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​Karmele Jaio: «Me cuesta mucho irme por las ramas, me interesa lo esencial, lo relevante»

"No sé qué será lo próximo que haré, porque no me programo. Me pongo a escribir y veo lo que quiero"
Herme Cerezo
viernes, 29 de mayo de 2020, 08:31 h (CET)

Escrita en euskera y acogida con gran éxito entre los lectores, La casa del padre (Aitaren etxea), publicada ahora en castellano por Destino, es la nueva entrega de Karmele Jaio (Vitoria-Gasteiz, 1970). Suyas son también las novelas Las manos de mi madre y Música en el aire, así como los libros de relatos Heridas crónicas, Zu bezain ahul y Ez naiz ni, y el poemario Orain hilak ditugu. En La casa del padre nos tropezamos con tres personajes principales sobre los que se articula la trama: Ismael, un escritor bloqueado; Jasone, su esposa, correctora de todas las novelas de su marido; y Libe, hermana de Ismael y amiga de Jasone, que vive en Berlín con Kristin, su pareja. Por detrás, Jauregui, editor de Ismael y amigo de Jasone desde la universidad cuando ella escribía, sobrevuela buena parte de la trama. Les unen unas interesantes reflexiones sobre la literatura, el miedo, los roles sociales y el complejo de culpa. La conversación con Karmele discurrió por teléfono. De momento aún no es posible entrevistar in praesentia. El covid-19 brujulea por la calle a sus anchas. Cinco minutos antes de comenzar, el contacto está a punto de malograrse. Quien esto escribe no localizaba el número del móvil de la escritora vasca. Todo preparado para arrancar: ordenador, grabadora, bolígrafo, unas cuantas preguntas, algunas notas… Y los nueve dígitos sin aparecer. Al final los encuentro, escondidos, confundidos entre palabras, saludos y despedidas, en uno de los correos intercambiados días atrás para preparar la entrevista. Así que la conversación entre Vitoria-Gasteiz y València comenzó a hacerse realidad poco antes de las once de la mañana. Afortunadamente.

Egun on, Karmele.


Egun on, Herme.

Aitaren etxea, tu novela escrita en euskera, y ahora traducida al castellano como La casa del padre, ha sido galardonada con el Premio de la 111 Akademia correspondiente al año 2019, ¿qué significa para ti este premio?


La verdad es que me hizo mucha ilusión, porque es un premio especial ya que lo otorga gente que lee. Esta Akademia está formada por lectores de todo el País Vasco, personas muy cualificadas, que se comprometen a leer la mayor cantidad posible de libros en euskera a lo largo del año para luego valorarlos. El premio, además, ha llegado justo ahora, cuando parece que todo empieza a reactivarse después de estos últimos meses en los que se han cancelado un montón de actividades, ferias y presentaciones y se han cerrado algunas librerías.

Preferentemente escribes en euskera, ¿te resulta fácil publicar en tu lengua?


Todos mis libros los he escrito en euskera y algunos los he traducido al castellano. Lógicamente, su difusión no es la misma, pero no he tenido nunca problemas a la hora de publicar.

Hasta ahora has escrito cuentos, novelas y también poemas, ¿en qué género te sientes más cómoda a la hora de escribir?


Siempre he dicho que soy más cuentista que otra cosa. También como lectora. Cuando me viene a la cabeza algo, mi tendencia es llevarlo al terreno más breve, al del cuento. Y no lo hago sólo por la extensión, sino porque el cuento tiene algo que demostrar, deja entrever cosas y le da trabajo al lector para hacerlo más activo y obligarle a buscar qué se esconde debajo de la narración. Es verdad que La casa del padre es la tercera novela que escribo y que, poco a poco, me siento más cómoda en este género, pero tiendo a lo breve. Incluso esta misma novela también es así y los capítulos no son muy largos. Me cuesta mucho irme por las ramas, me interesa lo esencial, lo relevante.

Por lo que cuentas, ¿La casa del padre podría ser una suma de cuentos unidos por un eje central, por un hilo conductor?


