrir a futuros comicios formando coalición con otras fuerzas afines- de que su formación pudiese llegar a tocar poder, ¿qué creen que harían esos antiguos votantes del PP? Pues depositarían en la urna la papeleta de la gaviota, aunque fuese con la nariz más tapada que nunca. Cualquier cosa antes de que la extrema izquierda terminase gobernando. Y lo mismo ocurriría respecto a los desencantados votantes socialistas si emergiese con similar vigor un partido de extrema derecha. Sin duda, correrían hacia su mesa electoral con la papeleta del puño y la rosa en la mano, aunque tuviesen que aguantar la respiración para pasar el trance.

De todo lo cual se infiere que el voto que realmente angustia al bipartidismo dominante es aquel que va dirigido a formaciones que actúan con firmeza frente a sus abusos, sus privilegios y sus desmanes, pero sin caer ni en demagogias ni en radicalismos, respetando siempre la legalidad vigente y las reglas del juego democrático. Y para muestra un botón. ¿Quién irrita y descoloca, por igual, al presidente del Gobierno y al líder de la oposición? Busquen en el hemiciclo y la encontrarán enseguida.
 
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