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Etiquetas:   Reseña literaria  

"El caballo amarillo" de Boris Savinkov

Gabriel Ruiz-Ortega
jueves, 9 de octubre de 2014, 10:36 h (CET)

Recibo la llamada de una joven narradora, que me pregunta si me encuentro en la librería, puesto que quiere conversar conmigo. La percibo ansiosa y desesperada y le pregunto por qué está ansiosa y desesperada. Suelta un poco de aire y me pide que le recomiende otra lectura, otra lectura muy parecida a Limónov de Carrére. Entonces nos sumergimos en una interesante conversa telefónica de algunos minutos, le hablo de la curiosidad que me despierta el perfil del poeta punk Limónov, perfil que me recuerda al personaje central de El caballo amarillo del ruso Boris Savinkov. Novela que he leído con fruición, de la que he aprendido y que ha permitido que vuelva a mirar atrás, a pensar en la posibilidad de releer a los capos de la novelística rusa. Novela rescatada hace un par años por Impedimenta, hecho que agradezco, puesto qué mejor garantía de la existencia/resistencia de editores que lean en tiempos de velocidades, en el que podemos toparnos con prestigiosos editores que a duras penas han leído veinte libros en sus vidas.



Pues bien, la lectura de Limónov hizo que me adentrara someramente en la tradición de los terroristas rusos. Así guste o no, la persona que inspira el trabajo del francés es de aquellas que pueden generar tanto rechazo como aceptación e idolatría. Algunos lo podrán ver como un héroe, otros como un ególatra oportunista que a como dé lugar quiere ganarse aunque sea una ligera mención en la historia contemporánea. A mí me parece uno de los personajes
más sugerentes del que hayamos tenido conocimiento, un personaje potencialmente literario que no sé por qué no se le canibalizó antes. Tuvo que venir un grande para hacerlo. Equivocado o no, Limónov es un idealista. De igual modo podríamos hablar de Savinkov.



Cuenta la leyenda que Savinkov fue una de las figuras que inspiraron a Camus. El Nobel francés solía hablar de él en su círculo más íntimo, pero ese entusiasmo quedaba solo en el ideal de hombre revolucionario, no en el hombre de acción que fue el ruso. Savinkov fue lo que Camus jamás pudo ser. De la misma manera que Carrére con Limónov. Existe pues en los escritores de prosa afilada una represión de acciones, una natural tendencia hacia la admiración por aquellos personajes históricos que llevaron a la vez el oficio literario con el ideal revolucionario. Pero no confundamos las figuras, muchas veces un revolucionario también comete acciones terroristas. Savinkov, aparte de escritor, fue también un asesino serial de imperialistas. En su novela El caballo amarillo, nos presenta al inglés George O´Brien, su alter ego. Junto a un grupo de cinco seguidores planea el asesinato del Gran Duque Sergei Alexandrovich. Así contado, podríamos estar ante una novela de conspiraciones, pero no, puesto que Savinkov nos sumerge en el mundo de la Rusia del XIX por medio del registro del diario, detallándonos el día a día de la sociedad rusa y la de O´Brien desde el yo, o sea, inmerso en los terrenos del registro impresionista. O´Brien no piensa, es un hombre que siente, todas sus decisiones obedecen al impulso sentimental y hormonal. Anhela cambiar las cosas y desaparecer a todo aquel contrario a sus afanes revolucionarios. Es capaz de armar un asesinato a la perfección gracias a su entusiasmo, como perderse en la noche en los brazos de cuanta mujer se cruce con él mientras se carcome el cerebro y el corazón imaginando a la mujer que ama con otro hombre, mujer a la que no puede amar ni poseer. El diario para O´Brien es pues su salida al amor no correspondido y lo que explicaría la macabra precisión en el detalle cuando mata y descuartiza.



Como señalé líneas arriba, si hacemos un breve repaso de la historia y novelística rusa, encontramos no pocos revolucionarios, disidentes, que no dudan en tomar las armas en pos de un ideal. Este tipo de sensibilidades son pues deliciosa materia en bruto para cualquier novelista de oficio. Y no me sorprendería que Limónov haya tenido a Savinkov en un altar, un altar oculto, algo entendible en alguien tan egocéntrico como él.


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