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La semana política

La marea naranja... algo ácida

Fernando Jáuregui Fernando Jáuregui
miércoles, 25 de noviembre de 2020, 08:02 h (CET)
MADRID, 24 (OTR/PRESS)He preferido dejar pasar unas horas tras las manifestaciones de automóviles de la oposición en algunas ciudades de España contra la 'ley Celaá'. Hay cosas que necesitan sedimentarse. Ocurre que son a veces motivos no correspondientes exactamente con la realidad los que suscitan las mayores pasiones. Y así, muchos de los desafueros que se achacan a la LOMLOE, proyecto de pintoresco nombre, pardiez, no son del todo exactos. Pero no importa: la señora Celaá, de talante adusto y antipático, es fácil blanco de esos sectores que piensan, y piensan bien, que la educación es materia inflamable en la lucha política. Y, así, esa 'marea naranja' del pasado domingo.

Un color naranja, escogido no he logrado saber bien por qué ni por quién, que representaba el distintivo de uno de los partidos, Ciudadanos, que está más en los focos en estos momentos y que sí, participó en la protesta encabezada sobre todo por el PP y Vox, todos por separado, pero que, al tiempo, sigue negociando 'in extremis' con el PSOE el apoyo a los Presupuestos de Pedro Sánchez. Yo me malicio que, al actuar bajo las banderas anaranjadas, los 'populares' de Pablo Casado daban un paso más en su estrategia y ambición de quedarse no solo con el color, sino también con las siglas de Ciudadanos, una formación que ahora está averiguando de veras lo que cuesta ser centrista.

Conste que entiendo y a veces hasta aplaudo la estrategia de Inés Arrimadas: criticar, manifestándose contra ellas, las 'pasadas' de la coalición PSOE-Unidas Podemos, intentando debilitar el pacto de coalición de los socialistas con la formación 'morada' de Pablo Iglesias. Eso, por un lado. Por el otro, tratar de sacar el máximo partido a sus exiguos diez diputados, haciendo ver a la ciudadanía que son fundamentales para la aprobación, necesaria por muchas razones, de los Presupuestos. Lo que ocurre es que Ciudadanos se ha convertido en el objeto de todos los oscuros deseos: del PP, que trata de engullirlos, lo que me parece lógico; del PSOE, que necesita a los centristas para contener algo a Pablo Iglesias, y del propio Iglesias, empeñado en destruir cualquier posible alianza de su teórico 'jefe' Sánchez con la señora Arrimadas, cada vez más sola, dicen, en su propio partido.

Y ahora ha llegado la última vuelta de tuerca. El Partido Popular dice que no quiere ir en alianza con Ciudadanos a las elecciones catalanas, y que Vox, cada día galopando más hacia el populismo, allá se las componga. Arrimadas, que ganó las elecciones en Cataluña, cometió el tremendo error de marcharse de allí, porque la vida se le hacía muy incómoda. Y ahora, Ciudadanos se queda casi como una fuerza marginal en el inhóspito paraje catalán que irá a las urnas probablemente el 14 de febrero.

La división, también en Cataluña, de la derecha no separatista beneficia no a los separatistas, que son un mundo, nunca mejor dicho, aparte; beneficiará al PSC de Miquel Iceta, que emerge como la única fuerza no secesionista con posibilidades de integrarse en algún tipo de fórmula de Govern, quizá con los Comuns y con Esquerra Republicana, que será quien presida la Generalitat en función de los resultados. Bueno, al menos no sería el separatismo puro y duro -a Iceta le acusan de ser de todo, pero separatista, lo que se dice separatista, no es: más bien es el último reducto del constitucionalismo en Cataluña--; por ello, este tripartito se está configurando como la última esperanza posible en la unidad de la nación, aunque bien claro está que el'statu quo' constitucional podría derrumbarse en cualquier momento.

No hay 'mareas naranjas' en Cataluña. Las formaciones abiertamente constitucionalistas -Unidas Podemos y los Comuns están en el límite del sistema algunas veces-, o sea, PP, C's y Vox, van por separado. Se pegarán el gran batacazo. Y la naranja, tan mal gestionada por los naranjeros, saldrá muy ácida y es posible que se vaya diluyendo. Como la horrible pelambrera del hombre que fue el más poderoso del mundo y hoy, menos mal, se difumina. Será por eso, por las connotaciones naranjas, por lo que Pedro Sánchez ha decidido, contra la lógica y la verdad, arrojar el insulto de 'trumpista' a la cabeza de Pablo Casado. Pero la verdad es que Casado y Arrimadas podrían haber sacado algo más de zumo de todo esto. No lo han hecho y quizá sea una lástima.

fjauregui@educa2020.es
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