Sí, sí, como te decía antes ese esquema debo llevarlo en mi mente, porque ha aparecido también en mis otras novelas. A la hora de escribir, una de mis preocupaciones más importantes es mantener el ritmo y la tensión y, si empiezo a extenderme, me digo a mí misma que no siga por ahí y vuelvo al ritmo.

En la novela participan tres personajes: Ismael, Jasone y Libe. Ismael y Libe hablan en segunda persona y Jasone lo hace en primera, ¿por qué?


He utilizado la segunda persona porque me parecía la forma más adecuada para que los propios personajes hablasen sobre sus personas desde una cierta distancia, como si se vieran desde fuera. En nuestra vida, cuando nos hablamos a nosotros mismos, lo hacemos en segunda persona y de un modo crítico. Y esa voz me interesaba. Por su parte, Jasone habla en primera porque me salió del estómago y no podía ser de otra manera. Pensé que, con esa variación, obligaba al lector a cambiar de sonido también.

Sin embargo, tras leer el libro tengo la impresión de que solo hay una voz narradora, la de Jasone, que habla de los otros dos protagonistas, Ismael y Libe.


Sí, es verdad que Jasone está como en un estadio diferente, mientras los otros dos se miran, analizándose, y que habla desde lo que está ocurriendo, porque es consciente de lo que pasa. Es posible que quizá por eso te haya producido esa sensación.

Entre otros temas, en la novela hablas sobre la escritura, ¿por qué te interesaba dejar esta reflexión por escrito?


Hablo de la escritura en diferentes planos, en el de mujeres y hombres, representados por Jasone e Ismael, ya que ambos escribieron en su juventud, pero únicamente él llegó a ser escritor profesional. Doy un repaso al tema del prestigio, a quién decide qué temas son importantes y cuáles no. También quería hablar de la escritura como ese terreno en el que aparecen las verdades. En nuestras conversaciones diarias andamos en lo superficial, palabras de bisutería, de poco peso. Sin embargo, cuando escribimos, aparecen las palabras de plomo, las que pesan, las que nos preocupan, las que nos rondan la cabeza y que, a veces, no le gustan al mismo que escribe. Por último, también quería referirme a las diferentes maneras de ponerse a escribir: honestamente, mostrando el desván de cada uno, o esa otra forma, más superficial, en la que se enseña el salón de tu casa donde todo está bien ordenado.

En la página 67 encontramos una frase que da que pensar: «escribir es perder libertad, eres libre en la primera línea».


Esa pérdida de libertad a la que me refiero, la verbalizamos de otra manera. Cuando un escritor dice que sus personajes le abandonan y terminan adquiriendo vida propia, creo que quiere decir realmente que pierden libertad. Al escribir, en las primeras líneas eres libre. En ese momento, tu personaje puede ser triste, divertido, trágico… Pero a medida que vas escribiendo, cuentas cómo es el personaje y ya no puede ser otra cosa. Si es un tipo triste, en la página siguiente no puede contar un chiste. Por tanto, no es que el personaje coja vida propia, sino que ha de ser coherente consigo mismo.

Sigamos con este tema: Ismael es un escritor bloqueado, alguien que siente que no ha colmado las expectativas que su padre había depositado en él. Un personaje difícil.

Sí, Ismael está bloqueado creativamente, pero también en otros aspectos. En este caso, cuidar a su padre le ofrece la oportunidad de reflexionar sobre su relación con él, sobre cómo aprendió a ser hombre y qué mandatos le inculcaron de pequeño. Eso le lleva a contemplarse en un espejo y comprobar que no ha cumplido las expectativas que su padre había puesto en él. Es una manera de pensar sobre esos roles que se nos asignan desde pequeños por ser hombres o mujeres y en los que no tenemos por qué sentirnos cómodos. Nos amoldamos a lo que nos toca, pero no porque nos guste.

Libe, su hermana, dice en la novela que en un momento dado necesitó salir de su familia, ¿la familia en la que nacemos es un lugar de refugio o un deformatorio?


