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Opinión
Etiquetas:   voluntariado   Sociedad  

Prudencia en el voluntariado social

El voluntario social no está para solucionar problemas, sino para acompañar y apoyar con su presencia a las personas
José Carlos García Fajardo
martes, 23 de junio de 2015, 22:40 h (CET)
Para solucionar problemas concretos y para buscarles soluciones materiales existen profesionales o funcionarios cualificados y con recursos a su alcance. El voluntario social ofrece su presencia positiva junto al que sufre para sostener su autoestima y hacerle más llevaderos procesos dolorosos. Y si no soluciona problemas, lo que sí hace con su presencia es detectarlos para alertar a aquellos que sí pueden ofrecer una solución.

Un voluntario no debería limpiar la casa de una señora mayor, pero sí puede ponerla en contacto con el Área de Servicios Sociales para que le envíen una auxiliar de domicilio. Ni puede prescribir medicamentos a una persona sin hogar, aunque sea médico, sino que lo acompañará al médico del servicio de salud que le corresponda. Su misión en ambos casos es crear un clima de confianza y de cariño que palie la soledad de una y de otro.

Además, el voluntario social debe tener en cuenta uno de los deberes que recoge la Ley del Voluntariado: “Guardar confidencialidad de la información recibida y conocida en el desarrollo de su actividad voluntaria”. La ley establece lo que es una regla de sentido común en ambientes donde nos pueden contar asuntos relacionados con la salud, con la vida íntima, problemas con la justicia. Estas confidencias exigen de quien los escucha la discreción más absoluta y una confidencialidad profesional como la de médicos o sacerdotes.

Por otra parte, el voluntario social no debe buscar más información de la estrictamente necesaria para realizar el servicio asignado o de la que quiera darle libremente la persona con la que trata.

Tampoco debe atormentarse y cargar él solo con la responsabilidad de secretos delicados para su conciencia. Para situaciones de este tipo, debe comunicarse con los responsables de la organización al nivel que corresponda y delegar responsabilidades en ellos. Hablamos, por ejemplo, de casos extremos como conocer que una persona tiene intención de suicidarse, o de fugarse de un Centro Penitenciario, o casos más corrientes como abandonar un programa de recuperación de toxicómanos, o abandonar unas clases de apoyo, etc. En muchos casos, ni el voluntario ni la organización tendrán mucho que hacer frente a la libertad y a la voluntad del sujeto, pero quizás puedan intervenir positivamente para reducir daños o reconducir de alguna manera la situación.
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