Bueno, he querido incidir un poco en esos silencios de las familias, en todo lo que no se dice, pero sí se transmite, en esas palabras que se quedan sin expresar. Creo que en todas las familias pasa todo eso y de niños sabemos el lugar que ocupamos en ella. La familia es nuestra primera escuela de la vida y nos marca mucho sobre cómo creemos que es el mundo.

Jasone corrige los textos de su marido Ismael y su mano se nota, según afirma Jauregui el editor. En este sentido, ella se comporta como un negro de la literatura, ahora bien, ¿pretendías hablar sobre ese arquetipo o tal vez sobre la figura de tantas mujeres tapadas y oscurecidas por sus maridos en la vida real?


De ambas cosas, pero sobre todo de la segunda parte de tu pregunta. Hay muchas mujeres tapadas en la vida familiar. A lo largo de la historia ellas han aportado cosas muy interesantes, pero siempre desde la sombra. Hay que resaltar su imposibilidad para llevar adelante sus proyectos de vida. Tuvieron existencias limitadas por grandes renuncias a causa de las cargas familiares y por otros condicionantes, que les impidieron desarrollar lo que en verdad les hubiera gustado hacer. Jasone quiso ser escritora, pero renunció en favor de su marido porque tenía que cuidar de sus hijas.

Ismael tiene miedo a la escritura, a no estar a la altura de las circunstancias dentro de su familia; Libe tiene miedo a que su pareja conozca Vitoria-Gasteiz y le guste; y Jasone tiene miedo de que los hombres violen a sus hijas, ¿miedo es la palabra clave en la novela?


Hay miedo, sí, mucho miedo limitador y mucha culpa. Creo que hay una combinación de ambas. El miedo planea por toda la novela: miedo a lo que verdaderamente quieres hacer, a ser quien quieres ser, a mostrarse como eres en realidad, a reafirmarse. Ese miedo también lo sufre Libe, que es un personaje como muy contradictorio. Parece de una manera y se muestra de otra, muy revolucionaria, pero en el fondo está llena de miedos. Y la culpa también está ahí, es algo muy de mujeres. La culpa se nos ha inculcado muy bien y se ve que dos mujeres muy diferentes, con vidas completamente distintas, sin embargo, la llevan instalada en su disco duro. Libe siente la culpa de no haber ayudado a sus padres y Jasone también la siente, pero ella se arrepiente de haber renunciado a muchas cosas.

Mendi, el perro, parece que es el único que no tiene miedo, incluso cuando le apuntan con una escopeta sigue moviendo la cola.


Es una escena dura, es verdad, porque el perro siente la ilusión de que su amo le hace caso y entonces le pega un tiro. Ese momento se puede trasladar a muchas situaciones de la vida. El tema de la caza y de los perros me ha ayudado a llevar la narración a un terreno concreto, muy diferente. Toda la novela pasa en habitaciones y trasladar la acción al monte me ofrecía la posibilidad de cambiar de plano.

Un recuerdo común de mi infancia con tu novela es esa caja de hoja de lata, donde nuestras madres guardaban los botones.


[Risas]. Era una caja de galletas, de color negro. En realidad, más que de su imagen me acuerdo del sonido de los botones al deslizarse por su interior.

¿Dónde está Karmele Jaio en esta novela?


Creo que estoy en los tres personajes, no exactamente en todo, pero me reconozco en cosas de los tres, incluido, a pesar de ser hombre, Ismael en su faceta de escritor.

La última por hoy: ¿tienes ya en mente algún nuevo proyecto literario?


No sé qué será lo próximo que haré, porque no me programo. Me pongo a escribir y veo lo que quiero. Hasta ahora he ido intercalando los géneros, porque cuando sales de una novela es como que abandonas un lugar claustrofóbico en el que pasas mucho tiempo con una misma historia, que al final te obsesiona. La verdad es que he empezado a escribir algunos cuentos. Lo bueno de los cuentos es que vas haciendo zaping mental y cambiando de escenario. Y probablemente seguiré por ahí.

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